Salmos
Capítulo 29
Hijos de Dios, aclamen la gloria y el poder del Señor
Hijos de Dios, aclamen al Señor,
aclamen la gloria y el poder del Señor,
aclamen la gloria del Nombre del Señor, adoren al Señor en el atrio sagrado.
La voz del Señor sobre las aguas, el Dios de la gloria ha tronado, el Señor sobre las aguas torrenciales.
La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica,
la voz del Señor parte los cedros, parte el Señor los cedros del Líbano;
hace brincar el Líbano como un novillo, el Sarión como cría de búfalo.
La voz del Señor lanza llamas de fuego.
La voz del Señor hace temblar el desierto, el Señor hace temblar el desierto de Cades;
La voz del Señor retuerce los robles, abre claros en las selvas. En su templo todo grita: ¡Gloria!
El Señor se sienta sobre las aguas diluviales, el Señor está sentado como rey eterno.
El Señor da fuerza a su pueblo, el Señor bendice a su pueblo con la paz.

Comentarios
Hijos de Dios, aclamen la gloria y el poder del Señor
El poeta tal vez adopta y adapta un antiguo poema cananeo. Celebra al Dios supremo, a quien los «hijos de Dios» le deben la gloria y el poder (1s). La presencia de este Dios lo llena todo: el nombre divino suena dieciocho veces en un poema tan breve. La voz de Dios –el trueno– y su esplendor –el relámpago– resuenan y resplandecen de arriba abajo, de norte a sur y de este a oeste. La voz divina, potente y majestuosa (4), doblega la majestuosidad de los cedros del Líbano y convierte a los altos montes –Líbano y Hermón– en juguetonas crías de ganado (5s). También el desierto del sur se contorsiona ante el poderío de la voz divina (7-9). La mirada creyente intuye la presencia del Señor en esta pavorosa tormenta y se postra en adoración en el Templo (2b) para celebrar la gloria de Dios (9a), cuyo trono es estable (10), y recurre al poder para el bien de su pueblo (11). Mateo describe la muerte de Jesús en términos de teofanía: la tierra tiembla, Jesús da un fuerte grito, y quienes están al pie de la cruz confiesan (cfr. Mt 27,50-54). El auténtico creyente se estremece ante el misterio de Dios y se deja seducir por Él.