INMACULADA CONCEPCIÓN-Primera Lectura

Génesis 3,9-15.20

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Feliz fiesta para todos.

La fiesta de la Inmaculada Concepción es muy antigua. En Oriente se celebraba en el siglo VIII y luego los monjes bizantinos la introdujeron en el sur de Italia, en Sicilia, Palermo, sobre todo, donde ya era una fiesta de obligación en 1300, por lo tanto, mucho antes de que se definiera el dogma, que fue proclamado el 8 de diciembre de 1854 por Pio IX con estas palabras: “La Santísima Virgen María fue preservada por una gracia y privilegio especial de Dios todopoderoso, en previsión de los méritos de Jesucristo, salvador del género humano, preservada inmune de toda mancha de pecado original”.

Formulado con estas palabras el dogma nos resulta enigmático, no sólo eso, sino que presenta algunas dificultades. La primera: habla de un privilegio singular y nos cuesta aceptarlo porque enseguida nos preguntamos, ¿Porqué el Padre celestial hace diferencias entre sus hijos e hijas? ¿Por qué concede unos favores a unos y no a otros? ¿Porqué sólo María estuvo exenta del pecado original y sus dramáticas consecuencias que nos han caído, de enfermedades y desgracias y de la muerte y no a los demás mortales? Formulada de esta manera, el dogma no nos acerca a María. Está lejos y no la sentimos como nuestra hermana; nosotros somos los pobres descendientes de Adán, obligados a soportar dolores sin tener ninguna culpa el dolor de un pecado que no hemos cometido. Ella no lo está, es una privilegiada sin ningún mérito y así concluimos que es bienaventurada, pero todo termina ahí. La colocamos en nichos, la veneramos, vamos a pedirle gracias, pero está muy lejos de nosotros. María no es nuestra compañera de viaje.

A nosotros, como a los apóstoles y discípulos de todos los tiempos, nos cuesta caminar tras las huellas de Cristo. A menudo nos asaltan las preguntas, las dudas, las tentaciones. Pasamos por momentos en los que nos sentimos perdidos y nos cuesta mucho aceptar la voluntad del Señor. Pero surge una duda: quizás no sea María la que está lejos de nosotros sino la forma en que esa verdad fue formulada en 1854, que necesita ser revisada; y en este sentido debemos aclarar inmediatamente que los dogmas no son la palabra de Dios; son la palabra de los hombres y por lo tanto perfectible. Existe una verdad que puede ser presentada de una manera diferente.

Debemos tener mucho cuidado de no idolatrar el dogma porque el lenguaje es una obra humana; las categorías filosóficas y teológicas cambian con el tiempo y las culturas mientras que la verdad permanece, pero debe ser presentada de una manera diferente y más comprensible.

Otra dificultad: los estudios bíblicos han comprobado, sin sombra de duda, que la historia del Génesis al que se refiere el dogma no es el relato de un acontecimiento que tuvo lugar al principio del mundo, sino una página de teología que se escribió con imágenes y lenguaje mítico para responder al enigma más inquietante del corazón humano: ¿Por qué existe el mal en el mundo? ¿Quería Dios un mundo así o lo hemos creado nosotros? El relato del Génesis pretende responder a esta pregunta, y lo hace no contándonos la crónica de un hecho, sino presentándonos la respuesta en el lenguaje del tiempo.

El lenguaje del mito no cuenta el pecado de un tal Adán y una tal Eva, sino que explica cómo la humanidad, al alejarse de Dios, creó un mundo que, a menudo, es un valle de lágrimas. Así que no somos los desafortunados descendientes de Adán y Eva, sino que somos el Adán y la Eva puestos ante Dios y tenemos la responsabilidad de las elecciones que estamos llamados a hacer en la vida.

Volvamos al siglo XIX; como todos los de su época, entonces se creía que la historia del pecado original se refería a la desgraciada historia del Sr. Adán y la Sra. Eva y estaban convencidos de que su transgresión tenía consecuencias dramáticas para sus descendientes a los que se habían transmitido esta culpa. Esta interpretación dada por Agustín continuó hasta la época de Pío IX e incluso más allá. Si la interpretación de la historia del Génesis no es como la interpretó Pío IX, entonces la verdad contenida en el dogma de la Inmaculada Concepción también debe ser entendida de una manera nueva.

