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Prueba final: Benjamín, culpable  

Después encargó al mayordomo: –Llena de víveres las bolsas de esos hombres, todo lo que quepa, y pon el dinero dentro de cada bolsa,

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y mi copa de plata la pones en la bolsa del menor con el dinero de la compra.

Él cumplió el encargo de José.

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 Al amanecer dejaron partir a los hombres con sus asnos.

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Apenas salidos, no se habían alejado de la ciudad, José dijo al mayordomo:

–Sal en persecución de esos hombres y, cuando los alcances, les dices: ¿Por qué han pagado mal por bien?

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 ¿Por qué han robado la copa de plata? Es la que usa mi señor para beber y para adivinar. Está muy mal lo que han hecho.

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 Cuando los alcanzó, les repitió estas palabras.

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Ellos respondieron:

–¿Por qué dice eso nuestro señor? ¡Lejos de nosotros obrar de tal manera!

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 Si el dinero que encontramos en las bolsas te lo hemos traído desde Canaán, ¿por qué íbamos a robar en casa de tu amo oro o plata?

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 Que muera aquel de tus servidores al que se le encuentre la copa; y nosotros seremos esclavos de nuestro señor.

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Respondió él:

–Sea lo que han dicho: a quien se la encuentre, será mi esclavo; los demás quedarán libres.

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 Rápidamente bajaron sus bolsas al suelo y cada uno abrió la suya.

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 Él las fue registrando empezando por la del mayor y terminando por la del menor: la copa fue hallada en la bolsa de Benjamín.

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 Al ver esto se rasgaron las vestiduras, cargó cada uno su asno y volvieron a la ciudad.

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 Judá y sus hermanos entraron en casa de José –él estaba todavía allí– y se postraron.

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José les dijo:

–¿Qué es lo que han hecho? ¿No saben que uno como yo es capaz de adivinar?

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Contestó Judá:

–¿Qué podemos responder a nuestro señor? ¿Qué diremos para probar nuestra inocencia? Dios ha descubierto la culpa de tus servidores. Somos esclavos de nuestro señor, tanto nosotros como aquél a quien se le encontró la copa.

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Respondió José:

–¡Lejos de mí hacer tal cosa! Al que se le encontró la copa será mi esclavo; ustedes suban en paz a casa de su padre.

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Entonces Judá se acercó a él y le dijo:

–Permite, señor, a tu servidor dirigir unas palabras en tu presencia; no te impacientes conmigo porque tú eres como el faraón.

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 Mi señor preguntó a sus servidores si teníamos padre o algún hermano.

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 Nosotros respondimos a mi señor: Tenemos un padre anciano con un chico pequeño nacido en su vejez. Un hermano suyo murió y sólo le queda éste de aquella mujer. Su padre lo adora.

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 Tú dijiste a tus servidores que te lo trajéramos para conocerlo personalmente.

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 Respondimos a mi señor: El muchacho no puede dejar a su padre; si lo deja, su padre morirá.

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 Tú dijiste a tus servidores: Si no baja su hermano menor con ustedes, no volverán a verme.

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 Cuando volvimos a casa de tu servidor, nuestro padre, y le comunicamos lo que decía mi señor,

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 nuestro padre respondió: Vuelvan a comprarnos víveres.

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 Le dijimos: No podemos bajar si no viene con nosotros nuestro hermano menor; porque no podemos ver a aquel hombre si no nos acompaña nuestro hermano menor.

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 Nos respondió tu servidor, nuestro padre: Saben que mi mujer me dio dos hijos:

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 uno se alejó de mí y pienso que lo descuartizó una fiera, ya que no he vuelto a verlo.

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 Si arrancan también a éste de mi lado y le sucede una desgracia, bajaré a la tumba lleno de tristeza.

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 Ahora bien, si regreso a tu servidor, mi padre, sin llevar conmigo al muchacho, a quien quiere con toda su alma,

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 cuando vea que falta el muchacho, morirá; y nosotros seremos culpables de que tu servidor, mi padre, haya muerto de pena.

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 Además tu servidor ha salido fiador por el muchacho, ante mi padre, asegurando: Si no te lo traigo, padre, rompe conmigo para siempre.

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 En conclusión: deja que tu servidor se quede como esclavo de mi señor en lugar del muchacho y que el muchacho vuelva con sus hermanos.

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 ¿Cómo podré volver a mi padre sin llevar al muchacho conmigo? No quiero ver la desgracia que se abatirá sobre mi padre.


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