Índice de comentarios
Introducción | 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 | 8 | 9 | 10 | 11 | 12 | 13 | 14 | 15 | 16 | 17 | 18 | 19 | 20 | 21 | 22 | 23 | 24
Introducción
1,1-27 David llora la muerte de Saúl y Jonatán. El anuncio de la derrota y muerte de Saúl es una narración que recuerda a 1 Sm 4. El mensajero amalecita conoce la residencia de David y la hostilidad de Saúl; considera a David desertor de los suyos y vasallo fiel de los filisteos. La victoria filistea, la derrota de Israel, la muerte de Saúl y su heredero serán una buena noticia para David, que le hará merecedor de generosas recompensas. Corre a ser el primero, lo cual indica que la noticia no ha llegado a territorio filisteo ni han comenzado los festejos ya narrados. Se discute si la narración del mensajero es verídica o embustera. El amalecita trae las alhajas reales: sólo puede haberlas recogido si ha llegado muy pronto al lugar donde murió Saúl, antes que otros, antes que los filisteos. David toma su narración por verídica y por ella lo sentencia y hace ejecutar. Es inverosímil esa rapidez del mensajero; la indicación al tercer día podría ser una fórmula estereotipada. El autor subraya la rapidez de los sucesos y la simultaneidad de las batallas. La aparición del mensajero es espectacular, realzada con signos de luto; no necesita recomendaciones para obtener pronta audiencia. Los versículos 17-27 son una elegía o lamentación de David por la gran pérdida que supone la muerte de Saúl y Jonatán.
2,1-7 David ungido rey en Hebrón. David para abandonar su destierro voluntario en Sicelag y trasladarse a su patria, ha tenido que esperar las siguientes situaciones: primera, la muerte de su rival y perseguidor; segunda, la aprobación de sus señores, a los que ha servido como vasallo durante dieciséis meses; tercera, la aprobación divina. El autor pone en primer lugar la consulta y el oráculo como bendición formal de la nueva etapa del elegido. Judea es la región de su nacimiento, de sus correrías, de sus regalos bien calculados (1 Sm 30,26-31). Allí es un capitán conocido, un terrateniente bien relacionado. Para los habitantes de Judea tener un rey de la propia sangre o tribu es mejor que depender de los del norte, que tan ineptos se han mostrado. Si alguna esperanza queda para el pueblo de Judea, ésa la encarna David. El jefe militar sube a la categoría de rey: es un momento histórico, 1000 a.C.
Yabés de Galaad, al otro lado del Jordán, es una ciudad lejana y partidaria de Saúl; en cualquier momento puede constituir un fuerte punto de oposición. Por eso David se apresura en congraciarse con sus habitantes.
2,8–3,5 Abner y Joab. Abner ha salido vivo, no sabemos cómo, de la batalla contra los filisteos, e intenta conservar en el poder a la familia de Saúl, nombrando a Isbaal rey de Israel. Esto origina un enfrentamiento entre los partidarios de David y los de Isbaal.
Es difícil explicar los episodios de 2,12-32, ¿son dos episodios autónomos?, o, ¿son continuación lógica el desafío y la batalla? ¿Se trata de un desafío a muerte, con consecuencias militares, o de un torneo con desenlace trágico? La segunda parte, ¿es la persecución de un vencido que huye?, o, ¿es un desafío de velocidad y maña?
Parece tratarse de una batalla en la que los contendientes no quieren perder mucha gente, y se plantea una tregua.