Hay otra observación que debemos hacer, siempre sobre la época en que este dogma fue formulado con aquellas palabras. Fue la época en que la devoción popular a María se había deteriorado mucho. Derivaba del afecto más que de una reflexión profunda de los textos sagrados, y a veces rozaba la superstición y el sentimentalismo y así lo atestigua una santa, Teresa de Lisieux, del siglo XIX, que hablaba de los predicadores de su tiempo y decía: ‘Me gustaría ser sacerdote para predicar porque ya no soporto la predicación. Ya no soporto los sermones que escucho sobre María porque cuentan cosas increíbles, inventan cosas que nadie sabe y las inventan ellos; no muestran su vida real sino una vida inventada a partir de sus fantasías’. Y acababa diciendo: ‘Sucede que al escuchar estos sermones uno se ve obligado a asombrarse de principio a fin y yo llego al punto de no poder soportarlo más y puede suceder que alguien llegue a distanciarse de María porque resulta ser una criatura demasiado excelente’.

Incluso el Concilio Vaticano II reconoció esta forma incorrecta de presentar la figura de María y habló de falsas exageraciones, de un sentimiento estéril y pasajero, de vana credulidad y nos invitó a proceder hacia la verdadera fe que nos impulsa a imitar las virtudes de María que, como nosotros, vivió una vida llena de cuidados familiares y de trabajo. De hecho, la María del Evangelio es muy cercana a nosotros. Una joven que creció en las montañas de la baja Galilea; una joven que se enamoró de José con el que planeó construir una familia según la tradición sagrada de su pueblo; luego una madre, una mujer de fe que tuvo que enfrentarse cada día con dificultades y tentaciones no muy diferentes a las nuestras.

Yo añadiría que María como todos nosotros tuvo sus problemas de salud, sus problemas económicos, su relación con José, con su hijo, con los vecinos. Los Evangelios nos recuerdan varias veces sus perplejidades, sus preguntas, su conmovedor camino de fe. Recordamos cuando Simeón dice: “Una espada te atravesará el alma” y el evangelista concluye diciendo que sus padres estaban asombrados de lo que se decía del niño, no entendían. Y con la visita de los pastores al nacimiento de Jesús, concluye el evangelista diciendo que José y María no entendían lo que ellos decían. Y luego, especialmente, es lo que nos cuenta Marcos, en el capítulo 3 cuando Jesús, después de los primeros meses de su vida pública, empieza a tomar decisiones muy provocativas y entra en conflicto con los poderes de este mundo, con la autoridad religiosa judía, aferrada a las tradiciones y por ello su vida empieza a peligrar. La noticia llega a Nazaret y María y su familia van a buscarlo a Cafarnaún porque decían que se había vuelto loco. También María tuvo dificultad en comprender las opciones de su hijo.

Para entender esta verdad contenida en el dogma, pero que necesita ser reformulada, necesitamos revisar lo que dice realmente el capítulo tercero del libro del Génesis, que se nos presenta en la fiesta de hoy. Queremos entender muy bien lo que este texto sagrado pretende enseñar que ahora escuchamos:

“El Señor Dios llamó al hombre: ¿Dónde estás? Él contestó: Te oí en el jardín, me entró miedo porque estaba desnudo, y me escondí”.

Cuando leemos los dos primeros capítulos del libro del Génesis donde se cuenta la creación del universo, luego de la tierra en la que el hombre es llamado a cuidarla como un jardinero, luego la creación de la primera pareja, lo que percibimos es una dulce sensación de armonía, de paz, de belleza. El autor sagrado repite siete veces como un estribillo: “Dios vio que lo que había hecho era bueno”. Todo estaba ordenado a la realización de su maravilloso diseño, había armonía entre el hombre y Dios; una armonía que está representada por esa deliciosa imagen del Señor caminando con el hombre en el jardín, en la brisa de la tarde. Prestemos atención, pues es la primera relación, la más importante. Cuando la relación del hombre con Dios se rompe todas las otras relaciones se ven afectadas, todas las otras armonías se ven afectadas. Hubo armonía del hombre consigo mismo y serenidad; el hombre acepta con alegría su propia condición humana que está representada por esa imagen de desnudez.

