1

¿Por qué, oh Dios, nos tienes abandonados?

¿Por qué, oh Dios, nos tienes abandonados para siempre

y humea tu cólera contra las ovejas de tu rebaño?

2

Acuérdate del pueblo que adquiriste antiguamente, que rescataste como tribu de tu propiedad del monte Sión donde habitabas.

3

Levanta a tu pueblo de la ruina total, el enemigo ha destrozado el santuario.

4

Rugían tus adversarios en medio de tu asamblea, colocaban como señal sus estandartes;

5

se asemejaban a quien se abre paso a hachazos en la espesa arboleda;

6

todos juntos derribaron las puertas, las abatieron con hachas y mazas;

7

prendieron fuego a tu santuario, asolaron y profanaron la morada de tu Nombre.

8

Dijeron: ¡Quememos, junto a tu linaje, los templos de Dios en el país!

9

Ya no vemos nuestros estandartes, ni tenemos un profeta, ninguno de nosotros sabe hasta cuándo.

10

¿Hasta cuándo, oh Dios, te insultará el enemigo, y el adversario despreciará sin cesar tu Nombre?

11

¿Por qué retiras tu mano izquierda y tienes la derecha escondida en el seno?

12

Mas tú, oh Dios, eres mi rey desde antiguo, autor de victorias en medio de la tierra.

13

Tú con tu fuerza agitaste el Mar, quebraste las cabezas del monstruo marino.

14

Tú aplastaste las cabezas de Leviatán, las echaste como pasto a manadas de fieras.

15

Tú alumbraste manantiales y torrentes, tú secaste ríos inagotables.

16

Tuyo es el día, tuya también la noche, tú colocaste la luna y el sol.

17

Tú trazaste los límites del mundo, el verano y el invierno tú los creaste.

18

Recuérdalo: el enemigo te afrenta, Señor, y un pueblo insensato desprecia tu Nombre.

19

No entregues al depredador la vida de tu tórtola, no olvides para siempre la vida de tus pobres.

20

Fíjate en la alianza: que los escondrijos del país están repletos de focos de violencia.

21

¡No quede defraudado el oprimido, que el humilde y el pobre alaben tu Nombre!

22

¡Levántate, oh Dios, defiende tu causa!, recuerda las continuas ofensas del insensato,

23

no olvides el griterío de tus adversarios, el creciente vocerío de tus agresores.

Comentarios

74:1 - 74:23

¿Por qué, oh Dios, nos tienes abandonados?

La destrucción del Templo, en los años 587/586 a.C., inspira este salmo, al menos en parte. Comienza, en efecto, con una elegía por el Templo destruido (1-9). Se han desmoronado los antiguos dogmas y las ancestrales seguridades. Los enemigos han destruido con crueldad y saña el Templo de Dios, morada del Altísimo. El profeta Isaías había proclamado que este lugar santo era inviolable. Ahora está hecho polvo y saqueado. Estandartes extranjeros y blasfemos presiden la asamblea otrora santa. Era el pueblo elegido por Dios. ¿Por qué, oh Dios, por qué? (1). Solo cabe una explicación: Dios nos ha rechazado para siempre (1). Sin embargo, cabe una súplica: Acuérdate, rescata, levanta (2s) … Es el rebaño que tú sacaste de Egipto y lo llevaste a la tierra de tu propiedad (2). Continúa el salmo con un himno a Dios, rey y creador (10-17): el Señor del tiempo y del espacio, rey desde siempre y autor de maravillas (12), es capaz de actuar. Pero ¿hasta cuándo permanecerá la situación actual? ¿Hasta cuándo prevalecerá el enemigo? (10). ¿Cuándo pondrá Dios manos a la obra, a la reconstrucción? La tercera parte del salmo es una súplica al Dios de la alianza (18-23): ¿cómo tan gran Señor aguanta la afrenta de un pueblo insensato? Es necesario que retenga en su memoria (18-22). La alianza no puede haber sido olvidada (20). La vida de los pobres está ante sus ojos (19b). Sin duda, ha llegado a los oídos divinos el griterío de los adversarios (23). El pobre y el humilde no pueden quedar defraudados (21). Dios, Pastor y Rey, Creador todopoderoso, debe cuidar con delicadeza la vida de la tórtola (19a). La salvación está cerca. El llanto de Jesús sobre Jerusalén (cfr. Lc 19,41-44) vincula esta elegía a las lágrimas de Jesús, aunque diga que de ese Templo no quedaría piedra sobre piedra (cfr. Mt 24,2). El Templo destruido fue reconstruido al tercer día (cfr. Mt 26,61; Hch 6,14). Ahora es mayor y más perfecto que el Templo antiguo, pues ha sido levantado por Dios (Heb 9,12). Jesús, ¿acaso lloraría hoy por la humanidad? Las armas de destrucción ya no son el hacha y el martillo, sino, por ejemplo, los sistemas económicos. Y toda la humanidad está llamada a entrar en el nuevo Templo. ¿Por qué no orar con este salmo?


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