1

El verdadero culto

El Dios de los dioses, el Señor habla:

convoca la tierra de oriente a occidente.

2

Desde Sión, dechado de belleza, Dios resplandece;

3

viene nuestro Dios y no callará. Lo precede un fuego voraz, lo rodea una tempestad violenta.

4

Desde lo alto convoca cielo y tierra para juzgar a su pueblo:

5

–Reúnanse ante él sus fieles, que sellaron su alianza con un sacrificio.

6

Proclame el cielo su justicia: Dios en persona va a juzgar.

7

–Escucha, pueblo mío, voy a hablar, Israel, voy a testificar contra ti; yo soy Dios, tu Dios.

8

No te reprocho por tus sacrificios ni por tus holocaustos que están siempre ante mí.

9

No tomaré un novillo de tu casa ni los chivos de tus rebaños,

10

porque son míos todos los animales del bosque, y las bestias de las altas montañas;

11

conozco todas las aves de los montes, y las alimañas del campo mías son.

12

Si tuviera hambre, no te lo diría, porque es mío el orbe y cuanto contiene.

13

¿Voy a comer carne de toros, o a beber sangre de chivos?

14

Ofrécele a Dios el sacrificio de tu alabanza, y cumple tus votos al Altísimo;

15

invócame el día de la angustia, te libraré y tú me darás gloria.

16

Al pecador le dice Dios: – ¿Por qué recitas mis mandamientos y tienes en la boca mi alianza,

17

tú que detestas la corrección y te echas a la espalda mis mandatos?

18

Si ves a un ladrón, disfrutas con él, con los adúlteros te deleitas.

19

En tu boca fraguas la maldad, con la lengua urdes engaños;

20

te sientas a murmurar de tu hermano a chismorrear del hijo de tu madre.

21

Esto haces, ¿y voy a callarme? ¿Crees que soy como tú? Te acusaré, litigaré contigo.

22

Entiendan bien esto, los que olvidan a Dios, no sea que los destruya y nadie los libere.

23

El que ofrece un sacrificio de alabanza me glorifica; al que enmienda su conducta lo haré gozar de la salvación de Dios.

Comentarios

50:1 - 50:23

El verdadero culto

Primera parte de un pleito judicial entre Dios y el pueblo. Se abre el salmo con una teofanía, en la que Dios convoca a la tierra de oriente a occidente (1-3) y se muestra dispuesto a juzgar (4-6). El pleito se desarrolla en dos momentos. El primero se centra en la inutilidad de los sacrificios (7-15), y el segundo en la moral violada (16-23). Dios es el juez. El juicio se celebra en la capital del reino: Sión (2). Los testigos son cielo y tierra (4). Aparece el juez con toda su magnificencia y poder (3). El acusado es el pueblo de Dios (7). El juez no le reprocha su praxis cultual, pero es otro el sacrificio que Dios quiere: un «sacrificio de alabanza» (14-23); es decir, que el acusado cumpla con lo estipulado en la alianza. Pero he aquí que el pueblo de Dios es ladrón, adúltero, murmurador… No observa los mandamientos que atañen a la relación con el prójimo, mientras no tiene empacho en recitar los mandamientos divinos, que no tiene ante sí, sino a la espalda (16s). Si el acusado no se convierte, sufrirá un castigo severo (22). El pueblo, para gozar de la salvación de Dios, ha de enmendarse. La respuesta a esta requisitoria la dará el salmo siguiente. Quien ama a Dios y odia a su hermano es un mentiroso (1 Jn 4,20), un ateo. Mientras oramos con este salmo, escuchemos la siguiente pregunta: «¿Esto haces, y voy a callarme? ¿Crees que soy como tú?» (21). Que suenen estas preguntas y honremos a Dios con un sacrificio de alabanza, que pasa por la buena relación con el prójimo.


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