Nacemos desnudos, esta es nuestra condición y el hombre no se avergüenza de esta desnudez, es decir, de ser limitado, no es un superhombre y es feliz de ser un hombre con todos sus límites. Existía armonía entre el hombre con la creación; el valor de un objeto es muy diferente cuando se convierte en un regalo porque cuando es un regalo entonces está lleno de amor. Pensemos en el anillo que una viuda conserva después de 50 años de amor, era el anillo de compromiso. Tiene un valor económico, pero si uno quisiera cambiárselo por un anillo que vale diez o cien veces más, la mujer no lo aceptaría porque ese anillo está lleno de amor.

Lo mismo con la creación. Puede ser considerada la materia prima que necesitamos, que debe ser respetada porque también servirá a otras generaciones, pero otra cosa es percibir el mensaje de amor que hay en esta creación, reconocer que el Padre celestial ha preparado esta creación para todos sus hijos e hijas y, por lo tanto, si entiendo este mensaje de amor no necesito que los ecologistas vengan a decirme que respete la creación. Había armonía antes del pecado entre el hombre y la creación; había armonía entre el hombre y sus semejantes; la diversidad no era un motivo para la competición donde uno la siente como un estímulo para poder dominar, para elevarse sobre los demás, aplastándolos incluso usando todas las habilidades que tenga. NO.

La diversidad, en el proyecto del Creador, era una oportunidad para crear amor en el intercambio de dones en el que cada persona que viene a este mundo es rica y allí debe entregar sus done a los demás y recibir de ellos lo que necesita. Dios nos hizo bien, necesitados unos de otros; no somos superhombres autosuficientes; ahí está la armonía entre el hombre y sus semejantes. Este en el diseño de la creación.

Y es ahora cuando, desde el principio, entra en escena la serpiente que rompe todas estas armonías. ¿Qué hace la serpiente? Convence al hombre a que haga lo que le parezca, a que se sienta un superhombre, a que rompa los límites que le impone su condición humana, le empuja a considerarse un dios de sí mismo, a dejar de necesitar y precisar a Dios, le convence de que deje de lado el proyecto del creador y se haga un proyecto a sí mismo.

Nos preguntamos, ¿quién es esta serpiente? Decodifiquemos esta figura mítica. La encontramos en la literatura del Antiguo Oriente Medio, en la literatura de los mitos mesopotámicos. Al contrario de lo que podemos pensar, en todo el Antiguo Testamento, esta misteriosa figura ya no aparece; solo aparece en el capítulo tres del libro del Génesis. Solo en la época de Jesús, los rabinos, bajo la influencia del pensamiento persa y helenístico, empezaron a ver en la serpiente al diablo, tal como lo concebimos nosotros hoy. Pero en el texto del Génesis no encontramos este significado; la explicación es otra, porque el libro del Génesis dice que la serpiente era la más astuta de las criaturas de Dios. ¿Cuál es la criatura más inteligente de la creación que conocemos? Es el hombre; el hombre es la criatura más sabia, más inteligente, pero en este hombre puede aparecer la astucia. Significa que es él el que decide, y no considera la sabiduría que le sugiere, ‘relaciónate con Dios, que es el creador, y tiene un proyecto y un diseño’, NO.

La astucia sugiere que tú debes decidir lo que quieres, tú eres el creador de tu propio destino. La serpiente es el propio hombre, cuando en lugar de ser sabio y tomar conciencia de su propia limitación, de regocijarse en su propia condición de criatura que depende del Creador, se convierte en astuto, siente que se basta a sí mismo y entonces se siente molesto por la presencia de un Dios.

Es una estupidez, un delirio de omnipotencia y entonces el hombre, en su astucia, llega a proclamar su propia autonomía y decidir él mismo lo que es bueno y lo que es malo. Ya no toma en consideración el diseño de Dios. El hombre escucha a la serpiente que está en él cuando, en lugar de escuchar a la sabiduría, escucha a su propia astucia. Es la más astuta de las criaturas que Dios ha hecho.

