Salmos
Capítulo 81
Aclamen a Dios, nuestra fuerza
Aclamen a Dios, nuestra fortaleza;
vitoreen al Dios de Jacob.
Canten, toquen el tamboril, la cítara armoniosa y el arpa.
Toquen la trompeta en el novilunio, en el plenilunio que es nuestra fiesta.
Porque es una ley de Israel, un precepto del Dios de Jacob,
una norma que impuso a José al salir del país de Egipto. Oigo un lenguaje desconocido: abre la boca, que te la llene.
Retiré la carga de sus hombros, sus manos abandonaron la espuerta.
Gritaste en la angustia y te libré, te respondí desde el refugio tonante, te probé en las aguas de Meribá.
Escucha, pueblo mío, que te amonesto, ¡Israel, ojalá me escucharas!
No tendrás un dios extraño ni adorarás un dios extranjero.
Yo soy el Señor, tu Dios, que te saqué de Egipto.
Pero mi pueblo no me escuchó, Israel no me obedeció.
Los entregué a su corazón obstinado, caminaron según sus antojos.
¡Ojalá me escuchase mi pueblo y anduviera Israel por mis caminos;
en un instante humillaría a sus enemigos y volvería mi mano contra sus adversarios!
Los que aborrecen al Señor lo adularían, y su suerte quedaría fijada para siempre;
lo alimentaría con el mejor trigo, lo saciaría de miel silvestre.

Comentarios
Aclamen a Dios, nuestra fuerza
El pueblo es convocado a celebrar una fiesta jubilosa, cuyo motivo inmediato es la ley (5). Acaso sea la fiesta de las Chozas (cfr. Lv 23,33-43), como parecen insinuarlo el sonido de la trompeta y el tiempo: novilunio y plenilunio (3s). Lo que sorprende es la voz de un desconocido. Se dirige a los reunidos, quizás con este mensaje: «Abre la boca que te la llene» (11c) —si es que podemos colocar aquí este verso por razones de ritmo y de contenido—. La boca abierta no será colmada de pan, sino de la palabra que sale de la boca de Dios (Dt 8,3). El verbo «escuchar», repetido tres veces (9.12-14), evoca la predicación deuteronomista. Dios, a través de la voz profética, relata cuánto ha hecho por el pueblo (7s); es el «prólogo histórico» de los contratos de alianza. El pueblo debe escuchar el mandamiento principal: no ha de tener otro dios que no sea el Señor (10s). El pecado capital del pueblo consiste en que no escuchó (12) y se fue tras otros dioses; fueron rebeldes y contumaces (12s). Si escuchara en el futuro y se portara de modo distinto, gozaría de la bendición divina: comería el mejor trigo y saborearía la mejor miel (17). El mensaje de Jesús es nuevo y «desconocido» (cfr. Jn 3,11s). Este salmo nos insta a escuchar la voz del Señor, pues hoy en día también existen ídolos.