3,6-39 Asesinato de Abner. Después de algunos años, Abner cae en la cuenta de que el reino de Isbaal no tiene porvenir. La monarquía, nacida para defender al pueblo contra los filisteos, ha fracasado en Saúl y en su hijo; sólo David podrá realizar de nuevo la independencia. El estado de opinión a favor de David se va haciendo fuerte, incluso en la tribu de Saúl, Benjamín. Abner lo reconoce y a tiempo decide montarse y marchar hacia el sur. Así, tomando la iniciativa, podrá poner condiciones a David y conseguir un puesto relevante en la corte del nuevo señor, incluso desbancando a Joab, sobrino de David. Falta un pretexto para comenzar la acción, y el mismo Isbaal se lo procura. Tomar la concubina del rey difunto es en primer lugar una injusticia, porque el harén toca en herencia al sucesor; además puede significar pretensiones de alzarse con el trono. La queja del rey es justificada, pero Abner no tolera reproches de su protegido real; se considera gravemente ofendido en su lealtad a la casa real, y por ello libre del deber de lealtad. Por si fuera poco, puede invocar uno de los oráculos que David ha recibido de algún profeta. La formulación del oráculo bien puede deberse al narrador, pues si la primera parte responde a palabras de Samuel (1 Sm 15,28s), la segunda parte define a posteriori los límites del reino de David. David comprende la importancia de la oferta; más o menos lo que venía esperando, y antes de aceptar pone una condición importante. Pidiendo a Mical, reclama un derecho, pone a prueba al general Abner con un asunto comprometido, tantea la capacidad de resistencia de Isbaal, restablece su vínculo familiar con Saúl consolidando así su pretensión al trono unificado. Parece que David reside en Hebrón (22-27), dedicado a gobernar, y ha delegado en Joab el ejercicio militar de las incursiones por el Sur. Joab es impulsivo, violento; se atreve a reprochar al rey, su tío, y a obrar sin su consentimiento en asuntos graves. Pero es que tiene sus motivos para enfrentarse con Abner: en primer lugar, le toca vengar la sangre de su hermano Asael; en segundo lugar, fácilmente descubre que Abner es una amenaza para su posición en el reino de David; por eso, su acusación contra Abner parece un simple pretexto. Lo más probable es que Joab estuviera al corriente de las negociaciones y del cambio de opinión en Israel. El modo de ejecutar la venganza es más eficaz que noble. El desenlace (28-39) perjudica seriamente a David. Ahora que la fruta deseada estaba madura y a punto de caer, el asunto se complica: le han quitado el hombre de poder y prestigio que iba a realizar la transmisión pacífica de poderes; además se ha creado la impresión de que todo ha sido urdido por David, de que ha sido un acto de traición; ¿se podrán fiar de él? Dentro de su reino la persona de Joab se vuelve peligrosa para el mismo rey. David reacciona con toda energía. Primero hace un juramento público de inocencia, como se estilaba entonces, y que tiene valor decisivo, porque el Señor castiga al perjuro. Al mismo tiempo hace recaer públicamente la culpa sobre Joab. No puede castigar al vengador de la sangre fraterna, pero lo maldice, dejando el castigo a Dios. Después ordena un funeral solemne por el muerto, al que encabeza dedicándole una elegía personal; y obliga al asesino a su asistencia. Joab tiene que someterse públicamente al mandato real y escuchar la elegía que lo afrenta. Al funeral sigue un ayuno de corte. La reacción de David hizo gran impresión allí y probablemente se divulgó fuera de su reino de Judá; es lo que quiere decir el narrador en el versículo 37.
4,1-12 Asesinato de Isbaal. Muerto Abner, Isbaal se ha quedado sin apoyo y sin iniciativa. Los que esperaban en la dinastía de Saúl están desconcertados, los que esperaban en la unión con David, organizada por Abner, no saben lo que va a suceder. El rey Isbaal, esa sombra de monarca, impotente y apenas consciente muere en la quietud e inconsciencia de un sueño. En la capital prestada de Transjordania, en un palacio que custodia una mujer desarmada y soñolienta. ¡Qué lejos de la muerte en campaña de Saúl y Jonatán! Sistemáticamente los redactores, favorables a David, subrayan su inocencia en el derramamiento de sangre de sus principales rivales; dicha inocencia queda demostrada con el exterminio de quienes han matado a los principales del partido de Saúl, al mismo Saúl, a su general y a su hijo Isbaal.
5,1-5 David rey de Israel. Eliminados Abner e Isbaal, David atrae todas las esperanzas. La oposición de Israel a Judá queda relegada por un sentimiento más fuerte de hermandad. Lo que Abimelec decía a los de Siquén para apoyar su candidatura real (Jue 9) lo confiesan las tribus a David. El pacto entre rey y pueblo tiene algo de constitución: implica un juramento de lealtad mutua y contiene normalmente una serie de cláusulas. Los ancianos, como responsables de todo el pueblo, hacen de intermediarios en la unción.
