2

Pastor de Israel, escucha

Pastor de Israel, escucha,

tú que guías a José como a un rebaño,

entronizado sobre querubines,

resplandece

3

ante Efraín, Benjamín y Manasés. Despierta tu poder y ven en nuestro auxilio.

4

¡Oh Dios, vuélvete a nosotros, ilumina tu rostro y nos salvaremos!

5

Señor Dios Todopoderoso, ¿hasta cuándo te envolverás en humo pese a la oración de tu pueblo?

6

Nos diste a comer un pan de llanto, a beber lágrimas en abundancia.

7

Nos convertiste en habladuría de nuestros vecinos, nuestros enemigos se burlan de nosotros.

8

¡Oh Dios Todopoderoso, vuélvete a nosotros, ilumina tu rostro y nos salvaremos!

9

Arrancaste una vid de Egipto, expulsaste pueblos y la plantaste;

10

desalojaste a sus predecesores y echó raíces hasta llenar el país.

11

Las montañas se cubrieron con su sombra, y con sus pámpanos, los cedros altísimos;

12

extendiste sus sarmientos hasta el mar y sus brotes hasta el Río Grande.

13

¿Por qué abriste brecha en su cerca para que la vendimien los viandantes,

14

la asolen los jabalíes y la destrocen las alimañas del campo?

15

Dios Todopoderoso, vuélvete, mira desde el cielo, fíjate, e inspecciona esta viña:

16

cuida lo que tu diestra trasplantó, el esqueje que hiciste vigoroso.

17

Como a la maleza la prendieron fuego: ¡perezcan con un bramido tuyo!

18

Que tu mano proteja a tu elegido, al hombre que hiciste vigoroso.

19

Y nunca nos alejaremos de ti; danos vida e invocaremos tu Nombre.

20

¡Señor Dios Todopoderoso, vuélvete a nosotros ilumina tu rostro y nos salvaremos!

Comentarios

80:2 - 80:20

Pastor de Israel, escucha

Lamentación y súplica comunitaria. La desgracia del presente contrasta con la dicha del pasado. Cierto que quien arrancó una vid de Egipto (9) es el Señor poderoso, sentado sobre querubines (2); pero el humo cubre su rostro (5; cfr. Is 6,4). Los descendientes de José (2) invocan apremiantemente al pastor indiferente a lo largo de la primera estrofa del poema (2-8). Le piden que resplandezca (2b), que ilumine su rostro (4.8), que, una vez que haya despertado de su indiferencia, auxilie (3b), porque el momento es trágico: su pueblo come llanto y bebe lágrimas, mientras los vecinos y los enemigos se burlan de ellos (6-7). Amarga comida y salobre bebida, puesto que es Dios mismo quien se las da (6). ¡Y es el Dios Todopoderoso…! El mismo que en otro tiempo plantó la cepa traída de Egipto; el que dio a esta cepa tal anchura y altura que, con su frondosidad, llegó a ser más alta que las montañas y a abarcar toda la tierra: desde el mar hasta el río (9.11s). Que el Todopoderoso mire y contemple qué es ahora de aquella antigua parra: es comida de los animales y pasto de las llamas; manos ajenas recogen su fruto (13-15.17). Solo queda una solución para la desgracia presente: que Dios Todopoderoso ilumine su rostro; así nos salvaremos (4.8.20) y los enemigos perecerán ante un bramido divino (17b). El rostro luminoso de Dios es recordado en Jn 14,9 y en Heb 1,3; también en los evangelios con motivo de la transfiguración (cfr. Mt 17,2 par.; cfr. 2 Cor 4,6). La mirada de Dios es salvadora, también en los tiempos actuales.


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