1

Desde lo hondo te grito, Señor

Desde lo hondo a ti clamo, Señor,

2

Dueño mío, escucha mi voz. Estén tus oídos atentos a la voz de mi súplica.

3

Si recuerdas los delitos, Señor, ¿quién resistirá, Dueño mío?

4

Pero el perdón es cosa tuya, para que seas respetado.

5

Yo espero al Señor, lo espero anhelante, yo aguardo su palabra;

6

Mi vida aguarda a mi Dueño, más que el centinela la aurora. ¡Más que el centinela la aurora!

7

Aguarde Israel al Señor, que en el Señor sólo hay amor y su redención es generosa:

8

Él redimirá a Israel de todos sus delitos.

Comentarios

130:1 - 130:8

Desde lo hondo te grito, Señor

Súplica individual, con una introducción (1s) y en tres movimientos: el Tú divino (3s), el Yo orante (5s) e Israel (7s). La espera y el perdón son correlativos. Primero es Dios quien vigila atento a cualquier infracción para castigarla (3; cfr. Job 7,19s; 13,27). Después, es el hombre quien vigila o aguarda anhelante la llegada de la aurora, momento propicio para obtener misericordia (5s). Finalmente, es Israel quien espera la llegada del Señor, en quien sólo hay amor y, por tanto, perdón (7s). El perdón es cosa de Dios (4a). El pecador puede clamar desde «lo hondo» (1): desde su situación trágica o desde su condición humana. El Dios de perdón ha de ser respetado con suma reverencia (4b). Rom 7 describe la situación patética del pecador. Heb 4,16 nos invita a acercarnos al trono de la gracia. Con este salmo clamamos a Dios desde lo hondo de nuestra conciencia pecadora o desde lo profundo de nuestra condición humana, porque sabemos que en Dios sólo hay amor.


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