1

Jorán de Judá (848-841)  

Murió Josafat y lo enterraron con sus antepasados en la Ciudad de David. Su hijo Jorán le sucedió en el trono.

2

 Tenía varios hermanos de padre: Azarías, Yejiel, Zacarías, Azarías, Miguel y Sefatías, todos ellos hijos de Josafat de Judá.

3

 Su padre les dejó gran cantidad de plata, oro y objetos de valor, además de fortalezas en Judá; pero el trono se lo dejó a Jorán por ser el primogénito.

4

 Cuando se afianzó en el trono de su padre, asesinó a todos sus hermanos y también a algunos jefes de Israel.

5

 Tenía treinta y dos años cuando subió al trono y reinó en Jerusalén ocho años.

6

 Imitó la conducta de los reyes de Israel, las acciones de la casa de Ajab, porque se casó con una hija de éste. Hizo lo que el Señor reprueba.

7

 Pero el Señor no quiso destruir la casa de David, a causa del pacto que había hecho con David, y porque le había prometido mantener siempre encendida su lámpara y la de sus hijos.

8

 En su tiempo, Edom se independizó de Judá y se nombró un rey.

9

 Jorán fue con sus generales y todos sus carros, se levantó de noche, y aunque desbarató al ejército idumeo, que lo había envuelto a él y a los oficiales del escuadrón de carros,

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 Edom se independizó de Judá hasta hoy; también Libná consiguió entonces la independencia. Esto ocurrió por haber abandonado al Señor, Dios de sus padres.

11

 Levantó santuarios paganos en los montes de Judá, arrastró a la idolatría a los habitantes de Jerusalén y descarrió a Judá.

12

 El profeta Elías le mandó a decir por escrito: Así dice el Señor, Dios de tu padre, David: Por no haber imitado la conducta de tu padre, Josafat, y la de Asá, rey de Judá,

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 sino la conducta de los reyes de Israel; por haber fomentado la idolatría en Judá y entre los habitantes de Jerusalén, copiando las prácticas idolátricas de la casa de Ajab, y por haber asesinado a tus hermanos, la casa de tu padre, que valían todos más que tú,

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 el Señor herirá a tu pueblo, tus hijos, tus mujeres y tus posesiones con una plaga terrible.

15

 Y tú mismo padecerás muchas dolencias y una enfermedad maligna te consumirá las entrañas día tras día.

16

 El Señor excitó contra Jorán la hostilidad de los filisteos y de los árabes que habitaban junto a los cusitas.

17

 Subieron a Judá, la invadieron y se llevaron todas las riquezas que encontraron en palacio junto con sus mujeres e hijos. Sólo le quedó el más pequeño, Joacaz.

18

 Después de esto, el Señor le hirió las entrañas con una enfermedad insanable.

19

 Pasaron los días y al cabo de dos años la enfermedad le consumió las entrañas; murió entre atroces dolores. Su pueblo no le encendió una hoguera, como había hecho con sus predecesores.

20

 Tenía treinta y dos años cuando subió al trono y reinó en Jerusalén ocho años. Desapareció sin que nadie lo añorase. Lo enterraron en la Ciudad de David, pero no en el panteón real.

Comentarios

10:1 - 36:23

Los reyes de Judá hasta el exilio.

La última parte de la obra del cronista está dedicada a la historia del reino de Judá, desde Salomón hasta los tiempos del exilio, y elimina casi por completo toda referencia al reino del Norte. Para el cronista, el reino de Judá representará todo Israel. El criterio de valoración de cada rey será su fidelidad a Dios. Como modelos de esa fidelidad, destacan cuatro figuras ideales: Asá, Josafat, Josías y, sobre todo, Ezequías. Junto a los reyes aparecen los profetas, cuyo anuncio se condensa en advertencias e insistentes invitaciones a la fidelidad al Señor. En realidad, el cronista invita a la comunidad postexílica a buscar a Dios, a mantenerse fiel a Aquel que se ha mantenido fiel a su pueblo, a pesar de las dificultades.

21:1 - 21:20

Jorán de Judá.

Para el cronista, el reinado de Jorán es uno de los momentos más oscuros del reino de Judá; un período que termina con la regencia de la reina Atalía, a quien sucede Joás tras una revuelta. Indudablemente Jorán fue un mal rey. El reinado inicia con un fratricidio en masa (4) y termina con una idolatría declarada (11-15). Su muerte se presenta como un castigo de Dios: prematura, dolorosa, sin funeral ni sepultura real (18-20). La referencia al profeta Elías es anacrónica.


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