Salmos
Capítulo 56
Grito de aflicción y de confianza
Piedad de mí, oh Dios, que me pisotean;
me atacan y oprimen todo el día;
mis enemigos me pisotean todo el día, son muchos los atacantes, oh Altísimo.
Cuando temo, confío en ti.
En Dios, cuya palabra alabo, en Dios confío y no temo, ¿qué podrá hacerme un mortal?
Todo el día tergiversan mis palabras, sus planes contra mí son malignos.
Acechan, se esconden, rastrean mis huellas, como salteadores ávidos de mi vida.
Líbrame de su iniquidad, oh Dios, derriba con ira a los pueblos.
Anota tú mis andanzas, recoge mis lágrimas en tu odre, mis fatigas en tu libro.
Si, cuando te invoque, retroceden y se retiran mis enemigos, proclamaré: Dios está de mi parte.
En Dios, cuya palabra alabo, en el Señor, cuya palabra alabo;
en Dios confío y no temo: ¿qué podrá hacerme un hombre?
En verdad, cumpliré mis votos, Dios Altísimo, dándote gracias:
Has librado mi vida de la muerte, alejando mis pies de la caída, para que camine ante Dios hacia la luz de la vida.

Comentarios
Grito de aflicción y de confianza
Súplica de confianza en momentos de peligro. Ya nos es familiar el triángulo: la presencia del enemigo, las penalidades del orante y la actuación de Dios. Los enemigos son fieras agazapadas, ávidas de presa (7); están dispuestos a la agresión (2s.6s) y no dudan en pisotear al suplicante (2s). Éste reacciona con temor (4), manifestado en las andanzas, las lágrimas y las fatigas (9), y latente en la proclamación de su confianza (5.12: «No temo»). De hecho, si pide a Dios que se incline –que tenga piedad (2)– es porque teme. Es un temor a la crueldad humana, que puede ensañarse con el acosado, cuya palabra ni siquiera es aceptada y respetada (6). El recurso a Dios, sin embargo, implica confianza en Él. Es una confianza en la palabra o en la promesa divina (5.11). Dios hace suyas las lágrimas del orante: son tan valiosas que las recoge en su odre (9). El signo concreto de que Dios está con quien le suplica consiste en el retroceso de los enemigos (10). Al saber que Dios está de su parte (10b), el perseguido y pisoteado prorrumpirá en «alabanza» (14). Nada temerá, porque quienes le persiguen son meros mortales (5.11). Eusebio lee el estribillo a la luz de Rom 8,31. Es comprensible el miedo y la huida cuando el peligro se agrava y se vive el dolor. Pero también es posible la confianza en la Palabra de Dios, en Dios. Es bueno orar con este salmo ante tantos sufrimientos y tantas lágrimas que no encuentran respuesta humana.