Salmos
Capítulo 39
Señor, que comprenda lo caduco que soy
Yo pensé: vigilaré mi proceder
para no ofender con la lengua;
mantendré una mordaza en mi boca
mientras el malvado esté ante mí.
Guardé silencio resignado, inútilmente me callé, y mi herida empeoró.
Mi corazón ardía en mi pecho; mis susurros atizaban el fuego hasta que solté la lengua:
Señor, indícame mi fin y cuántos van a ser mis días, para que comprenda cuán caduco soy.
Me concediste unos palmos de vida, mis días son como nada ante ti: El hombre no dura más que un soplo,
es como una sombra que pasa; sólo un soplo son las riquezas que acumula, sin saber quién será su heredero.
Entonces, Señor, ¿qué espero? Mi esperanza está en ti.
De todos mis delitos líbrame, no me hagas la burla de necios.
Enmudezco, no abro la boca, porque tú has actuado.
Aparta de mí tus golpes, bajo tu mano hostil perezco.
Castigando su culpa educas al hombre, como polilla corroes su belleza. El hombre no es más que un soplo.
Escucha mi súplica, Señor, atiende a mi clamor, no seas sordo a mi llanto, pues yo soy un forastero junto a ti, un huésped como todos mis padres.
¡Aparta de mí tu mirada, y me alegraré antes de que me vaya y ya no exista!

Comentarios
Señor, que comprenda lo caduco que soy
Una vez más, la relación entre el pecado y la enfermedad es estrecha. Si se habla, tal vez se yerra (Eclo 19,16) en presencia de un malintencionado (Pro 6,2); si impone silencio, se siente un fuego interior, como Jeremías (Jr 20,9), que se desahoga en un susurro; pero el susurro se convierte en un soplo que aviva la brasa (4). ¡Mejor hablar! (4); así, el ser humano puede adquirir una conciencia reflexiva de su fragilidad y caducidad (5-7). El hombre es «imagen», ya no de Dios (Gn 1,26), sino de la realidad. Sombra, soplo, palmos de vida, afán, caducidad, pequeñez; el ser humano es nada ante Dios y desconoce a sus descendientes (7). Todo esto lo sabe el poeta, pero necesita que Dios se lo muestre de manera patente: «Indícame» (5). Pudiera parecer que la esperanza, que es Dios, sea el remedio de los males que acechan al ser mortal (8). Pero Dios ha actuado (10b) de un modo sorprendente y brutal: con golpes y porrazos (11s); también de un modo camuflado: lo construido es corroído por la polilla (12), de modo que llegamos al punto inicial: «Tan sólo un soplo es el hombre» (7.12b). El oído acostumbrado a la paranomasia hebrea escucha: «todo Adán es Abel». Dios «se fijó» en Abel y murió prematura y violentamente. Si ahora se fija en el hombre –Adán–, también morirá como Abel. Que Dios deje en paz a un ser tan insignificante, es lo que pide Job (Job 7,19), y podrá sonreír antes de morir (14). El salmo se mueve entre la esperanza y la rebeldía. Jesús es más grande que Abel (cfr. Heb 12,24). Tras su paso de este mundo al Padre (Jn 14,28; 16,5.16.28), podemos decir con verdad: «Mi esperanza está en ti» (8b). Orar con este salmo es un desafío y una osadía, no menores al desafío y osadía del libro de Job.