Salmos
Capítulo 110
1
El Mesías, rey y sacerdote
Dijo el Señor a mi señor:
Siéntate a mi derecha
hasta que haga a tus enemigos
estrado de tus pies.
2
El Señor extenderá desde Sión el poder de tu reinado: ¡domina entre tus enemigos!
3
Tu pueblo está dispuesto para el día de la movilización, cuando aparezcas majestuoso; desde el seno de la aurora tuya es la flor de la juventud.
4
El Señor lo ha jurado y no se arrepiente: Tú eres sacerdote del Eterno, al modo de Melquisedec.
5
El Señor está a tu derecha: exterminará a los reyes el día de su cólera;
6
sentenciará a los reyes, amontonará cadáveres, aplastará cabezas sobre la ancha tierra.
7
En el camino beberá del torrente y así levantará su cabeza.

Comentarios
El Mesías, rey y sacerdote
Salmo real, estructurado en un díptico: realeza (1-3) y sacerdocio (4-7). Cada tabla del díptico sigue el mismo modelo: oráculo (1 y 4) y comentario (2-3.5-7). Los oráculos pueden pronunciarse en boca de un sacerdote o de un profeta de la corte. En el oráculo el Señor (Dios) comunica a «mi señor» (el rey) su rango casi divino: «Siéntate a mi derecha», y la asistencia que prestará al monarca en tiempos de guerra: hasta que los enemigos sean convertidos en estrado de los pies del rey de Judá. El comentarista añade que el rey de Judá extenderá los dominios de su reino. Para ello, cuenta con la ayuda divina y también con la colaboración voluntaria de lo mejor del pueblo: el rocío [«flor» en la traducción] de la juventud. Cuando el rey aparezca majestuoso, «el día de la fuerza» (que puede ser la movilización o la vista militar, como acto previo al combate), contará con una juventud dispuesta a enrolarse en la tropa que sirve al rey desde el primer momento de su reinado: «Desde el seno de la aurora», símbolo de vida y luz, alude a una nueva era. El segundo oráculo va dirigido también al rey, que es simultáneamente sacerdote, como lo era el rey jebuseo de Jerusalén. La dinastía davídica, asentada en Jerusalén, conserva las antiguas prerrogativas del rey cananeo de la ciudad. El salmista comenta el segundo oráculo vinculándolo con el primero. Ahora proclama ante Dios lo que ya se ha dicho: «Mi señor (el rey) está a tu derecha». Añade algo nuevo: de la relación que tiene el monarca con Dios dimana su fuerza casi divina; por ello, extermina enemigos, sentencia, amontona cadáveres, aplasta cabezas. Si su esfuerzo en el combate le lleva casi al agotamiento, un torrente providencial, del que bebe abundantemente, le permite reponerse y proseguir la campaña. Son numerosas las citas de este salmo en el Nuevo Testamento. El versículo 1 aparece en los evangelios (cfr. Mt 22,41-46; Mt 26,64; Mc 16,19; Hch 2,34s; Rom 8,34, etc.). El versículo 4 en Heb 5,6.10 y, sobre todo, en Heb 7. Podemos orar con este salmo evocando la conciencia política de la autoridad. Una lectura cristiana pide que el salmo sea despojado de su violencia. Cristo es rey y sacerdote, pero rey de «justicia, de amor y de paz»; sacerdote que entró en el santuario a través de su propia sangre, y nos ha abierto el camino de acceso al santuario. Oremos por el pueblo de Dios, que es un pueblo de reyes y de sacerdotes.