Sabiduría
Capítulo 18
Tus santos, en cambio, tenían una luz magnífica; los otros, que oían sus voces sin ver su figura, los felicitaban por no haber padecido;
les daban las gracias porque no se desquitaban de los malos tratos recibidos y pedían perdón por haber estado enemistados.
Entonces les proporcionaste una columna de fuego que los guiara en el viaje desconocido y un sol inofensivo, para su viaje glorioso.
Los otros merecían quedarse sin luz, prisioneros de las tinieblas, por haber tenido recluidos a tus hijos, que iban a transmitir al mundo la luz incorruptible de tu ley.
Juicio de los primogénitos
Cuando decidieron matar a los niños de los santos –y se salvó uno sólo, abandonado–, en castigo les arrebataste sus hijos en masa, y los eliminaste a todos juntos en las aguas enfurecidas.
Aquella noche se les anunció de antemano a nuestros padres para que tuvieran ánimo, al conocer con certeza la promesa de que se fiaban.
Tu pueblo esperaba ya la salvación de los justos y la perdición de los enemigos,
pues con una misma acción castigabas a los adversarios y nos honrabas llamándonos a ti.
Los piadosos, hijos de los buenos, ofrecían sacrificios a escondidas y, de común acuerdo, se imponían esta ley sagrada: que todos los santos serían solidarios en los peligros y en los bienes, y empezaron a entonar las alabanzas de los padres.
Les hacían eco los gritos destemplados de los enemigos, y se propagaban los gritos lastimeros del duelo por sus hijos;
idéntico castigo sufrían el esclavo y el amo, el hombre del pueblo y el rey padecían lo mismo;
pero tú, dueño de tu fuerza, juzgas con moderación y nos gobiernas con mucha indulgencia; hacer uso de tu poder está a tu alcance cuando quieres.
Aunque la magia los había hecho desconfiar de todo, cuando el exterminio de los primogénitos confesaron que el pueblo aquel era hijo de Dios.
Un silencio sereno lo envolvía todo, y al mediar la noche su carrera,
tu palabra todopoderosa se abalanzó, como guerrero implacable, desde el trono real de los cielos al país condenado;
llevaba la espada afilada de tu orden terminante; se detuvo y lo llenó todo de muerte; pisaba la tierra y tocaba el cielo.
Entonces, de repente, los sobresaltaron terribles pesadillas, los asaltaron temores imprevistos;
tirados, medio muertos, cada uno por su lado, manifestaban la causa de su muerte;
pues sus sueños turbulentos los habían prevenido, para que no perecieran sin conocer el motivo de su desgracia.
Expiación
También a los justos los alcanzó la prueba de la muerte y en el desierto tuvo lugar una gran matanza, pero no duró mucho la ira;
porque un varón intachable se lanzó en su defensa, manejando las armas de su ministerio: la oración y el incienso expiatorio; hizo frente a la cólera y puso fin a la catástrofe, demostrando ser ministro tuyo;
venció la indignación no a fuerza de músculos ni empuñando las armas, sino que rindió con la palabra al que traía el castigo, recordándole los pactos y promesas hechos a los padres.
Cuando ya se amontonaban los cadáveres, unos encima de otros, se plantó en medio y atajó el golpe, cortándole el paso hacia los que aún vivían.
Pues en su vestidura de tela estaba el mundo entero, y el esplendor de los padres en las cuatro hileras de piedras talladas, y tu majestad en la diadema de su cabeza.
Ante esto, el exterminador retrocedió atemorizado; una sola prueba de tu ira bastaba.

Comentarios
Juicios históricos.
Se continúa con la sección de los juicios históricos iniciada en el capítulo 11.
Juicio de las tinieblas.
El autor interpreta ahora la plaga de las tinieblas en Egipto (Éx 10,21-23). Conclusión: mientras los egipcios eran presa de las tinieblas, los israelitas eran guiados por la columna de fuego. Las tinieblas de Egipto son la anticipación de las del infierno, reservadas para los pecadores (17,21), mientras que la Ley es la luz que ilumina al mundo (18,4, cfr. Is 2,2-5). El autor invita al creyente a volver sobre su propia historia para descubrir las huellas de Dios.
Juicio de los primogénitos.
Con la misma técnica que en los pasajes anteriores, ahora se establece la correspondencia entre la décima plaga del Éxodo y la salida de los israelitas del país. En castigo por su decisión de matar a los primogénitos (Éx 1,22–2,10), los egipcios son condenados a perder a los suyos (Éx 11,4-6; 12,29-32), así entendieron que Israel era Hijo de Dios. El libro del Éxodo no establece relación alguna entre estos dos acontecimientos. Son interesantes algunos detalles, como la alusión a las promesas de los Patriarcas (6; cfr. Gn 15,13s; 46,3s), la transposición al pasado del modo de celebrar la Pascua en el s. I a. C., cuando se entonaba el «Hallel» (9; cfr. Sal 113-118), o la palabra como instrumento ejecutor de los juicios divinos (15; cfr. Jr 23,29; Os 6,5).
Expiación.
En este apartado se recoge el relato de la plaga que los israelitas sufrieron en el desierto (Nm 16,44-50). No se hace un paralelo con los egipcios, sino que se destaca la diferencia –la plaga no se prolongó, gracias al sacerdote Aarón–. Es interesante la descripción de las vestiduras sacerdotales de Aarón, pues se entremezclan, por un lado, la tradición bíblica –por ejemplo, «las cuatro hileras de piedras talladas» simbolizaban las tribus o los patriarcas (Éx 28,15-21); y la «diadema» la grandeza de la dignidad sacerdotal (Éx 28,36)–, y por otro lado, la tradición judía –para esta la túnica era el cielo, el ceñidor el océano y los broches de los hombros el sol y la luna–. La historia del pueblo bíblico está llena de fracasos e infidelidades. Lo más sorprendente es que siempre es Dios quien toma la iniciativa para que la relación se restablezca. La prueba más extraordinaria radica en la entrega de su propio Hijo. Por ella, el creyente reconoce que lo más importante de la justicia es la misericordia.