Isaías
Capítulo 64
con tu presencia,
como fuego que prende en los sarmientos
o hace hervir el agua!
Para mostrar a tus enemigos quién eres,
para que tiemblen ante ti las naciones,
cuando hagas maravillas que no esperábamos.
Jamás oído oyó ni ojo vio un Dios fuera de ti que hiciera tanto por el que espera en él.
Sales al encuentro del que practica
gozosamente la justicia
y tiene presentes tus caminos.
Confesión del pecado y súplica
Estabas enojado,
y nosotros fracasamos:
aparta nuestras culpas, y seremos salvos.
Todos estábamos contaminados, nuestra justicia era un trapo sucio; todos nos marchitábamos como follaje, nuestras culpas nos arrebataban como el viento.
Nadie invocaba tu Nombre ni se esforzaba por aferrarse a ti; porque nos ocultabas tu rostro y nos entregabas en poder de nuestra culpa.
Y, sin embargo, Señor, tú eres nuestro padre, nosotros la arcilla y tú el alfarero: somos todos obra de tu mano.
No te irrites tanto, Señor, no recuerdes siempre nuestra culpa: mira que somos tu pueblo.
Tus santas ciudades son un desierto, Sión se ha vuelto un desierto, Jerusalén una desolación.
Nuestro templo, nuestro orgullo, donde te alabaron nuestros padres, ha sido incendiado, y lo que más queríamos está reducido a escombros.
¿Te quedas insensible a todo esto, Señor, te callas y nos afliges sin medida?

Comentarios
El pueblo pide una teofanía.
Una manifestación gloriosa de Dios, como la que el pueblo había experimentado a los pies del monte Sinaí (Ex 19,16-20), se evoca en el bautismo de Jesús, cuando los cielos se abrieron (Mt 3,16; Mc 1,10; Lc 3,21).
Confesión del pecado y súplica.
El pecado hace que nuestra vida se marchite. Si no invocamos a Dios, Él permanece en silencio y experimentamos el vacío. La obstinación de quienes abandonan a Dios provoca una ruptura en la relación: Dios oculta su rostro (6). Solo reconociendo a Dios como Padre y Creador, el pueblo se atreve a implorarle la restauración.