2

Líbrame de mis enemigos, Dios mío

Líbrame de mis enemigos, Dios mío,

defiéndeme de mis agresores,

3

líbrame de los malhechores, sálvame de los sanguinarios.

4

Mira cómo me están acechando: los poderosos conspiran contra mí, sin que yo haya pecado ni faltado, Señor,

5

y ni siquiera exista culpa en mí, corren y toman posiciones. ¡Levántate, ven a mi encuentro, mira,

6

tú, Señor Dios Todopoderoso, Dios de Israel! Despierta para castigar a los paganos, no te apiades de los traidores inicuos.

7

Vuelven al atardecer, aullando como perros, merodean por la ciudad.

8

Mira, de su boca fluye baba, de sus labios espadas: ¿Quién nos oirá?

9

Pero tú, Señor, te ríes de ellos, te burlas de los paganos.

10

Fortaleza mía, por ti velo, porque mi alcázar es Dios.

11

Que mi Dios fiel salga a mi encuentro, y yo vea la derrota de mis difamadores.

12

¡No los mates, que mi pueblo no lo olvide; que vaguen lejos de su fortaleza, humíllalos, Señor, escudo nuestro!

13

Por el pecado de su boca, por el chismorreo de sus labios queden atrapados en su orgullo, por la mentira y maldición que profieren.

14

¡Destrúyelos con tu furor, destrúyelos, que dejen de existir!; y se reconozca que Dios gobierna desde Jacob hasta los confines de la tierra.

15

Vuelven al atardecer, aullando como perros, merodean por la ciudad.

16

Vagabundean, buscando comida, si no se hartan, no se retiran.

17

Yo, en cambio, cantaré tu fuerza, proclamaré por la mañana tu amor, porque fuiste mi fortaleza y un refugio en el día de la angustia.

18

Fortaleza mía, por ti velo, porque mi alcázar es Dios, mi Dios fiel.

Comentarios

59:2 - 59:18

Líbrame de mis enemigos, Dios mío

Esta lamentación y súplica individual se caracteriza por el doble estribillo (7.15 y 10.18). No son nuevos los imperativos de la introducción (2s), pero sí insistentes, acaso porque los enemigos son «sanguinarios» (3). Para una visión de conjunto, pueden servirnos los ámbitos y personajes: los perros, la ciudad y el atardecer. Los perros, vagabundos y famélicos, babean, y, con la boca abierta, sus colmillos afilados relucen como «espadas». Algo así son los enemigos: no se retirarán hasta que no sacien su sed de sangre. En el trazado de la ciudad, destaca la fortaleza o el alcázar, donde la gente puede refugiarse en momentos de peligro. ¿No es Dios fortaleza y alcázar? El atardecer es la hora de retirarse a la casa o al alcázar. También es el momento del asedio y del peligro. En este momento preciso se le pide a Dios que «vea» (8), no sólo el babeo de los perros, sino también la espada desenvainada, y que escuche la pregunta blasfema: «¿Quién nos oirá?» (8b). Dios reacciona con la risa despiadada para quien no mostró piedad, pero con alcázar y fortaleza para quien se refugia en Él. Cuando llegue la mañana, ya destruidos los agresores (14), el salmista proclamará el amor de Dios (17) y otros reconocerán quién gobierna «desde Jacob hasta los confines de la tierra» (14b). Sólo Jesús puede decir con propiedad de sí mismo los versículos 4s del salmo (cfr. 1 Pe 2,22). Las ciudades están llenas de «perros» y la gente vive en un estado permanente de sobresalto. Es el momento de orar por todos los perseguidos, condenados y asesinados.


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