2

Señor, no me reprendas con ira

Señor, no me reprendas con ira,

no me corrijas con furor.

3

Tus flechas se me han clavado y tu mano pesa sobre mí.

4

No hay parte ilesa en mi cuerpo, a causa de tu enojo, no me queda un hueso sano, a causa de mi pecado.

5

Mis culpas sobrepasan mi cabeza; como fardo pesado gravitan sobre mí.

6

Hieden mis llagas podridas, a causa de mi insensatez.

7

Estoy encorvado, profundamente abatido, todo el día camino sombrío.

8

¡Tengo las espaldas ardiendo, no hay parte ilesa en mi cuerpo!

9

Agotado, totalmente aplanado, rujo y bramo en mi interior.

10

Señor mío, mis lamentos están ante ti, no se te ocultan mis gemidos.

11

Mi corazón se agita, me abandonan las fuerzas, y me falta hasta la luz de los ojos.

12

Mis amigos y compañeros permanecen ajenos a mi dolencia, mis familiares se mantienen a distancia.

13

Me tienden trampas los que quieren matarme, los que desean mi desgracia me difaman, todo el día rumorean calumnias.

14

Pero, como un sordo, no oigo, como mudo, no abro la boca;

15

soy como uno que no oye ni tiene réplica en su boca.

16

Yo espero en ti, Señor, tú me escucharás, Señor Dios mío.

17

Me dije: Que no se rían a mi costa quienes se insolentan contra mí cuando vacilen mis pasos.

18

¡A punto estuve de caer mientras perduraba mi pena!

19

Sí, yo confieso mi culpa, me duele mi pecado.

20

Mis enemigos mortales son poderosos, son muchos mis enemigos traidores.

21

Los que me devuelven mal por bien y me atacan cuando procuro el bien.

22

No me abandones, Señor, Dios mío, no te alejes de mí; ven pronto a socorrerme, Señor mío, mi salvación.

Comentarios

38:2 - 38:23

Señor, no me reprendas con ira

La antífona inicial (2) anticipa los motivos dominantes del salmo: el pecado, la ira de Dios y el castigo. El dolor físico, en efecto, tiene una doble causa: «tu enojo» (4b) y «mi pecado» (4d). Será necesario que Dios apacigüe su ira (3) y que el pecador confiese su culpa, como hace (5.19), para que su estado físico y anímico deje de ser deplorable (5-11). Mientras no se cumplan ambas condiciones, rugirá y bramará (9), hasta que su Señor se dé por aludido (10). El enfermo, de momento, es abandonado y vilipendiado por propios y extraños. Es como un sordomudo, incapaz de defenderse y de salir a flote del mal que le aqueja. No tiene apoyo alguno (12-15). A punto de caer, expuesto a que otros se rían a su costa, rodeado de enemigos mortales y poderosos, el poeta-orante pone toda su confianza en Dios, que responderá (16); cuándo y cómo, no lo sabemos. En Dios está la salvación. Este salmo se ha convertido en plegaria de todos los pecadores, según lo que leemos en 1 Jn 1,8s. No pocos enfermos y pecadores han encontrado a Dios en el pecado o en las dolencias y enfermedades.


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