2

Sálvanos, Señor, que se acaba la lealtad

Sálvanos, Señor!, porque escasean los fieles,

han desaparecido

los leales entre los hombres.

3

No hacen más que mentirse unos a otros, hablan con labios mentirosos y doblez de corazón.

4

Que el Señor elimine los labios mentirosos y la lengua fanfarrona de los que dicen: La lengua es nuestra fuerza, nuestros labios son nuestra arma, ¿quién será nuestro amo?

5

6

El Señor responde: Por los sollozos del humilde, por el lamento del pobre, ahora me levanto y daré la salvación a quien la ansía.

7

Las palabras del Señor son palabras limpias, como plata purificada en el crisol, siete veces de escoria depurada.

8

Tú nos guardarás, Señor, nos librarás siempre de esa gente.

9

Los malvados del entorno deambularán, ¡colmo de vileza entre los hombres!

Comentarios

12:2 - 12:9

Sálvanos, Señor, que se acaba la lealtad

El panorama social es desolador: «escasean los fieles» y «desaparecen los leales» (2). La palabra nace corrompida en un corazón escindido (3); es hipócrita, amarga y destructora, pero tiene tal fuerza que se convierte en arma cortante. Es una palabra tan poderosa que induce al alarde: «¿Quién será nuestro amo?» (5). La palabra del humilde, por el contrario, apenas es un gemido o un sollozo (6). Pero Dios escucha esta humilde palabra y opone su Palabra, limpia como la plata más pura, a la palabra orgullosa (6s). Es una palabra que libera al humilde y convierte al orgulloso en un «colmo de vileza», condenado a deambular eternamente (8s). El Señor tiene palabras de vida eterna (Jn 6, 68). Mientras las relaciones humanas no se construyan sobre la verdad, será tiempo de orar con este salmo.


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