Sabiduría
Capítulo 16
JUICIOS HISTÓRICOS II
Codornices
Por eso recibieron el castigo merecido torturados por una plaga de pequeños animales.
Frente a ese castigo, a tu pueblo lo favoreciste, y, para satisfacer su apetito, les proporcionaste codornices, manjar desusado;
así, mientras los otros, aunque hambrientos, perdían el apetito natural, asqueados por los bichos que les habías enviado, éstos, después de pasar un poco de necesidad, se repartían un manjar desusado.
Porque era justo que a aquellos opresores les sobreviniera una necesidad sin salida, y a éstos se les mostrara sólo cómo eran torturados sus enemigos.
Juicio de las serpientes
Así cuando les sobrevino la terrible furia de las fieras y morían mordidos por serpientes huidizas, tu ira no duró hasta el final;
para que escarmentaran, se les asustó un poco, pero tenían un emblema de salud como recordatorio del mandato de tu ley;
en efecto, el que se volvía hacia él sanaba no en virtud de lo que veía, sino gracias a ti, Salvador de todos.
Así convenciste a nuestros enemigos de que eres tú quien libra de todo mal;
a ellos los mataron a picaduras alacranes y moscas, sin que hubiera remedio para sus vidas, porque tenían merecido este castigo;
a tus hijos, en cambio, ni los colmillos de culebras venenosas los pudieron, porque acudió a sanarlos tu misericordia.
Las mordeduras les recordaban tus palabras –y enseguida sanaban– para que no cayeran en profundo olvido y se quedaran sin experimentar tu acción benéfica.
Porque tu poder es el principio de la justicia y el ser dueño de todos te hace perdonarlos a todos.
Porque tú tienes poder sobre la vida y la muerte, llevas a las puertas del infierno y haces regresar;
el hombre, en cambio, aunque con su maldad dé muerte, no hace volver el espíritu una vez que se fue, ni libera el alma ya recibida.
Juicio del fuego y el alimento
Imposible escapar de tu mano;
a los impíos que no querían conocerte los azotaste con tu brazo vigoroso: los perseguían lluvias desconocidas y pedriscos y tormentas implacables, y el fuego los devoró;
y lo más sorprendente: en el agua, que todo lo apaga, ardía más el fuego, porque el universo combate a favor de los justos;
unas veces se amansaba la llama, para no quemar a los animales enviados contra los impíos, para que, viéndolos, comprendieran que el juicio de Dios los perseguía;
pero otras veces, aun en medio del agua, la llama ardía con más fuerza que el fuego, para destruir la cosecha de una tierra malvada.
A tu pueblo, por el contrario, lo alimentaste con manjar de ángeles, proporcionándole gratuitamente, desde el cielo, pan a punto, de mil sabores, a gusto de todos;
este sustento tuyo demostraba a tus hijos tu dulzura, pues servía al deseo de quien lo tomaba y se convertía en lo que uno quería.
Nieve y hielo aguantaban el fuego sin derretirse, para que se supiera que el fuego –ardiendo en medio de la granizada y centelleando bajo el aguacero– aniquilaba los frutos de los enemigos;
pero él mismo, en otra ocasión, se olvidó de su propio poder, para que los justos se alimentaran.
Porque la creación, sirviéndote a ti, su Creador, despliega su energía para castigar a los malvados y se calma para beneficiar a los que confían en ti.
Por eso también entonces, tomando diversas formas, estaba al servicio de tu generosidad, que da alimento a todos, de acuerdo con el deseo de los que te suplicaban,
para que aprendieran tus hijos queridos, Señor, que no alimenta al hombre la variedad de frutos, sino que es tu palabra quien mantiene a los que creen en ti.
Porque lo que el fuego no devoró, se derritió simplemente calentado por un fugaz rayo de sol,
para que se supiera que es preciso madrugar más que el sol para darte gracias, y rezar al clarear el alba;
ya que la esperanza de los ingratos se derretirá como escarcha invernal y se escurrirá como agua sin provecho.

Comentarios
Codornices.
En estos versículos se establece una equiparación entre el alimento del que disfrutaron los israelitas en el desierto, con las codornices (Éx 16,9-13; Nm 11,10-32), y el hambre padecida por los egipcios, con las plagas de los animales. Los detalles de los relatos bíblicos a los que se alude se interpretan libremente. Al encontrar en la Biblia expresiones de venganza o alegría por el sufrimiento de los enemigos, es fácil que se resienta la sensibilidad del creyente actual. Para comprenderlas, hay que situarse, por un lado, en su contexto histórico –estamos leyendo textos de más de dos mil años–y, por otro lado, tratar de percibir un mensaje teológico actual. ¿Por qué no concluir que, igual que en el pasado percibían la presencia del poder de Dios en la defensa de su pueblo y en el castigo de sus enemigos, también es posible descubrir la presencia del amor de Dios en los creyentes, e incluso en sus enemigos?
Juicios históricos.
Se continúa con la sección de los juicios históricos iniciada en el capítulo 11.
Juicio de las serpientes.
El autor se detiene aquí a explicar, en forma de midrash, el episodio de las serpientes que encontramos en Nm 21,4-6. Se emplea la misma lógica: lo que sirve de castigo a los enemigos –en este caso, a Israel– es salvación y un recordatorio del mandato de la Ley de Dios (6). Añade, además, que el prodigio de las sanaciones se debió al poder divino (cfr. Jn 3,14.17), que domina sobre la vida y la muerte (13; cfr. 1 Re 17,17-23; Sal 9,14; 107,17-19; Is 38,10-17). «Como Moisés elevó la serpiente en el desierto…», ha sido aplicado por la misma Biblia, a otros acontecimientos posteriores, como el ejemplo que encontramos aquí. El mensaje sigue siendo actual: «como Moisés elevó la serpiente en el desierto…», también el Señor se hace presente en la comunidad y en la vida personal a través de las cosas negativas que sin querer llegan. No se trata de «¿Qué he hecho yo, Señor, para merecer esto?», sino de «¿Qué es lo que, a través de esto, me quieres decir, Señor?».
Juicio del fuego y el alimento.
La lluvia de maná, en lugar de la plaga de tormentas, es el mensaje de este pasaje. Se recuerda la séptima plaga de Egipto (Éx 9,13-15), como si ocurriera al mismo tiempo que el episodio del maná (Éx 16; Nm 11); esto ilustra que el verdadero alimento es la Palabra del Señor (26), así como la necesidad de la oración (28; cfr. Éx 16,21). Este episodio ha sido muy recordado en la tradición cristiana, principalmente en relación con la eucaristía (Sal 78,25; 105,40; Jn 6). La plaga del granizo y el acontecimiento del maná sirven al autor para hablar a sus contemporáneos de la importancia de la fidelidad a la Palabra del Señor y a la oración, dos puntos también centrales en la vida del creyente actual, sin pasar por alto su dimensión fraterna.