Y la imagen es la de la serpiente, porque esta tentación de la autosuficiencia es sutil, imperceptible, como la serpiente, penetra en la mente y el corazón del hombre y le induce a tomar decisiones que conducen a la muerte. Y cuando el hombre escucha a la serpiente que lleva dentro, se vuelve loco y rompe todas las relaciones, la primera de las cuales es que el hombre ya no está en su lugar. Dios lo busca y le dice, ‘¿Dónde estás – qué has hecho con tu vida? ¿Cómo es que te has reducido por no escuchar a la sabiduría sino a tu propia astucia?’. Se termina en el llanto y el crujir de dientes; el hombre ha roto la armonía consigo mismo, ya no acepta su propia limitación y el hombre se esconde.

“Oí tu voz en el jardín y tuve miedo porque estoy desnudo y me escondí”. Esconderse del Señor significa decidir prescindir de él. Concretamente, cuando escuchas esta astucia que está presente en el hombre y que te arruina entonces ya no hablas con Dios; abandonas la oración, ya no escuchas la palabra de Dios, no la necesitas, decides todo, pero después ¿qué haces? Te alejas de los hermanos, de la comunidad, entras en la más completa confusión. Escuchemos ahora la segunda pregunta que hace Dios, después de haber preguntado al hombre ¿dónde estás? No le pregunta sobre qué árbol se ha escondido, sino dónde acabaste siguiendo la astucia y no la sabiduría:

“El Señor Dios le replicó: Y, ¿quién te ha dicho que estabas desnudo? ¿A que has comido del árbol prohibido? El hombre respondió: La mujer que me diste por compañera me convidó el fruto y comí. El Señor Dios dijo a la mujer: ¿Qué has hecho? Ella respondió: La serpiente me engañó y comí”

La tercera consecuencia de la decisión de alejarse de Dios en las opciones morales y seguir no la sabiduría sino la astucia, es la ruptura de la armonía con aquellos que Dios ha puesto a nuestro lado, la ruptura de las relaciones con nuestros semejantes porque cuando seguimos no la sabiduría sino la astucia, no surge el amor, la atención al hermano viendo lo que necesita y si tengo dones los doy; la astucia te sugiere lo que te gusta, aprovecharte de los demás; si el hermano te sirve, úsalo; de lo contrario desinterésate de él. La astucia no sugiere amor sino egoísmo.

La respuesta que da el hombre a Dios: ‘La persona que pusiste a mi lado fue quien me incitó a seguir no la sabiduría sino la astucia; fue ella quien me involucró en esta forma de razonar y decidir’. Entonces, la culpa que se da a los semejantes: es culpa de la sociedad, es culpa de la educación, es culpa de la escuela… es verdad, pero tú eres responsable cuando en vez de escuchar la sabiduría, escuchas la astucia que está dentro de ti, tu egoísmo, pensando en ti mismo. Y Dios interroga a la mujer, “¿Qué hiciste?”. La respuesta de la mujer: “La serpiente me ha engañado”. Es una acusación velada contra el Dios creador: ‘Tú eres el que hizo las cosas mal ¿por qué no hiciste al hombre un ángel, incapaz de hacer el mal…? Tú pusiste esta tendencia al mal dentro de nosotros y yo la seguí; tú me hiciste a merced de estos impulsos que no puedo controlar… yo seguí esta astucia, pero eres Tú quien me hizo así. ¿Por qué no me hiciste diferente, por qué no me hiciste perfecto, por qué me pones esta serpiente insidiosa que inyecta veneno mortal?’.

La respuesta es muy simple: porque no nos podía hacer de otra manera. Este es el hombre desde que nace en su desnudez; tiene que tomar conciencia que está llamado a seguir no a la serpiente en su interior sino a la sabiduría que proviene de la relación y armonía con Dios. Y ahora cabría esperar que después de haber cuestionado al hombre y la mujer Dios interrogase a la serpiente, pero no lo hace porque la serpiente no es más que la otra cara de nuestra humanidad. En vez de cuestionar a la serpiente, Dios hace una promesa; dice cual es el destino de esta serpiente, ¿saldrá vencedora y saldrá perdiendo?

