Salmos
Capítulo 122
1
¡Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor!
Me alegré con quienes me dijeron:
¡Iremos a la casa del Señor!
2
Nuestros pies se detienen ante tus puertas, Jerusalén.
3
¡Jerusalén!, edificada como ciudad totalmente armoniosa,
4
adonde suben las tribus, las tribus del Señor; según la ley de Israel, a dar gracias al Nombre del Señor.
5
Allí reside el tribunal de justicia, el tribunal del palacio de David.
6
Pidan la paz para Jerusalén: Vivan tranquilos los que te aman;
7
haya paz en tus murallas, tranquilidad en tus palacios.
8
Por mis hermanos y compañeros quiero decir: La paz contigo.
9
Por la casa del Señor nuestro Dios quiero pedir: El bien para ti.

Comentarios
Qué alegría cuando me dijeron: Vamos a la casa del Señor!
Esta canción de Sión se compone de tres partes: Peregrinación (1s), alabanza a Jerusalén (3-5), y bendiciones (6-9). Tras el anuncio de un futuro, tal vez inminente, el salmista ya se ve ante las puertas de la Ciudad Santa, donde se yergue la casa del Señor. El anuncio de este futuro ya es motivo de alegría (1s). La visión de la ciudad fascina al peregrino. Es una ciudad impresionante por su solidez, hechizadora por su belleza, bulliciosa por la multitud de peregrinos, tutora del derecho y de la justicia. Es la ciudad santa en la que se alaba al Señor y se administra justicia (3-5). El nombre de Jerusalén lleva consigo ecos de paz: paz dentro de las murallas, paz para los amigos, paz para cuantos habitan en Jerusalén. Junto a la paz, la prosperidad y el bien, como frutos de la paz (6-9). La belleza de Jerusalén impresionó también a Jesús; pero la Ciudad Santa no supo reconocer la llegada de Paz (Lc 19,41-44). Al orar con este salmo, es bueno preguntarse: ¿Son nuestras ciudades lugares de encuentro o se pasean por ellas el miedo y la violencia? ¡Ojalá construyamos la Jerusalén terrena, mientras suspiramos por la Jerusalén celeste!