Salmos
Capítulo 90
Señor, tú has sido nuestro refugio
Señor, tú has sido nuestro refugio
de generación en generación.
Antes de que naciesen las montañas, y la tierra y el orbe dieran a luz, desde siempre y por siempre eres tú, oh Dios.
Tú devuelves al hombre al polvo, diciendo: ¡Regresen, hijos de Adán!
Sí, mil años para ti son un ayer que pasó, una vigilia nocturna.
Si tú los arrebatas por la noche, al amanecer serán hierba segada:
brota y es cortada por la mañana, por la tarde se marchita y se seca.
¡Cómo nos ha consumido tu enojo y nos ha anonadado tu indignación!
Pusiste nuestras culpas ante ti, nuestros secretos a la luz de tu mirada,
y nuestros días declinan bajo tu enojo, agotamos nuestros años como un suspiro.
Aunque vivamos setenta años y el más robusto hasta ochenta, afanarse por ellos es fatiga inútil, porque pasan aprisa y volamos.
¿Quién comprende el ardor de tu enojo?, ¿quién entiende el ímpetu de tu indignación?
Enséñanos la medida exacta de nuestros días para que adquiramos un corazón sensato.
¡Vuélvete, Señor!, ¿hasta cuándo?, ten compasión de tus siervos.
Sácianos por la mañana de tu amor, y toda nuestra vida será alegría y júbilo.
Alégranos por los días en que nos humillaste, por los años en que sufrimos desgracias.
Que tu acción se manifieste a tus siervos y tus hijos vean tu esplendor.
Descienda sobre nosotros la bondad del Señor nuestro Dios. Que consolide la obra de nuestras manos. ¡Consolide la obra de nuestras manos!

Comentarios
Señor, tú has sido nuestro refugio
Este salmo es una meditación sobre el tiempo, más que una lamentación y súplica. A la introducción solemne (1s) sigue una elegía sobre la efimeridad de la vida (3-10) –tiene dos movimientos (3-6, 7-10)–. Una nueva invocación introductoria (11-12) da paso a una súplica para ser liberados de los males de la vida (13-16). El versículo 17 es conclusivo. Que sea una meditación sobre el tiempo parece claro si nos fijamos en el campo semántico de los días (4.9.12.14.15) y de los años (4.9.10.15), así como en las expresiones temporales: «de generación en generación» (1), «desde siempre y por siempre» (2), «vigilia nocturna» (4), «por la mañana» (6), o en los adverbios o expresiones adverbiales: antes (2), «¿hasta cuándo?» (13), “apresuradamente” (10) … Frente a este flujo del tiempo, el verbo de la estabilidad se repite dos veces al final del salmo (17b). La pregunta básica es: ¿Qué es el hombre ante Dios o Dios ante el hombre? Dios es el existente «desde siempre y por siempre» (2c), anterior incluso al parto de las montañas, según la concepción mitológica: el mito de la madre tierra y de los montes eternos. Dios está por encima del tiempo; el ser humano, inmerso en él, es un ser «para la muerte». Tan caduco como la hierba segada (5s), tan efímero como un tercio de la noche (4). Su vida, por larga que sea (4, 10), es un mero suspiro (9b). Afanarse por ella es «fatiga y vanidad» (10b). Si Dios nos arrebata por la noche (5), nosotros volamos (10b). A la condición mortal se añade la pecadora, que suscita la ira divina (7s, 11). La grandeza y santidad de Dios abruman y empequeñecen al hombre. Le queda la súplica como la única solución. No pide el orante perdón por sus pecados, sino sensatez para aceptar su destino (12). No es suficiente. El poeta pide algo más: que Dios muestre su compasión (13), o que compense las penas y los gozos con su amor (14s); y también pide que Dios comience a actuar (16); así, la actuación humana adquirirá consistencia para bien del hombre y también para bien de Dios (17b). En definitiva, el hombre será lo que haya hecho: él y Dios en él. Nuestras obras adquieren consistencia (cfr. Flp 2,13) y nos acompañarán (cfr. Ap 14,13). ¿Qué sentido tiene nuestra vida? ¿Cuáles son nuestros valores? No podemos elaborarnos «un mañana» sin contar con Dios. Este salmo puede ayudarnos.