2

Señor Dios mío, de día te pido auxilio

Señor, Dios salvador mío,

día y noche clamo a ti.

3

Llegue hasta ti mi oración, inclina el oído a mi clamor.

4

Estoy harto de males y mi vida, al borde del Abismo.

5

Estoy censado entre los que bajan a la fosa, soy como un hombre acabado.

6

Tengo mi lecho entre los muertos, como los cadáveres que yacen en el sepulcro, a quienes ya no recuerdas pues fueron arrancados de tu mano.

7

Me has colocado en la fosa profunda, en las tinieblas abismales.

8

Tu enojo pesa sobre mí, me anegas en tus olas.

9

Alejaste de mí a mis allegados, me has hecho un horror para ellos. Encerrado, no puedo salir,

10

mis ojos se nublan de dolor. Te invoco todo el día, Señor. tendiendo las palmas hacia ti.

11

¿Acaso harás milagros por los muertos?, ¿se levantarán ellos para darte gracias?

12

¿Se narrará en el sepulcro tu amor o tu fidelidad en la tumba?

13

¿Se conocerán tus maravillas en las tinieblas o tu justicia en el país del olvido?

14

Pero yo te pido auxilio, Señor: con el alba irá a tu encuentro mi súplica.

15

¿Por qué, Señor, me rechazas y me ocultas tu rostro?

16

Soy un desdichado y muero quejumbroso. He soportado tus terrores y estoy aturdido.

17

Tu incendio ha pasado sobre mí, tus espantos me han aniquilado;

18

me envuelven como agua todo el día, me cercan todos a la vez.

19

Alejaste de mí a amigos y compañeros, mi compañía son las tinieblas.

Comentarios

88:2 - 88:19

Señor Dios mío, de día te pido auxilio

La inminencia del sepulcro (4-8) y la soledad, es decir, el silencio de la tumba y de Dios (9-19), son los dos motivos de esta súplica individual. El enfermo dirige su clamor patético a Dios salvador (2s). Como Job, es un varón de dolores, que se encuentra en los umbrales de la muerte (4). Más aún, ya ha sido inscripto en el libro de los difuntos (5). Nada puede hacer, pero sí recordar a Dios, ya que Dios no se acuerda de él (6). Ha sido Dios quien precisamente ha llevado al enfermo a tan lamentable situación (7). Viene a ser Dios un mar embravecido, cuyas olas han anegado al enfermo a punto de morir (8). La antífona, como sepulturero, nos introduce en la soledad total de la muerte (9-19). Nada gana Dios con la muerte, presente en la súplica bajo una variedad de nombres: sombra, sepulcro, tumba, tiniebla, país del olvido… Dios no recuerda a los muertos (6b), y estos han bajado al país del olvido (13b). Pero antes de hundirse en el silencio absoluto de la muerte, el salmista eleva su clamor esperanzado: «Al alba irá a tu encuentro mi súplica» (14b). Suena la terrible pregunta: «¿Por qué?» (15). La respuesta es el terror divino, que entrega al hombre a la muerte (17b-18). Pese a todo, sigue sonando la leve esperanza de la estrofa anterior: «Al alba…» Este poema está dirigido al Dios salvador. El «¿por qué?» del salmo se oye en la cruz (cfr. Mt 27,46). La respuesta llegará por la mañana (cfr. 1 Pe 3,18; 1 Cor 15,54). Esta súplica de un moribundo puede entonarse con todos los moribundos o con quienes viven el silencio de Dios. No olvidemos que, al alba, mi súplica irá a tu encuentro.


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