1

El Señor es mi luz y salvación, ¿a quién temeré?

El Señor es mi luz y mi salvación:

¿a quién temeré? El Señor es el baluarte de mi vida:

¿de quién me asustaré?

2

Si me acosan los malvados para devorar mi carne, ellos, mis enemigos y adversarios, tropiezan y caen.

3

Si un ejército acampa contra mí, mi corazón no teme; aunque me asalten las tropas, continuaré confiando.

4

Una cosa pido al Señor, es lo que busco: habitar en la casa del Señor todos los días de mi vida; admirando la belleza del Señor, y contemplando su templo.

5

Él me cobijará en su cabaña en el momento del peligro; me ocultará en lo oculto de su tienda, me pondrá sobre una roca.

6

Entonces levantaré la cabeza sobre el enemigo que me cerca. En su tienda ofreceré sacrificios entre aclamaciones, cantando y tocando para el Señor.

7

Escucha, Señor, mi voz que te llama, ten piedad de mí, respóndeme.

8

–Busquen mi rostro. Mi corazón dice: Tu rostro buscaré, Señor:

9

no me ocultes tu rostro. No rechaces con ira a tu siervo, que tú eres mi auxilio; no me deseches, no me abandones, Dios de mi salvación.

10

Si mi padre y mi madre me abandonan, el Señor me acogerá.

11

Indícame, Señor, tu camino, guíame por una senda llana, porque tengo enemigos;

12

no me entregues a la avidez de mis adversarios, pues se levantan contra mí testigos falsos, acusadores violentos.

13

Yo, en cambio, espero contemplar la bondad del Señor en el país de la vida.

14

–Espera en el Señor, sé valiente, ¡ten ánimo, espera en el Señor!

Comentarios

27:1 - 27:14

El Señor es mi luz y salvación, ¿a quién temeré?

Una confianza a ultranza (1-6) y un miedo inexplicable (7-13) se entrelazan en un poema tan bello y singular como este salmo. Las dificultades bélicas (2b-3), familiares (10) y sociales –testigos falsos– (12) pueden ser extremas, la confianza prevalece, porque el Señor es «mi luz», «mi salvación», mi «baluarte» (1). De la confianza (3) fluyen actos como los siguientes: «levantar la cabeza» (6), fiarse (13), no temer ni temblar (1), ser valiente y animoso (14). De repente irrumpe el miedo, que da paso a una súplica urgente (7-13), con cinco peticiones positivas y otras cinco negativas. Subraya la búsqueda del rostro divino; si es una invitación divina (cfr. Os 5,15), el orante responde que ya lo busca (8a), a la vez que suplica: «No me ocultes tu rostro» (9a); si es una voz que el orante escucha en el fondo de su ser, el salmista se pone en marcha en busca del rostro divino: que Dios no se lo oculte. La voz anónima del último verso propone y ratifica: en vez del miedo, la valentía; en lugar del desánimo, la esperanza. Esto vale también para el cristiano: ante el peligro suena una palabra de ánimo, por ejemplo, en Jn 16,33; Mt 14,26. He aquí una bella oración para cultivar en el creyente la confianza absoluta en Dios.


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