1

con tu presencia,

como fuego que prende en los sarmientos

o hace hervir el agua!

Para mostrar a tus enemigos quién eres,

para que tiemblen ante ti las naciones,

2

cuando hagas maravillas que no esperábamos.

3

Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios fuera de ti que hiciera tanto por el que espera en él.

4

Sales al encuentro del que practica

gozosamente la justicia

y tiene presentes tus caminos.

Confesión del pecado y súplica

Estabas enojado,

y nosotros fracasamos:

aparta nuestras culpas, y seremos salvos.

5

Todos estábamos contaminados, nuestra justicia era un trapo sucio; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento.

6

Nadie invocaba tu Nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; porque nos ocultabas tu rostro y nos entregabas en poder de nuestra culpa.

7

Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano.

8

No te irrites tanto, Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa: mira que somos tu pueblo.

9

Tus santas ciudades son un desierto, Sión se ha vuelto un desierto, Jerusalén una desolación.

10

Nuestro templo, nuestro orgullo, donde te alabaron nuestros padres, ha sido incendiado, y lo que más queríamos está reducido a escombros.

11

¿Te quedas insensible a todo esto, Señor, te callas y nos afliges sin medida?

Comentarios

63:19 - 64:4

El pueblo pide una teofanía.

Una manifestación gloriosa de Dios, como la que el pueblo había experimentado a los pies del monte Sinaí (Ex 19,16-20), se evoca en el bautismo de Jesús, cuando los cielos se abrieron (Mt 3,16; Mc 1,10; Lc 3,21).

64:4 - 64:11

Confesión del pecado y súplica.

El pecado hace que nuestra vida se marchite. Si no invocamos a Dios, Él permanece en silencio y experimentamos el vacío. La obstinación de quienes abandonan a Dios provoca una ruptura en la relación: Dios oculta su rostro (6). Solo reconociendo a Dios como Padre y Creador, el pueblo se atreve a implorarle la restauración.


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