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CÓdigo de santidad Bendiciones y Maldiciones Los capítulos 17–26 forman un código autónomo incorporado en el Levítico. Los autores suelen llamarlo «Código de santidad» por su tema dominante y sus fórmulas frecuentes. Dentro de esta visión general, los temas nos resultan heterogéneos: sangre de animales, relaciones sexuales, ética, cultos prohibidos, personas sagradas, porciones sagradas, tiempos sagrados, lugares sagrados, el nombre sagrado y el año jubilar.En cuanto a la forma, encontramos con frecuencia la justificación categórica «Yo soy el Señor, su Dios», «Yo soy el Señor», «Yo, el Señor, su Dios, soy santo», «Yo soy el Señor, que lo santifico». Hay varias series legales, de miembros cortos y semejantes, sin explicaciones y con breves piezas parenéticas. El vocabulario es característico, con un parentesco formal notable con el de Ezequiel.La santidad es un atributo esencial de Dios, su misma naturaleza trascendente, del todo diversa e inalcanzable; en términos de voluntad, es ética, perfecta y dinámica. Dios manifiesta su santidad en acción y en presencia: la naturaleza y la humanidad, descubiertas por Dios, se sobrecogen. Pero el Dios trascendente actúa para transmitir y comunicar su santidad, para arrastrar a su esfera al ser humano, y por él a otros seres. Asume el título «Santo de Israel» (Isaías) y confiere el título «pueblo santo» (Éxodo).Al sentirse arrastrada, la persona descubre aún más su indignidad ontológica y ética, es decir, su finitud y su ser de pecado, a la vez que descubre la exigencia de Dios, que penetra en su apertura trascendente. Comienza la santificación o consagración: Dios acerca al ser humano, lo traslada a un orden objetivo superior, de cercanía personal exigente; la diversidad y exigencia se expresan en un sistema, al parecer arbitrario, de prescripciones, que tienen sentido solo como símbolo de la transformación profunda, como formulación de exigencia. El ámbito «objetivo privilegiado de ese acercamiento y trato» es el culto: para la humanidad, Dios santifica objetos, tiempos, lugares, imponiendo sus exigencias significativas. Pero la transformación de la persona debe darse, sobre todo, en el centro de su ser: la libertad. La santificación tiene un marcado carácter ético y es una exigencia constante y dinámica. El proceso de santificación es dialéctico: exigencia previa para penetrar, nueva exigencia para progresar. Además, el ser humano debe reconocer y proclamar conscientemente la santidad de Dios, que se le manifiesta como presencia y como acción transformadora: esto es «santificar el Nombre de Dios». Por este aspecto central, el «Código de la santidad» es una de las claves del Pentateuco. Sobre la sangre (Dt 12,16.23-25) 1 El Señor habló a Moisés:

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 –Di a Aarón, a sus hijos y a los israelitas: Esto es lo que manda el Señor:

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 Cualquier israelita que en el campamento o fuera de él degüelle un toro, un cordero o una cabra,

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 y no los lleve a la entrada de la tienda del encuentro para ofrecérselos al Señor, ante su morada, es culpable de derramamiento de sangre y será excluido de su pueblo.

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 De este modo, los israelitas llevarán al sacerdote las víctimas que maten en el campo y las ofrecerán al Señor en sacrificio de comunión, a la entrada de la tienda del encuentro.

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 El sacerdote rociará con la sangre el altar del Señor, situado a la entrada de la tienda del encuentro, y dejará quemarse la grasa aromática que aplaca al Señor.

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 En adelante no inmolarán sus víctimas a los demonios, con quienes se han prostituido. Esta es una ley perpetua para los israelitas a lo largo de todas las generaciones.

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 Diles también: Cualquier israelita o emigrante residente entre ustedes que ofrezca un holocausto o un sacrificio,

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 y no los lleve a la entrada de la tienda del encuentro para ofrecerlos al Señor, será excluido de su pueblo.

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 Me enfrentaré y lo extirparé de su pueblo a cualquier israelita o emigrante residente entre ustedes que coma sangre.

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 Porque la vida de la carne es la sangre, y yo les he dado la sangre para el uso del altar, para realizar la expiación por sus vidas. Porque la sangre expía por la vida.

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 Por eso he mandado a los israelitas: ni ustedes ni el emigrante residente entre ustedes comerán sangre.

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 Cualquier israelita o emigrante residente entre ustedes que cace un animal comestible de pluma o de pelo, derramará su sangre y la cubrirá con tierra,

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 porque la vida de la carne es su sangre. Por eso he mandado a los israelitas: no comerán la sangre de carne alguna, porque la vida de la carne es su sangre; quien la coma será excluido.

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 Todo nativo o emigrante que coma carne muerta o desgarrada por una bestia, lavará sus vestidos y se bañará y quedará impuro hasta la tarde; después quedará puro.

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 Si no los lava ni se baña, cargará con su culpa.

Comentarios

17:1 - 17:16

Sobre la sangre.

Para los semitas, la sangre es el elemento vital, de ahí las diversas regulaciones que fueron surgiendo a lo largo del tiempo respecto a los cuidados y las medidas necesarias. La orden de presentarse a la entrada de la tienda del encuentro con el animal que cualquier israelita quisiera consumir da a entender que era prácticamente imposible, para quienes vivían fuera de Jerusalén, consumir carne sin incurrir en infracción. La legislación al respecto era tan estricta, que a cualquiera que derramara sangre se le consideraba «reo de sangre», y por tanto debía ser excluido de la comunidad (4), incluso como una acción realizada por el mismo Dios (10). La obligatoriedad de ir hasta la entrada de la tienda para presentar la víctima ante el Señor podría ser una medida para evitar el ofrecimiento de animales a no se sabe qué divinidades o seres en las demás regiones del país; la medida se explica en el versículo 7: «En adelante no inmolarán sus víctimas a los demonios, con quienes se han prostituido». Al parecer, los campesinos y aldeanos creían en la presencia de seres misteriosos en el desierto; para «ganarse su favor», les ofrecían simbólicamente sus animales de consumo al momento de sacrificarlos. Esta costumbre parece connatural al ser humano. Se sabe que en culturas muy distantes de Israel, los indígenas vierten sobre la tierra la primera porción del agua que van a beber, de la chicha o del alimento, como una manera de congraciarse y mostrar gratitud a la «Pacha Mama» –madre tierra–, sin que por ello haya que afirmar que son idólatras.


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