“El Señor Dios dijo a la serpiente: Por haber hecho eso, maldita seas entre todos los animales domésticos y salvajes; te arrastrarás sobre el vientre y comerás polvo toda tu vida; pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya: ella te herirá la cabeza cuando tú hieras su talón. El hombre llamó a su mujer Eva, por ser la madre de todos los que viven”.

Todos experimentamos un doloroso conflicto dentro de nosotros mismos. Está la sugerencia que proviene de la sabiduría, que te impulsa a amar, a sacrificarte por los demás, a querer el bien incluso de tu enemigo; y luego están las sugerencias que provienen de la serpiente, que te impulsa a replegarte sobre ti mismo. Se trata de un conflicto muy doloroso, que está bien representado por Pablo en el capítulo siete de su carta a los Romanos, cuando dice: “No puedo ni siquiera entender lo que hago. De hecho, no hago lo que quiero, sino que hago lo que detesto, de modo que ya no soy yo quien lo hace, sino el pecado que habita en mí”. Es la serpiente que hay en mí, que me impulsa a hacer cosas que me deshumanizan, que no son humanas. No hago el bien que quiero, sino el mal que detesto. Soy un miserable, y entonces la pregunta: “¿Quién me librará de esta condición?”.

Esta es la pregunta que se responde en la última parte de la lectura de hoy, cuando Dios se dirige a la serpiente, que es esa astucia dentro del hombre que tiene la ventaja tantas veces, le dice a la serpiente, ‘serás maldita’. Es la primera maldición que encontramos en la Biblia después de todas las bendiciones. La bendición significa dar fecundidad, dar vida, así, cuando crea el pez, ‘crezcan y multiplíquense’; cuando crea al ser humano: ‘crezcan y multiplíquense’, es la bendición. La maldición es la proclamación de que el mal no tendrá posteridad, no será fructífero, será derrotado, se arrastrará, lamerá el polvo. Ahora Dios habla esas palabras que se llaman el proto-evangelio, la proclamación de la buena noticia. Dios dice, “Pongo enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la suya”. Esta descendencia te aplastará la cabeza; herirás el talón, pero es poca cosa, ‘ella’ te aplastará la cabeza.

La tradición cristiana vio en esta mujer que aplasta la cabeza de la serpiente una figura de la madre del Mesías, por lo tanto, de María y su descendencia que es Cristo. En realidad, es la imagen del conflicto entre el bien y el mal, entre el egoísmo y el amor, que siempre acompañará a la humanidad, por lo que la pregunta es si la tendencia al egoísmo que sugiere la serpiente es realmente invencible. El amor incondicional pleno, la búsqueda del bien, el amor incluso por tu enemigo, por aquellos que te han hecho mal, ¿es esto posible? ¿Es posible el amor total sin un ápice de egoísmo? Desde el punto de vista humano, la respuesta es NO; no es posible contando sólo con las fuerzas que provienen de nuestra naturaleza biológica que nos lleva en una dirección completamente diferente, pero si Dios nos da su vida, su Espíritu, su capacidad de amar, si nos hace sus hijos e hijas, entonces es posible.

Y tenemos la respuesta en la fiesta de hoy. María ha triunfado; su vida ha sido toda ella un regalo de amor. Esto no quiere decir que sea diferente a nosotros, que ella no fue tentada… NO. Ella es nuestra hermana en la que el Espíritu ha actuado en plenitud y por eso la sentimos nuestra compañera de fe, no una privilegiada que ha estado exenta de nuestras dificultades sino una que siempre ha sido dócil a las sugerencias de esa vida divina que viene como un regalo del Padre celestial. Es inmaculada, en el sentido de que desde su concepción y en la totalidad de su existencia ha sido dócil a la voz del Espíritu.

Como conclusión recordamos lo que dice la segunda lectura de hoy, la carta a los Efesios, cuando nos preguntamos: “Es posible para María y ¿para nosotros? ¿Podemos también ser inmaculados? A partir de las fuerzas naturales, NO, pero a partir de la vida divina que hemos recibido, como María la recibió, es posible recibir la fuerza para un amor total e incondicional. La respuesta de la segunda lectura dice que, precisamente, estamos llamados a esto mismo, a “ser santos e inmaculados frente al Padre celestial, en el amor, en la caridad”.

Les deseo a todos una buena fiesta.

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