5,6-16 Conquista de Jerusalén. La conquista de Jerusalén y su establecimiento como capital del reino sucedió ciertamente después de la victoria definitiva sobre los filisteos; probablemente después de otras campañas exteriores. El autor tiene mucho interés teológico en juntar la elección de David rey y la de Jerusalén capital. En adelante van a formar una fuerte unidad, como una nueva elección del Señor y arranque de una nueva etapa histórica. En este sentido es justo poner los dos hechos juntos al inicio de la narración. La intención teológica impera sobre la cronología. Saúl se había quedado en su aldea, como los jueces tribales, para gobernar desde allí. David ha residido en Hebrón, sitio excelente para un rey de Judá, ciudad bastante céntrica y aureolada con el recuerdo de Abrahán. Pero para unificar y gobernar a todo Israel, Hebrón no basta: está demasiado ligada a una tribu y hacia el sur. David decide estrenar capital: una ciudad sin vínculo tribal, bien situada y de gran valor estratégico. Es la antigua Jerusalén, ciudad hasta ahora inexpugnable para los israelitas, enclave cananeo en la montaña central, que ha dividido las tribus. Jerusalén es un símbolo de la persistencia y resistencia cananea no dominada. La decisión de David es un acto de audacia y de clarividencia. De audacia, porque es dificilísimo conquistarla, y un ataque fracasado podría desprestigiar al nuevo rey. Clarividencia, como muestra la historia sucesiva hasta hoy: Jerusalén adquiere para Israel, y más tarde para los judíos, un valor espiritual que supera ampliamente su valor geográfico, estratégico, y urbanístico. Jerusalén será el segundo polo de la escatología. Pero más inexpugnable que la ciudad parece el texto bíblico, que muchas generaciones de exegetas y arqueólogos no han logrado descifrar. Aun reuniendo los datos de Samuel con los de Crónicas, no llegamos a una explicación satisfactoria. Una de las hipótesis más atractivas ve las cosas así: David pone asedio a la ciudad, los defensores se burlan de los atacantes, ciegos y cojos bastan para rechazarlos –tan segura es la fortaleza–; David, quizás después de ataques infructuosos y de largo asedio, promete algún privilegio a quien penetre en la ciudad; entonces algunos soldados logran colarse y subir por el túnel de acceso al manantial, y desde dentro facilitan la entrada de los demás. Se trata de una hipótesis acerca del modo; la sustancia es que David, con esta conquista, se suma a los héroes de la conquista bajo Josué, somete el baluarte simbólico de los cananeos, dispone de una capital. Meditando sobre los hechos, derrota de filisteos y cananeos y fundación de la nueva capital y apertura comercial internacional, David llega a comprender su destino religioso: es un rey por la gracia de Dios al servicio del pueblo. Elección, no como privilegio, sino como función. Dado que el pueblo es del Señor, David es un vasallo y mediador al servicio de ese pueblo. Su especie de vasallaje en Gat y el probable vasallaje en Hebrón son pura sombra de la nueva situación histórica. Los versículos 13-16 anticipan el origen del heredero: será uno de los hijos nacidos en Jerusalén, no de los de Hebrón.
5,17-25 Batallas con los filisteos. Cronológicamente ésta es la primera tarea de David en cuanto rey de la monarquía unificada. El autor resume en brevísimo espacio sucesos que debieron de durar varios años; se fija en un par de batallas. A esta época pertenecen algunos datos que se leen en el apéndice (capítulos 21–24). David presenta batalla en la zona montañosa, donde los filisteos se desenvuelven con menos medios y mayor dificultad. Valle de Refaím o Valle de los Gigantes –para el pueblo Valle de las Ánimas– está situado junto a Jerusalén, donde los filisteos se encuentran protegidos por el enclave jebuseo de Jerusalén, mientras David, evitando las ciudades, se refugia en el paraje que tan bien conoce de Adulán (1 Sm 22,1.4; 24,23). Desde allí iría agrupando tropas y despachando pequeñas incursiones contra los filisteos. Del capítulo 23 se desprende que éstos están instalados también en Belén. Los filisteos acampan en terreno ventajoso, llano, en el valle que arranca al sudoeste de Jerusalén y se alarga hacia el oeste. David parte de Adulán, rodea por occidente, sube a Perasim, y desde el norte ataca y pone en fuga al enemigo. Los ídolos se llevan al campo de batalla como protección. Israel paga ahora a los filisteos la captura del Arca (1 Sm 4). Son el trofeo más valioso. Los filisteos insisten en el mismo sitio que consideran ventajoso (22-25); el oráculo del Señor ofrece esta vez un signo no tan fácil de entender: se trataría del rumor del viento en las copas de las moreras. Otros interpretan el nombre como toponímico, en las alturas de Becaim.
