Salmos
Capítulo 62
Sólo en Dios está el descanso
Sólo en Dios encuentro descanso,
de él viene mi salvación.
Sólo él es mi roca, mi salvación, mi alcázar: jamás vacilaré.
¿Hasta cuándo arremeterán contra uno, para abatirlo todos juntos como a una pared que cede o a una tapia que se desploma?
Sólo piensan en derribarme de mi altura, se complacen en la mentira: con la boca bendicen, con el corazón maldicen.
Sólo en Dios encuentro descanso, de él viene mi salvación.
Sólo él es mi roca, mi salvación, mi alcázar: jamás vacilaré.
En Dios está mi salvación y mi gloria, mi roca firme, mi refugio está en Dios.
Ustedes confíen siempre en él, desahoguen con él su corazón, que Dios es nuestro refugio.
Sólo un soplo son los plebeyos, los nobles, mera apariencia, todos juntos en la balanza pesarían menos que un soplo.
No confíen en la opresión, no se ilusionen con el robo; a las riquezas, si aumentan, no les entreguen el corazón.
Dios ha hablado una vez, dos veces le he oído: Que Dios tiene el poder,
tuya, Señor, es la misericordia; que tú pagarás a cada uno según sus obras.

Comentarios
Sólo en Dios está el descanso
El autor de este salmo es un mensajero de confianza. El soliloquio de los versículos 2s y 6s conduce a una doble interpelación: a los violentos, que además son mentirosos (4s), y a quienes confían en el dinero (11). Tras una serie de imágenes, el poema aborda un tema metafísico: la contingencia del ser humano. Puede labrarse un poder apoyándose en «la opresión» (11a), convirtiendo a los demás en plataforma para afianzarse: el robo, la riqueza, la mentira… (11.5). Con ese poder conquistado, arremeten contra los demás (4). Pues bien, todos los seres humanos, sean plebeyos o nobles, son una falacia. Todos juntos pesan menos que un soplo (10). El poder le pertenece a Dios en exclusiva (12b). Sólo Él puede ser roca, alcázar y fortaleza (3.7. 8.9), en la que apoyar la existencia del hombre. El ser humano tiene una disyuntiva: apoyarse en su «poder» o el poder divino, confiar en las riquezas o en Dios. Es imposible servir a Dios y al dinero (cfr. Mt 6,19.24). Sobre la confianza en Dios o en las riquezas, cfr. 1Tim 6,17; Sant 4,13s; 5,1-6. Si queremos ser mensajeros de confianza, no debemos hablar sólo de ideas; antes, habrá que «experimentar» a Dios como fortaleza y refugio.