Salmos
Capítulo 141
Señor, te estoy llamando, ven deprisa
Señor, te estoy llamando, ven deprisa,
escucha mi voz cuando te llamo.
Sea mi oración como incienso en tu presencia, mis manos levantadas, como ofrenda vespertina.
Coloca, Señor, un guardián en mi boca, vigila, oh Altísimo, la puerta de mis labios.
No dejes que mi corazón se incline al mal, a perpetrar acciones criminales con hombres malhechores. ¡No seré comensal en sus banquetes!
Que el justo me golpee y el leal me reprenda, mi cabeza no brillará con ungüento exquisito, pues continuaré orando en sus desgracias.
Sus gobernantes caigan en manos de la Roca, y oigan cuán suaves son sus palabras:
Como rueda molar que se estrella en el suelo, así se esparzan sus huesos a la boca del abismo.
A ti, Señor, Dueño mío, se vuelven mis ojos, en ti me refugio, no me destruyas.
Guárdame del cepo que me han puesto, de la trampa de los malhechores.
Caigan en sus redes los malvados al tiempo que yo escapo ileso.

Comentarios
Señor, te estoy llamando, ven deprisa
Súplica individual que se desdobla en una «gran súplica» (1-7) y en una mini súplica (8-10). Ambas comienzan con una invocación (1-2//8). ¿Qué hacer cuando acecha la maldad y se encubre bajo formas de fraternidad, como los banquetes (4d; cfr. Prov 1,8-18) y los agasajos (5b)? El justo puede caer en la trampa y pecar de palabra y de pensamiento (3s). El yo del salmo dirige su mirada en tres direcciones: hacia sí mismo, hacia Dios y hacia los malvados. El orante no quiere tener nada en común con los malvados: no participará en sus banquetes ni permitirá que lo ungieran con perfumes refinados (5); en vez de eso, orará por los demás (5c) y por sí mismo (2). Su oración será incesante: estará siempre ante la presencia divina, como lo está el incienso de la ofrenda vespertina (2). Está dispuesto a sufrir la reprensión y los golpes procedentes de los justos (5a), pero que la maldad de los malvados no le contamine. Es consciente, sin embargo, de su propia debilidad. Aquí ha de intervenir Dios. El orante dirige su súplica a Dios: que Él sea el centinela, vigilante de los labios que pronuncian las palabras y también del corazón donde nace la palabra (3-4a); que le guarde y no le destruya (9). Para los malvados, por el contrario, que sea una Roca puntiaguda contra la que ellos se estrellen, a la vez que escuchan unas palabras «amables» de la Roca (7), dicho no sin ironía. Los malvados están en lo suyo: cometen iniquidades, camufladas en banquetes amigables o en cepos y trampas hábilmente escondidas (9-10a). Que Dios intervenga y haga caer a los malhechores en sus propias redes y trampas, que sean destruidos (8b, 10a). En definitiva, es Dios quien ha de vérselas con el inocente y con los malvados. Podemos orar con este salmo cuando vemos que la maldad nos rodea y no quisiéramos pecar ni herir a nadie con nuestras palabras. Con este salmo pedimos a Dios que nos saque del mal.