6,1-23 El Arca transportada a Jerusalén. Para que Jerusalén tenga plena fuerza de unificación, tiene que ser también centro religioso de las tribus. Saúl ha descuidado este aspecto. El Arca estuvo en Siló en tiempos de Elí, fue capturada por los filisteos, y cuando la devolvieron, pasó a Quiriat Yearim. El Arca es el objeto religioso por excelencia, emblema en la guerra y testimonio de la alianza, cuyo documento guarda. David decide trasladarla a su nueva capital y concentrar allí a los principales sacerdotes. David quiso hacer del traslado un acontecimiento religioso nacional, una ocasión para robustecer la conciencia de unidad religiosa, cuyo centro en adelante será Jerusalén –eso no quiere decir que la cifra de participantes sea objetiva–. Un accidente mortal (6s) es interpretado por los asistentes como castigo de Dios, debido a una profanación objetiva. La sacralidad todavía está vista de manera muy concreta, casi material, aunque el autor personaliza el efecto mortífero de lo sacro. Como el hombre no puede ver a Dios sin morir, así el profano no puede tocar impunemente el objeto sagrado; recuérdese la sacralidad de la montaña del Sinaí. La respuesta de David a la ironía de Mical (20-22) contiene un principio importante de espiritualidad: ante Dios y para Dios David siente el ímpetu de jugar o bailar; ocupación poco seria y que puede parecer humillante para un rey, mirada con criterios de soberbia humana; pero David se sabe elegido por el Señor como vasallo suyo, su gloria será festejar al soberano, y la gente sencilla comprenderá el valor del gesto.
7,1-29 Promesa dinástica y oración de David. Lo culminante en la historia de David no son sus empresas, su valor militar o su clarividencia política; lo culminante es la promesa que Dios le hace. Este capítulo es el verdadero centro de la historia de David. Por encima de David como protagonista, se alza como verdadera protagonista la Palabra de Dios, creadora de historia. Natán es su profeta privilegiado. Probablemente el oráculo original fue breve, montado en el doble sentido de la palabra casa: edificio y dinastía. David quiere construirle al Señor una casa: templo, el Señor lo rehúsa y en cambio promete construirle una casa: dinastía. Este oráculo produce una reacción viva en el pueblo que lo recibe, creando una corriente histórica; entonces el pueblo receptor reacciona a su vez sobre el oráculo, explicándolo y enriqueciéndolo. Sobre todo, los profetas hacen resonar en sus oráculos el de Natán, colocándolo en una perspectiva siempre más rica y tensa hacia el futuro.
Doble sentido de casa. En su sentido normal, la casa es propia de la cultura sedentaria, urbana: espacio material fijo, hogar que acoge y protege, término de reposo y centro de convergencia (véase Gn 4,17 y 11,4). En sentido metafórico es la familia, que se construye con los hijos y sucesores (Gn 16,2); de la familia ordinaria se puede pasar a la familia reinante. Esta segunda casa no es espacial, sino temporal, es vida histórica, ramificación o estrechamiento. En el espacio puede derrumbarse la casa material, en el tiempo puede extinguirse la casa familiar; las dos tienen su propia estabilidad. David ha querido dar al Señor una casa; algo así como fijarlo en un espacio sacro, centro de atracción inmóvil y permanente, con el que se puede contar. En él está presente el Señor del espacio. Pero el Señor se ha revelado a su pueblo en movimiento, sacando, guiando, conduciendo; Dios, desprendido del espacio fijo, compañero de andanzas y peregrinaciones. Incluso cuando termina la peregrinación y el pueblo se establece en la tierra, durante una larga etapa el Señor conserva su movilidad original: una tienda de campaña es el símbolo adecuado de su habitación. A tanto llega esta concepción teológica, que una escuela posterior hablará de la tienda no como morada, sino como lugar de cita y encuentro. El Señor no acepta la oferta de David. Si se deja llevar en procesión a Jerusalén, es para seguir allí en una tienda, libre para moverse. El Señor quiere revelarse como dueño de una nueva etapa histórica que de algún modo continuará sin término. Él funda una dinastía con su palabra, la consolida con su promesa, la acompañará en su peregrinar histórico; un peregrinar expuesto a lo imprevisto, al peligro dramático, incluso a la tragedia. La historia humana de una dinastía en un pueblo será el ámbito móvil de la presencia y revelación del Señor. David no puede dar estabilidad al Señor, asignándole un espacio habitable; el Señor puede dársela a David, paradójicamente, lanzándolo al torrente de la historia mudable.
