1

Hijos de Dios, aclamen la gloria y el poder del Señor

Hijos de Dios, aclamen al Señor,

aclamen la gloria y el poder del Señor,

2

aclamen la gloria del Nombre del Señor, adoren al Señor en el atrio sagrado.

3

La voz del Señor sobre las aguas, el Dios de la gloria ha tronado, el Señor sobre las aguas torrenciales.

4

La voz del Señor es potente, la voz del Señor es magnífica,

5

la voz del Señor parte los cedros, parte el Señor los cedros del Líbano;

6

hace brincar el Líbano como un novillo, el Sarión como cría de búfalo.

7

La voz del Señor lanza llamas de fuego.

8

La voz del Señor hace temblar el desierto, el Señor hace temblar el desierto de Cades;

9

La voz del Señor retuerce los robles, abre claros en las selvas. En su templo todo grita: ¡Gloria!

10

El Señor se sienta sobre las aguas diluviales, el Señor está sentado como rey eterno.

11

El Señor da fuerza a su pueblo, el Señor bendice a su pueblo con la paz.

Comentarios

29:1 - 29:11

Hijos de Dios, aclamen la gloria y el poder del Señor

El poeta tal vez adopta y adapta un antiguo poema cananeo. Celebra al Dios supremo, a quien los «hijos de Dios» le deben la gloria y el poder (1s). La presencia de este Dios lo llena todo: el nombre divino suena dieciocho veces en un poema tan breve. La voz de Dios –el trueno– y su esplendor –el relámpago– resuenan y resplandecen de arriba abajo, de norte a sur y de este a oeste. La voz divina, potente y majestuosa (4), doblega la majestuosidad de los cedros del Líbano y convierte a los altos montes –Líbano y Hermón– en juguetonas crías de ganado (5s). También el desierto del sur se contorsiona ante el poderío de la voz divina (7-9). La mirada creyente intuye la presencia del Señor en esta pavorosa tormenta y se postra en adoración en el Templo (2b) para celebrar la gloria de Dios (9a), cuyo trono es estable (10), y recurre al poder para el bien de su pueblo (11). Mateo describe la muerte de Jesús en términos de teofanía: la tierra tiembla, Jesús da un fuerte grito, y quienes están al pie de la cruz confiesan (cfr. Mt 27,50-54). El auténtico creyente se estremece ante el misterio de Dios y se deja seducir por Él.


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