Salmos
Capítulo 91
Confianza en Dios
El que habita al amparo del Altísimo
y pernocta a la sombra del Todopoderoso,
diga al Señor: Tú eres mi refugio y mi alcázar, mi Dios en quién confío.
Sólo Él te librará de la red y te defenderá de la peste funesta;
te cubrirá con sus plumas, y bajo sus alas te refugiarás; su brazo será escudo y coraza.
No temerás el espanto nocturno, ni la flecha que vuela de día,
ni la peste que se desliza en las tinieblas, ni la plaga que acecha a mediodía.
Caerán a tu izquierda mil, diez mil a tu derecha, a ti no te alcanzarán.
Basta con que abras tus ojos, para ver la paga de los malvados,
porque hiciste del Señor tu refugio, del Altísimo, tu morada.
No se te alcanzará la desgracia ni la plaga se acercará tu tienda,
porque a sus ángeles ordenará que te guarden en tus caminos.
Te llevarán en sus palmas, para que tu pie no tropiece en la piedra.
Caminarás entre leones y víboras, pisotearás cachorros y dragones.
Porque me ama, lo libraré, lo protegeré porque me reconoce.
Me llamará y le responderé, estaré con él en la angustia, lo defenderé y honraré.
Lo saciaré de larga vida y le haré ver mi salvación.

Comentarios
Confianza en Dios
Una voz anónima, acaso la de un liturgo, invita a quien ya vive en el Templo a manifestar su confianza en Dios como refugio y alcázar (1s). El liturgo continúa hablando al orante. Lo primero que le dice es cómo actuará Dios (3s) y le enumera los cuatro peligros que le acechan: espanto y flecha, peste y plaga (5s). Unos actúan de noche, otros a plena luz del mediodía. Curiosamente, son cuatro, como los cuatro nombres divinos al comienzo del salmo (1s). No sabemos quiénes caen a diestra y siniestra, si enemigos o flechas. Quizá sean enemigos, a quienes se les da la caída como paga (8). Nada de esto sucederá a quien confía en Dios: no ha de temer (5), porque el Dios en quien confía es refugio y morada (9); su brazo es escudo que empuña y coraza que cubre todo el cuerpo (4c). Existen otros seres hostiles (13), ante los que, nuevamente, nada ha de temer quien confía en Dios, porque ahora Dios despacha a sus «ángeles»; ellos protegerán al viandante (10-12). El salmo concluye con una palabra divina. No sabemos si es pronunciada por Dios o por el liturgo (14-16): «me conoce y me ama, pues yo lo protegeré». Mt 4,5s y Lc 4,9-11 citan los versículos 11s del salmo. Conviene orar con este salmo para ratificar y purificar nuestra confianza en Dios, precisamente cuando nos acechen los peligros.