2

Alzo mi voz a Dios gritando

¡A voces clamo a Dios, a voces clamo

con insistencia a Dios,

que me escuche enseguida!

3

En mi angustia te busco, Dueño mío, te tiendo mis manos sin descanso, y rechazo todo consuelo.

4

Me acuerdo de Dios entre gemidos, meditando, mi espíritu languidece.

5

Tú sujetas los párpados de mis ojos, me agito, sin poder hablar.

6

Considero los días antiguos, los años remotos

7

recuerdo. De noche, tocando la lira, mi corazón medita y mi espíritu indaga.

8

¿Es que el Señor nos rechazará para siempre y dejará de sernos propicio?

9

¿Se habrá agotado para siempre su misericordia, se habrá terminado para el futuro su promesa?

10

¿Habrá olvidado Dios su bondad o cerrado con ira sus entrañas?

11

Y me digo: Éste es mi dolor: la mano del Altísimo está paralizada.

12

Recuerdo las proezas del Señor, sí, recuerdo tus antiguos portentos,

13

considero todas tus proezas, considero todas tus hazañas.

14

Dios mío, tu camino es santo, ¿qué Dios es grande como nuestro Dios?

15

Tú eres el Dios que obras maravillas y mostraste a los pueblos tu poder.

16

Con tu brazo rescataste a tu pueblo, a los hijos de Jacob y de José.

17

Te vio el mar, oh Dios, te vio el mar y tembló, las olas se estremecieron.

18

Las nubes descargaron sus aguas, retumbaron los nubarrones, tus rayos zigzaguearon.

19

Rodaba el estruendo de tu trueno, los relámpagos deslumbraban el mundo, la tierra temblaba y retemblaba. Tu camino discurría por las aguas, tu sendero por las aguas caudalosas, y no quedaba rastro de tus huellas. Guiaste a tu pueblo como un rebaño por la mano de Moisés y de Aarón.

Comentarios

77:2 - 77:21

Alzo mi voz a Dios gritando

La penosa situación presente (2-11) contrasta con la jubilosa historia del pasado (12-21). Sin embargo, no es necesario desdoblar este salmo en dos: el primero como lamentación individual (2-11) y el segundo como himno triunfal (12-21). El recuerdo es el hilo conductor (4.7.10. 12). Pero existe una diferencia: en el presente es un recuerdo nostálgico que acrecienta el dolor. Éste suena con insistencia y con apremio (2). Se incrementa con el recuerdo (4), hasta perder el sueño (6) y convertir las noches en largas vigilias de dolorosas cavilaciones (7). Las preguntas retóricas (8-10) desembocan en esta amarga confesión: «Éste es mi dolor: la mano del Altísimo está paralizada» (11). Podemos suponer que el fondo de esta amargura es la experiencia del destierro. Este recuerdo, tan nostálgico y doloroso, cede el paso a otro tipo de recuerdo: el que evoca las gestas del éxodo. Son patentes los contactos de Éx 15 y del presente salmo. El poeta describe la epopeya del éxodo acumulando visión, sonidos y movimiento (17-20). Ningún poeta bíblico ha hablado de las huellas de Dios. En el salmo hay una bella imagen con la que finaliza la descripción. La conclusión de todo el salmo puede ser esta: también ahora, en la situación presente, el Dios del éxodo guiará nuevamente a su rebaño, con la mano de otro Moisés y otro Aarón (21). La Pascua es el «paso del Señor». Miramos hacia el pasado y recordamos a Jesucristo, «resucitado de entre los muertos» (2 Tim 2,8); después anunciamos la fuerza arrolladora de su resurrección (cfr. Col 3,1s). Es un salmo para el recuerdo en tiempos de aflicción.


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