2

¡Sálvame, Dios, que me llega el agua al cuello!

¡Sálvame, Dios,

que me llega el agua al cuello!

3

Me hundo en el fango profundo y no puedo hacer pie; he entrado en las aguas sin fondo y me arrastra la corriente.

4

Estoy exhausto de gritar, tengo ronca la garganta, se me nublan los ojos esperando a mi Dios.

5

Más que los cabellos de la cabeza son los que me odian sin motivo, más numerosos que mis cabellos son mis enemigos mentirosos. ¿Es que tengo que devolver lo que no he robado?

6

Dios mío, tú conoces mi ignorancia, no se te ocultan mis culpas.

7

Que por mi culpa no queden defraudados los que esperan en ti, Señor Todopoderoso; que por mi culpa no se avergüencen los que te buscan, Dios de Israel.

8

Pues por ti aguanté afrentas, la vergüenza cubrió mi rostro.

9

Soy un extraño para mis hermanos, un extranjero para los hijos de mi madre

10

porque me devora el celo por tu templo y las afrentas con que te afrentan caen sobre mí.

11

Si sollozo ayunando, se burlan de mí;

12

si me visto de sayal, se ríen de mí;

13

sentados a la puerta cuchichean, los borrachos me sacan coplas.

14

Pero yo, Señor, a ti dirijo mi oración, en el momento propicio; por tu gran amor, respóndeme, oh Dios, con tu fidelidad salvadora.

15

Sácame del fango, no me hunda, líbrame de los que me aborrecen y de las aguas sin fondo;

16

que no me arrastre la corriente, ni me trague el torbellino, ni el pozo se cierre sobre mí.

17

Respóndeme, Señor, por tu bondadoso amor, por tu inmensa ternura vuelve tus ojos a mí.

18

No ocultes tu rostro a tu siervo, estoy angustiado, respóndeme enseguida.

19

Acércate a mí, rescátame, líbrame de la guarida del enemigo.

20

Tú conoces mi oprobio, mi vergüenza y deshonra, ante ti están mis opresores.

21

El oprobio me parte el corazón y me siento desfallecer; espero compasión, y no la hay, consoladores, y no los encuentro.

22

Echaron veneno en mi comida y en mi sed me dieron vinagre.

23

Que su mesa se vuelva una trampa y sus compañeros, un lazo.

24

Que se apaguen sus ojos y no vean, y sus lomos flaqueen sin cesar.

25

Descarga sobre ellos tu enojo, que los alcance el incendio de tu ira.

26

Que su campamento quede desierto y nadie habite sus tiendas,

27

porque persiguen al que tú heriste y cuentan las heridas del que laceraste.

28

Añade culpa a sus culpas, y no accedan a tu justicia.

29

Sean borrados del libro de los vivos, no sean inscritos con los justos.

30

Pero a mí, pobre y malherido, tu salvación, oh Dios, me restablecerá.

31

Alabaré el Nombre de Dios con cantos: proclamaré su grandeza con acción de gracias:

32

le agradará a Dios más que un toro, más que un novillo con cuernos y pezuñas.

33

Mírenlo, humildes, y alégrense, recobren el ánimo, buscadores de Dios;

34

porque el Señor escucha a los pobres y no desprecia a sus cautivos.

35

Alábenlo, cielo y tierra, mares y cuanto bulle en ellos.

36

Pues Dios salvará a Sión y reconstruirá los poblados de Judá: la habitarán y la poseerán,

37

la estirpe de sus servidores la heredará, los que aman su Nombre vivirán en ella.

Comentarios

69:2 - 69:37

¡Sálvame, Dios, que me llega el agua al cuello!

La súplica de este salmo se eleva desde lo profundo del dolor. El comienzo (2-5) nos sorprende con un cúmulo de imágenes: aguas profundas, ciénagas sin fondo, corrientes arrolladoras, son otras tantas imágenes del diluvio del mal y causa de la destrucción física. De esta situación brota el grito inicial: «Sálvame, Señor». Los versículos 6-19 reiteran la temática, aunque en orden inverso: un cuerpo destruido (6-13) y el diluvio del mal (14-19). Sin duda, el salmista sufre por sus pecados personales, pero también por ser fiel a Dios y a su templo (8-10) y por sus prácticas penitenciales (11-13). Se ha quedado solo. Ahora puede presentar ante Dios un cuerpo destruido y un espíritu lacerado. ¿A quién dirigirse sino a Dios, que, sin duda, responderá por «su inmenso amor» (14b)? A partir de aquí, se acumulan los imperativos. El Dios fiel, de inmensa ternura y amor, no puede permanecer indiferente ante tanto apremio, mucho menos cuando Él conoce la necedad (6). También conoce «mi oprobio, mi vergüenza y mi deshonra» (20), causados por la presencia externa del mal (20-30). Los hombres inmisericordes añaden nuevas aflicciones al dolor íntimo causado por la mano divina (27). El orante pide que Dios actúe de dos formas: descargando los infortunios sobre los inmisericordes (doce improperios: 23-26, 28-29), hasta borrarlos del libro de la vida (29), y restableciendo al pobre malherido (30). El hecho de que Dios escuche a los pobres inspira un himno de acción de gracias, primero personal (31-34) y después cósmico (35-37), que agrada a Dios mucho más que cualquier sacrificio, según la legislación del Levítico. Son varios los versículos de este salmo citados o aludidos en el Nuevo Testamento: el versículo 5 en Jn 15,25; el versículo 10a en Jn 2,17; el versículo 10b en Rom 15,3; se alude al versículo 13 en Mt 27,27-30; el 22 en Mt 27,34 y Mc 15,23; los versículos 23s en Rom 11,9; el versículo 26 en Hch 1,20. El registro de los vivos (29) se menciona en Flp 4,3; Ap 3,5 y 13,8. Con el dolor de nuestros hermanos, podemos recomponer el rostro del Cristo roto. Unidos a ellos, podemos suplicar: «¡Sálvame, oh Dios, que me llega el agua al cuello!» (2).


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