Salmos
Capítulo 65
Oh Dios, tú mereces un himno en Sión
Oh Dios, tú mereces un himno en Sión
y a ti se te cumplen los votos.
A ti, que escuchas la oración, ha de presentar todo mortal
sus acciones pecaminosas. Innumerables son nuestros delitos pero tú los perdonas.
Dichoso el que tú eliges e invitas a morar en tus atrios. Que nos saciemos de los bienes de tu casa, de los dones sagrados de tu templo.
Con portentos favorables nos respondes, Dios Salvador nuestro, esperanza de los confines de la tierra y del océano lejano.
Tú afianzas los montes con tu fuerza ceñido de poder.
Tú acallas el estruendo del mar, el estruendo de las olas y el tumulto de los pueblos.
Los habitantes de los confines se sobrecogen ante tus signos y tú haces que canten de júbilo las puertas de la aurora y del ocaso.
Tú cuidas de la tierra, la riegas, la enriqueces sin medida; La acequia de Dios va llena de agua. Preparas sus trigales. Así preparas la tierra:
empapas sus surcos, igualas los terrones, la mulles con lloviznas; bendices sus brotes.
Coronas el año con tus bienes y tus rodadas rezuman abundancia;
rezuman los pastos del páramo, y las colinas se orlan de alegría;
las praderas se visten de rebaños y los valles se cubren de mieses que aclaman y cantan.

Comentarios
Oh Dios, tú mereces un himno en Sión
En este himno a Dios que mora en Sión, pasamos del microcosmos del Templo (2-5) al cosmos (6-9) y de aquí a la tierra de Israel (10-14). El Templo es lugar de escucha y de perdón, de gozo y de saciedad, de abundancia y de belleza. El fiel cumple en el Templo lo prometido. ¡Dichosos quienes son invitados a morar en los atrios, no en el interior del santuario! (5a). Dios escucha y responde con «portentos favorables» (6a): es el Dios liberador de los oprimidos, Señor de la creación y de la historia, ante cuyo poder se acalla cualquier otro poder. Los pueblos que confían en Él viven el sobrecogimiento religioso y el júbilo (6-9). Un Señor tan grande y poderoso no se desentiende de las minucias. El Dios que aploma las montañas allana los terrones (7.11). Se parece al solícito padre de familia que cultiva la tierra para que sus hijos tengan de todo. La tierra se viste de colores. Las espigas, movidas por el viento, se yerguen para aplaudir y cantar. La Sión terrena nos remite a la Jerusalén futura (Ap 21s), la tierra nueva. El Señor de la naturaleza y de la historia también se ocupa de nuestras minucias. ¿No es motivo suficiente para entonar este himno a Dios que habita entre nosotros?