2

Oda patriótica y religiosa

Se levanta Dios y se dispersan sus enemigos,

huyen de su presencia quienes lo odian.

3

Como se disipa el humo, los disipas, como se derrite la cera ante el fuego, así perecen los malvados ante Dios.

4

En cambio los justos se alegran, se alborozan en la presencia de Dios, y festejan de alegría.

5

Canten a Dios, toquen en su honor, ensalcen al jinete de las nubes; su Nombre es el Señor, salten de gozo ante él.

6

Padre de huérfanos, protector de viudas ése es Dios desde su santa morada.

7

Dios da un hogar a los que están solos, libera de la prisión a los cautivos; mas los rebeldes se quedan en el yermo.

8

Oh Dios, cuando salías al frente de tu pueblo, cuando avanzabas por el desierto,

9

la tierra tembló, los cielos se licuaron, ante Dios, el Dios del Sinaí, ante de Dios, el Dios de Israel.

10

Tú derramaste, oh Dios, una lluvia generosa, aliviaste tu heredad extenuada.

11

Tu rebaño habitó en la tierra, que bondadosamente, oh Dios, habías preparado para los pobres.

12

Mi Señor pronuncia un oráculo, y una multitud anuncia la noticia:

13

Los reyes, los ejércitos huyen, van huyendo, y las mujeres de la casa reparten el botín.

14

Mientras dormían en los apriscos, las alas de paloma se cubrían de plata, y sus plumas de oro amarillo.

15

Cuando el Todopoderoso dispersaba reyes, nevaba en el Monte Salmón.

16

Montaña altísima es la montaña de Basán, montaña escarpada es la montaña de Basán.

17

¿Por qué envidian, montañas escarpadas, al monte que Dios eligió para habitar? El Señor habitará en él por siempre.

18

Los carros de Dios son miles y miles, los arqueros, millares: el Señor marcha del Sinaí al santuario.

19

Subiste a la cumbre llevando cautivos, recibiste tributo de seres humanos, aun de quienes se oponían a la mansión del Señor Dios.

20

Bendito sea el Señor día tras día: Dios, nuestro salvador, nos alivia.

21

Nuestro Dios es un Dios salvador, el Señor, mi Dueño, nos libra de la muerte.

22

Dios aplasta la cabeza de sus enemigos, el cráneo melenudo de los criminales.

23

Dice el Señor: Los traeré de Basán, los traeré desde el fondo del mar,

24

para que bañes tus pies en su sangre y la lengua de los perros tenga en tus enemigos su porción.

25

Aparece tu cortejo, oh Dios, el cortejo de mi Dios, mi Rey, al santuario.

26

Al frente marchan los cantores, al final, los arpistas; en medio, las jovencitas van tocando panderos.

27

En la asamblea bendicen a Dios, al Señor en la congregación de Israel.

28

Miren: los guía Benjamín, el más pequeño, los príncipes de Judá y sus huestes, los príncipes de Zabulón, los príncipes de Neftalí.

29

¡Manda, oh Dios, tu fuerza, refuerza, oh Dios, lo que hiciste por nosotros

30

desde tu templo de Jerusalén! Que te traigan los reyes su tributo.

31

Reprime a la Fiera del Cañaveral, a la manada de Toros, a los Novillos de los pueblos: que se sometan con lingotes de plata. ¡Dispersa a los pueblos belicosos!

32

Que los mercaderes de Egipto vengan con regalos, Etiopía tienda sus manos hacia Dios.

33

Reinos del mundo, canten a Dios, toquen para nuestro Señor.

34

¡Véanlo cabalgando por los cielos, los cielos antiguos! ¡Ya lanza su voz, su voz de victoria!

35

Reconozcan la victoria de Dios: sobre Israel, su majestad, su poderío, sobre las nubes.

36

Dios es terrible en su santuario. Ciertamente el Dios de Israel da fuerza y poder a su pueblo. ¡Bendito sea Dios!

Comentarios

68:2 - 68:36

Oda patriótica y religiosa

Himno al poder divino y a su majestad. El enemigo se dispersa y huye, se disipa como humo y se derrite como cera; el justo se alegra, se alboroza y se goza. Es el preludio del poema (2s). A continuación viene el cántico del éxodo y de la tierra (5-11): La tierra se estremece (9) ante el «Jinete de las nubes» (5b), que muestra su poder al ser padre del pobre (6), al liberar a los prisioneros (7) y al preparar una tierra que será el hogar del rebaño rescatado de Egipto (9-11). El nuevo hogar es una tierra conquistada, como se celebra en el cántico siguiente, dedicado a ella (12-19). Dios abre la marcha del pueblo hacia la tierra. Los reyes huyen, y dejan tras de sí un rico botín para Israel (14). Las altas montañas del norte se inclinan reverentes ante la humilde colina de Sión, morada elegida por Dios (16s). Los reyes vencidos forman parte del cortejo divino que llega a su santa morada, flanqueado por su ejército (18s). Las gestas del alivio del pueblo, liberado de la muerte, y la derrota de los profesionales de la guerra (22) son celebradas en el culto, como se canta en el interludio (20-22). A partir de aquí, el poema es un cántico procesional hacia Sión (23-34). Los enemigos no tienen salvación: deben comparecer ante el Soberano, aunque se escondan en lo más alto y escarpado o en lo más profundo y remoto (23s). Sucede lo contrario con el pueblo de Dios. Está representado por dos tribus del norte, Zabulón y Neftalí, y por otras dos del sur, Benjamín y Judá (27s). Se dirige al Templo cantando y danzando (27s). Ya en el Templo, pide a Dios que derrote a los enemigos de Israel, aludidos con nombres de fieras (29-32), y que todos los reyes vengan a Jerusalén trayendo tributo al Soberano, Auriga de las nubes (33s). Finaliza el salmo con un postludio (35s), en el que se pide a todos que reconozcan el poderío de Dios. El versículo 19 se aplica a la ascensión del Señor por Ef 4,8 (cfr. Hch 2,33); el que subió es el que «bajó» para aplastar la cabeza del enemigo (21). Este salmo es apto para celebrar nuestra liberación, mientras nos encaminamos hacia la tierra prometida.


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