Salmos
Capítulo 50
El verdadero culto
El Dios de los dioses, el Señor habla:
convoca la tierra de oriente a occidente.
Desde Sión, dechado de belleza, Dios resplandece;
viene nuestro Dios y no callará. Lo precede un fuego voraz, lo rodea una tempestad violenta.
Desde lo alto convoca cielo y tierra para juzgar a su pueblo:
–Reúnanse ante él sus fieles, que sellaron su alianza con un sacrificio.
Proclame el cielo su justicia: Dios en persona va a juzgar.
–Escucha, pueblo mío, voy a hablar, Israel, voy a testificar contra ti; yo soy Dios, tu Dios.
No te reprocho por tus sacrificios ni por tus holocaustos que están siempre ante mí.
No tomaré un novillo de tu casa ni los chivos de tus rebaños,
porque son míos todos los animales del bosque, y las bestias de las altas montañas;
conozco todas las aves de los montes, y las alimañas del campo mías son.
Si tuviera hambre, no te lo diría, porque es mío el orbe y cuanto contiene.
¿Voy a comer carne de toros, o a beber sangre de chivos?
Ofrécele a Dios el sacrificio de tu alabanza, y cumple tus votos al Altísimo;
invócame el día de la angustia, te libraré y tú me darás gloria.
Al pecador le dice Dios: – ¿Por qué recitas mis mandamientos y tienes en la boca mi alianza,
tú que detestas la corrección y te echas a la espalda mis mandatos?
Si ves a un ladrón, disfrutas con él, con los adúlteros te deleitas.
En tu boca fraguas la maldad, con la lengua urdes engaños;
te sientas a murmurar de tu hermano a chismorrear del hijo de tu madre.
Esto haces, ¿y voy a callarme? ¿Crees que soy como tú? Te acusaré, litigaré contigo.
Entiendan bien esto, los que olvidan a Dios, no sea que los destruya y nadie los libere.
El que ofrece un sacrificio de alabanza me glorifica; al que enmienda su conducta lo haré gozar de la salvación de Dios.

Comentarios
El verdadero culto
Primera parte de un pleito judicial entre Dios y el pueblo. Se abre el salmo con una teofanía, en la que Dios convoca a la tierra de oriente a occidente (1-3) y se muestra dispuesto a juzgar (4-6). El pleito se desarrolla en dos momentos. El primero se centra en la inutilidad de los sacrificios (7-15), y el segundo en la moral violada (16-23). Dios es el juez. El juicio se celebra en la capital del reino: Sión (2). Los testigos son cielo y tierra (4). Aparece el juez con toda su magnificencia y poder (3). El acusado es el pueblo de Dios (7). El juez no le reprocha su praxis cultual, pero es otro el sacrificio que Dios quiere: un «sacrificio de alabanza» (14-23); es decir, que el acusado cumpla con lo estipulado en la alianza. Pero he aquí que el pueblo de Dios es ladrón, adúltero, murmurador… No observa los mandamientos que atañen a la relación con el prójimo, mientras no tiene empacho en recitar los mandamientos divinos, que no tiene ante sí, sino a la espalda (16s). Si el acusado no se convierte, sufrirá un castigo severo (22). El pueblo, para gozar de la salvación de Dios, ha de enmendarse. La respuesta a esta requisitoria la dará el salmo siguiente. Quien ama a Dios y odia a su hermano es un mentiroso (1 Jn 4,20), un ateo. Mientras oramos con este salmo, escuchemos la siguiente pregunta: «¿Esto haces, y voy a callarme? ¿Crees que soy como tú?» (21). Que suenen estas preguntas y honremos a Dios con un sacrificio de alabanza, que pasa por la buena relación con el prójimo.