Salmos
Capítulo 84
¡Qué delicia es tu morada, Señor!
¡Qué amable es tu morada,
Señor del universo!
Languidece mi ser y anhela a gritos el atrio del Señor; mi corazón y mi carne saltan de gozo por el Dios vivo.
Hasta el gorrión ha encontrado una casa, y la golondrina un nido donde poner sus pichones, junto a tus altares, Señor del universo, Rey mío y Dios mío.
Dichosos los que habitan en tu casa alabándote siempre.
Dichosos quienes tienen su refugio en ti, aquellos cuyo corazón te alaban.
Cuando pasan por el Valle del Llanto, lo transforman en manantial y la lluvia lo cubre de balsas.
Caminan de baluarte en baluarte para ver al Dios de los dioses en Sión.
Señor Dios del universo, escucha mi súplica, atiéndeme, Dios de Jacob.
Oh Dios, escudo nuestro, mira, fíjate en el rostro de tu Ungido.
Vale más un día en tu atrio que mil en mi casa; prefiero el umbral de la casa de Dios a morar en la tienda del malvado.
Porque el Señor es sol y es escudo, Dios concede favor y gloria; el Señor no niega sus bienes a los de conducta intachable.
Señor del universo, ¡dichoso quien confía en ti!

Comentarios
¡Qué delicia es tu morada, Señor!
Más allá de sus múltiples formas, este salmo es un «cántico de Sión». El poeta pasa revista al atrio/la casa del Señor –en la primera y tercera estrofa (2-4, 10-13)– y al camino hacia la casa de Dios (5-9). La casa de Dios, que también es refugio o fortaleza (6), es el tema dominante del salmo. El Templo suscita vehementes deseos que afectan a todo el ser (3). El sentimiento aflora enseguida: ¡Quién fuera como el ave que tiene su casa en los aleros de la casa! (4). Algunos son dichosos porque viven en la casa (5s). Espiritualmente, el peregrino ya ha llegado a la meta antes de comenzar la marcha: su encendido deseo le guía hacia la persona querida y hacia la morada «amable» o «agradable» (2). El poeta se pone físicamente en camino (7s), y todo se transforma: en vez de llanto, lluvias beneficiosas; en vez de los baluartes (8), el refugio deseado y anhelado (6). La peregrinación ética queda para el final: quien se ha acercado a la casa ya no puede continuar siendo igual. El Señor concede el favor y la gloria a los «de conducta intachable» (12). La luz divina (12) ilumina tanto el interior del Templo como su umbral. Es mejor vivir en el umbral como un mendigo que morar tranquilamente en la casa de los pecadores. Por tercera vez, suena la proclamación de la dicha, ahora para el hombre que confía en Dios (13). Es la síntesis del salmo. Hay alguien mayor que el Templo (cfr. Mt 12,6), que resplandece más que el sol (cfr. Mt 17,2). Quien visite el Templo sin gozar del amor de Dios, morador del Templo, y, por ello, sin enmendar su conducta, habrá puesto su confianza en el Templo de Dios, pero no en el Dios del Templo. Este salmo puede acompañarnos en las peregrinaciones.