1

Presta oído, Señor, respóndeme

Inclina tu oído, Señor, respóndeme,

que soy un pobre desamparado.

2

Guarda mi vida, que soy un fiel tuyo, salva a este tu siervo que confía en ti, Dios mío.

3

Ten piedad de mí, Dueño mío, que a ti clamo todo el día:

4

anima la vida de tu siervo, pues por ti suspiro, Dueño mío.

5

Tú, Dueño mío, eres bueno e indulgente, misericordioso con cuantos te invocan.

6

Escucha, Señor, mi plegaria, atiende a la voz de mi súplica.

7

Cuando te invoco angustiado dígnate responderme.

8

Ningún dios hay como tú, Dueño mío, ninguna obra como las tuyas.

9

Si tú actúas, todas las naciones vendrán a postrarse ante ti, Dueño mío, y glorificarán tu Nombre.

10

¡Qué grande eres, autor de maravillas, sólo tú eres Dios!

11

Enséñame, Señor, tu camino para que camine con fidelidad a ti; unifica mi corazón para que respete tu Nombre.

12

Te daré gracias de todo corazón, mi Dueño y mi Dios, honraré siempre tu Nombre,

13

porque tu amor es grande, oh Altísimo, y me libraste del Abismo profundo.

14

Oh Dios, gente soberbia se levanta contra mí, una turba violenta acecha mi vida, sin tener presente tu Nombre.

15

Pero tú, Dueño mío, Dios compasivo y piadoso, paciente, todo amor y fidelidad,

16

vuélvete y ten compasión de mí, da el triunfo a tu siervo, salva al hijo de tu esclava.

17

Dame una señal propicia: que mis adversarios vean, confundidos, que tú, Señor, me ayudas y consuelas.

Comentarios

86:1 - 86:17

Presta oído, Señor, respóndeme

La presente súplica (1-7), como tantas otras, brota de la angustia, sin que sepamos cuál es el motivo. La primera invocación tiene un matiz de letanía: súplica y motivo. El salmista apela a su humildad y pobreza y aduce la bondad e indulgencia divinas. Confía el salmista en que Dios, así apremiado, tendrá a bien responder. Antes de continuar con la súplica, el poeta dirige su mirada hacia Dios y compone un himno de agradecimiento (8-13). ¡Qué grande es Dios! ¡Qué numerosas e imponderables son sus obras! ¡Nadie hay como Dios! ¡Qué dignidad ser siervo de tan gran Señor! Retorna la petición, pero para ser fiel y leal con Dios, seguir sus caminos y alabarlo siempre. El amor desmedido de Dios me ayudará y me librará. El último motivo de la alabanza (13b) obliga al poeta a retornar a la realidad actual. Comienza una segunda súplica (14-17). La vida del salmista está en peligro. Alguien surge como adversario de los arrogantes: el Dios de ternura y de perdón, como Dios dijo de sí mismo ante Moisés (Éx 34,6). La señal «propicia» que ahora se les pide obligará a los hombres violentos a reconocer que Dios ayuda y consuela. El versículo 9 se cita en Ap 15,4. ¿Quién, en este salmo, se llama a sí mismo «siervo»? Jesús es «siervo» (Hch 4,27). Cuando vivamos momentos de angustia, por la causa que fuere, es bueno que nos desahoguemos con otro, con Dios, cuya presencia en este salmo resulta confortadora. Quien ore con este salmo, que se fije en los nombres divinos y en la insistencia con la que se repiten.


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