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Gloria del creador – Dignidad humana

Señor, dueño nuestro,

¡qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!

Quiero adorar tu majestad sobre el cielo

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con los labios de un pequeño lactante: Levantaste una fortaleza frente a tus adversarios para reprimir al enemigo vengativo.

4

Cuando contemplo tu cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que en él fijaste,

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¿qué es el hombre para que te acuerdes de él, el ser humano para que te ocupes de él?

6

Lo hiciste apenas inferior a un dios, lo coronaste de gloria y esplendor,

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le diste poder sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste bajo sus pies:

8

manadas de ovejas y toros, también las bestias salvajes,

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aves del aire, peces del mar que trazan sendas por los mares.

10

Señor, dueño nuestro, ¡qué admirable es tu Nombre en toda la tierra!

Comentarios

8:2 - 8:10

Gloria del creador – Dignidad humana

Una exclamación, entre admiración e interrogación, corre por el cauce del salmo y lo configura: «¡Qué admirable…!» (2.10) y «¿Qué es el hombre…?» (5). La admiración se inspira en la contemplación y en el contraste: los espacios inmensos llevan al poeta hasta el baluarte en el que reside Dios; el Señor acepta la alabanza que procede del orante como la de un niño pequeño, pero el poder de los fuertes –enemigos vengativos– se desbarata a los pies del alcázar divino. El ser humano es casi un dios; como tal, es coronado rey (6s); los límites de su reino son los confines de la tierra y el horizonte del mar infinito. Dios ha dejado las huellas de sus dedos en todo lo creado (4). Todo nos habla de Dios, cuyo Nombre es admirable, como sus obras. El júbilo infantil, que no es pueril, es el lenguaje adecuado para alabar a tan gran Dueño (cfr. Mt 21,16). Dondequiera que se encuentre un ser humano, que es un recuerdo mimado por Dios (5), podrá cantarse este salmo, tutor de la dignidad humana y la grandeza divina.


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