8,1-18 Victorias de David. Capítulo de síntesis sobre las conquistas de David. Quedan fuera las campañas contra los filisteos. También queda fuera la campaña contra Amón, porque será la ocasión en que se desenvuelvan otros acontecimientos importantes, a partir del capítulo 10. Cronológicamente parece ser la primera campaña contra Amón, al cual prestan ayuda algunos reinos arameos del norte y noroeste, y así se extiende la lucha. Después vendría la campaña contra Moab al sureste y la de Edom al sur. En este momento histórico descansan los grandes imperios de Occidente y Oriente. Egipto está dividido por luchas internas. Babilonia es importante. Asiria apenas se eleva en el horizonte histórico. Es el momento propicio para David, si sabe consolidarse en el puente costero entre Egipto y Mesopotamia. David comienza a reinar en un territorio amenazado por reinos vecinos; en cuanto comienza a consolidarse y a ganar poder, quizás tiene que sufrir la provocación de esos vecinos, asustados ante el poder creciente del nuevo reino. El libro nos cuenta la provocación amonita y supone la penetración de los edomitas por el sur. En su comienzo o en su desenlace, estas guerras davídicas son guerras de expansión. Al final de ellas, David es un rey afirmado en su país y soberano de reinos tributarios en una gran extensión: desde el Torrente de Egipto por el sur hasta cerca del Éufrates por el nordeste y hasta el desierto inhabitado a oriente.
9,1-13 Meribaal acogido por David. El gesto de David es un acto de lealtad o fidelidad a un juramento (1 Sm 20,11-17.42). Es también un gesto magnánimo para con la familia de su rival. Además es una sagaz medida política: trayendo a la corte al descendiente de Saúl, lo tiene vigilado y neutralizado. Ese favorecer tiene otro sentido especial: es una concesión que liga a Meribaal con el vínculo de lealtad. En Meribaal la Casa de Saúl se prosterna y rinde homenaje al nuevo rey, cumpliendo el homenaje anticipado de Saúl y de Jonatán; expresamente se declara siervo, que puede significar vasallo. David otorga las posesiones de familia, que se convierten ahora en don suyo (9). El honor de comer a la mesa real es un reconocimiento cotidiano de dependencia. Hubo un tiempo en que David comía a la mesa de Saúl (1 Sm 20). Si tenemos presente la promesa dinástica a la Casa de David, que acabamos de leer en el capítulo 7, sentiremos el contraste al oír nombrar cuatro veces a la Casa –familia– de Saúl; como la primera se establece por la gracia de Dios, la segunda subsiste por la gracia de David.
10,1-19 Guerra contra los amonitas. Desde aquí los sucesos se encadenan con rigor trágico. El autor ha reservado para el final la campaña de Amón porque en ella se inserta el arranque de la nueva trama. Por primera vez el autor nos dice algo sobre la estrategia de una batalla y no se conforma con expresiones genéricas de victoria y derrota. La guerra contra Amón ocupa varios años, y sólo al final del capítulo 12 se narra el desenlace. Aquí se narran dos batallas importantes, la primera dirigida por Joab, la segunda por David –el esquema se repetirá en la toma de la ciudad–. Del versículo 2 podemos deducir que David, cuando andaba huido y perseguido por Saúl, recibió asilo o auxilio del rey amonita, lo cual estableció una relación de lealtad. Con un gesto sencillo y sincero David intenta continuar en buenas relaciones con los vecinos de oriente. Pero la subida política de David ha creado en torno un clima de miedo y sospecha, que explotan los cortesanos del nuevo rey amonita. Recuérdese cómo Joab intentó sembrar sospechas contra Abner. Una cosa es proteger a un súbdito acosado, otra cosa es apoyar a un rey vecino en ascenso.
