Salmos
Capítulo 24
Himno de entrada en el Templo
Del Señor es la tierra y cuanto la llena,
el mundo y todos sus habitantes,
porque él la fundó sobre los mares, él la asentó sobre los ríos.
–¿Quién puede subir al monte del Señor?, ¿quién puede estar en el recinto sagrado?
–El de manos inocentes y corazón puro, que no suspira por los ídolos ni jura en falso.
Ése recibirá del Señor la bendición y el favor de Dios su Salvador.
–Ésta es la generación que busca al Señor; que viene a visitarte, Dios de Jacob.
–¡Portones, alcen los dinteles! levántense, puertas eternales, y que entre el Rey de la Gloria.
–¿Quién es ese Rey de la Gloria? –El Señor, héroe valeroso, el Señor, héroe de la guerra.
–¡Portones, alcen los dinteles! levántense puertas eternales, y que entre el Rey de la Gloria.
–¿Quién es el Rey de la Gloria? –El Señor Todopoderoso, él es el Rey de la Gloria.

Comentarios
Himno de entrada en el Templo
Suele decirse que este salmo, al igual que el Sal 15, es una liturgia de entrada al Templo. Un grupo pregunta por las condiciones que debe reunir quien pretende entrar en la casa de Dios (3). Alguien autorizado le responde (4). Nunca sabremos con qué motivo sucedía esto. Lo cierto es que dos planos se yuxtaponen y entrecruzan. El breve himno al Creador, que da solidez y consistencia a la creación (1b-2), cede el paso al Templo (3): de la escena universal se pasa a la concentración muy particular del Templo. A este lugar santo acuden simultáneamente los fieles y el Señor (3-6). Existen correspondencias y divergencias entre ambas escenas. La gran correspondencia es esta: tierra/habitantes y Templo/visitantes. Las divergencias se manifiestan en las preguntas que valen para los visitantes y en los imperativos que solo son válidos para el Señor. Los visitantes deben cumplir determinadas condiciones; el Señor, ninguna. Los fieles se identifican con quienes buscan a Dios (6). Para el Señor, el Rey de la Gloria, basta con su nombre propio y su título. 1 Cor 10,26 cita el versículo 1 para justificar la libertad cristiana. El «héroe valeroso» del versículo 8 remite a Lc 11,21. El corazón puro (4) es motivo de bienaventuranza en Mt 5,8. El espíritu religioso necesita experimentar la alteridad divina en su plenitud. Así se situará adecuadamente ante el Dios creador, santo y excelso.