11,1-27 David y Betsabé. Hasta ahora la historia de David, su vida, su carrera política y el ejercicio de su reinado, han sido narrados dejando su figura prácticamente impecable. Pero debía llegar el momento en que los redactores tenían que contar también sus pecados y debilidades. Del David músico, poeta, piadoso practicante, guerrero, pasamos aquí al David violador y asesino. Varias veces, a lo largo de la narración se ha informado de la cantidad de concubinas que posee, mas no contento con ello, roba la mujer a uno de sus soldados. Una vez avisado por Betsabé de su embarazo, manda llamar a Urías, se imagina que Urías no dejará pasar la oportunidad de su regreso a Jerusalén para acostarse con su mujer, de ese modo quedaría borrada su huella en Betsabé; sin embargo, contra toda previsión, Urías duerme a las puertas del palacio una y otra noche, con el argumento de su solidaridad con el Arca, con Israel y con Judá que viven en tiendas, y con Joab y sus oficiales que duermen al descampado (11). Gran gesto de parte de un no israelita, recordemos que Urías era hitita; y con todo, es la sentencia de su propia muerte, él mismo lleva a Joab las instrucciones de David para hacerlo desaparecer. Como cosa muy natural se narra su muerte, el aviso a David, el luto de Betsabé y el traslado de ésta al palacio. ¿Tan normales eran las cosas? ¿Le era lícito a David proceder así? ¿Quién enjuicia este proceder? Ya 1 Sm 8,11-18 nos había advertido de la cadena de abusos que tendría que soportar el pueblo por parte del rey, y esa cadena de abusos apenas comienza. El reproche y juicio divino a esta acción abusiva y traicionera vendrá por parte de Natán, el profeta que ha transmitido también la promesa dinástica a David. Con las palabras de Natán quedará claro que no es el rey quien establece el derecho, porque el rey humano es vasallo de Dios; y ante la injusticia del poderoso, Dios se pone de parte del débil ofendido. Ante la mirada de Dios no valen oficios ni dignidades, ni siquiera méritos adquiridos; su juicio sobre la historia es decisivo.
12,1-31 Penitencia de David. Cuando los hombres callan, la Palabra de Dios se alza para acusar. Quizás corrían por Jerusalén comentarios maliciosos, reprobatorios o indulgentes de la conducta real. El autor no recoge la voz del pueblo. Lo más grave es que la conciencia de David también calla. Al profeta que pronunció la promesa dinástica, le toca ahora pronunciar la acusación y condena, en nombre de Dios. Es encargo arriesgado, y el profeta prepara el oráculo con una parábola. El primer verbo es enviar: el Señor toma la iniciativa. La parábola es breve y eficaz. Todo es anónimo, reducido a tipos elementales: el hombre rico, el hombre pobre, el hombre viajante; anónima es la ciudad. A la oposición de los personajes se añade la del desarrollo: el rico simplemente tiene, el pobre cuida, atiende, convive; lo que en uno es relación de posesión, en el otro es relación casi personal –y por aquí se hace transparente la parábola–. Tres palabras miran al capítulo precedente: comía, bebía, se acostaba. David escucha la parábola como un caso que él tiene que sentenciar con su autoridad suprema, y lo sentencia sin preguntar nombres. La compensación del cuádruplo está prevista en la ley (Éx 21,37); el reato de muerte, no previsto en la ley, parece sugerido por la tiranía de la acción. Entonces el profeta da un nombre al rico de la parábola, y con él nombra también al pobre y a su cordera. La narración bíblica, aun simple ficción, interpela y acorrala al hombre, es luz que penetra y delata, como dice Heb 4,12. Los versículos 7-12 son el oráculo propiamente dicho, que personaliza fuertemente la ofensa al Señor (cfr. Sal 51,6). En rigor se diría que David ha ofendido a Urías; pero el Señor toma por suya la ofensa, y ésa es su última gravedad. Ello crea un nuevo sistema de relaciones: David es en la parábola el rico malvado; con relación a Dios había sido la cordera elegida y tratada con cariño especial como una hija. Al abandonar ese papel, toma el puesto del rico, y ofende a su Señor, el cual se convierte en vengador del pobre y de su corderilla. La apertura trascendente del hombre hacia Dios y el interés personal de Dios por el hombre confieren su grandeza y gravedad a la caridad y justicia humana. La respuesta de David (13s) es brevísima: iluminado por la Palabra, se descubre como es ante Dios, y confiesa sin comentario su pecado contra el Señor. Dios perdona anulando la sentencia de muerte. ¿Acaso porque David perdonó a Saúl? ¿Sólo por el arrepentimiento actual? Eso es lo que buscaba la Palabra de Dios, salvar. Pero a David se le impone una pena. En términos forenses: se le conmuta la pena de muerte en la pérdida del hijo del pecado. El padre es castigado en el hijo al perderlo, no es castigado el hijo.
13,1-22 Tamar violada por su hermano. Respecto a Saúl, David ha aumentado el número de mujeres y concubinas, que pueden ser señal de riqueza y prestigio. Los hijos de estas mujeres viven en casa propia con servidumbre personal, las hijas no casadas viven recluidas en una sección aparte. Las relaciones familiares se realizarían en ocasiones especiales, quizás en fiestas. En la legislación antigua no está prohibido el matrimonio entre parientes; la legislación de Lv 18 y Dt 27,22 prohíbe el matrimonio entre hermanos de padre o madre. El matrimonio de Amnón y Tamar estaría permitido en la legislación antigua. Según Dt 22,28s, quien viola a una doncella tiene que pagar una compensación al padre y casarse con ella. Como fondo de esta historia debemos tener presente el adulterio de David: se repite una historia parecida, el primogénito imita los pasos del padre.
13,23–14,33 Asesinato de Amnón. La venganza de Absalón se alarga en los preparativos y en las consecuencias, mientras que el núcleo, el asesinato, se menciona indirectamente: los criados cumplieron sus órdenes. De esta manera subraya el autor la paciente espera; además hace resaltar el carácter familiar: el rey mismo ha de entrar en el juego y todos los príncipes han de participar. La venganza va a tener testigos de excepción, la tragedia va a tener un marco familiar y festivo. No olvidemos que esta familia es la Casa de David, y como tal está incluida en la promesa dinástica. Por la misma razón, el autor nos da el punto de vista de la corte, los efectos de la acción más que la acción misma. El hecho llega a la corte en tres tiempos, cada uno con valor propio: primero es una falsa noticia que se adelanta, después un tropel de jinetes que suben, finalmente son los hijos del rey. La falsa alarma implica algo gravísimo: si han muerto todos los hijos de David y sólo queda el asesino de todos ellos, ¿quién sucederá al trono?, ¿qué será de la promesa de fundar una dinastía? El caso de Abimelec, hijo de Gedeón, parece repetirse. ¿Tendrá David que ajusticiar al hijo asesino? Jonadab, el cínico consejero de Amnón, conserva la calma para interpretar correctamente la noticia y tranquilizar al rey. Sus palabras tienen más lucidez que tacto, cuando pide al rey que no se preocupe, como si la muerte del primogénito no fuera una mala noticia. Lo cierto del caso es que las semillas sembradas por la violación y el asesinato de David están empezando a despuntar. Amnón violó a Tamar. Absalón asesinó a Amnón. Ha empezado una cosecha de desgracias.
Una vez más demuestra Joab su percepción aguda y su capacidad de obrar rápidamente. Por una parte, el rey comienza a echar de menos a su hijo Absalón, pero razones de estado lo cohíben; con un empujón discreto podrá hacer el rey lo que en realidad desea, y Joab se habrá apuntado un tanto. Por otra parte, Absalón es un probable candidato a la sucesión: muerto el primogénito, podría el tercer hijo ser el pretendiente –del segundo no se habla en esta historia, sólo se recoge su partida de nacimiento en 3,3–. Si Joab ayuda eficazmente a repatriarse a Absalón, podrá contar con su favor y conservar el puesto de segundo en el reino. Pero Joab no quiere atacar de frente, y por eso prepara una astuta escenificación: una mujer de Tecua, diestra en imitar y fingir, allanará el camino, tanteará al rey. Si el resultado es favorable, Joab dará la cara. El núcleo de la escena será un caso de conciencia, que se presentará personalizado, como objeto de una representación dramática. El caso es la colisión de dos principios de justicia: el deber de vengar el homicidio y el deber de conservar el apellido. En el antiguo Israel hay una institución, que podemos llamar goelato y que se basa en la solidaridad de la familia o clan: cuando una propiedad ha sido o va a ser enajenada, uno de la familia o clan, por orden de parentesco, tiene que comprarla o rescatarla para que quede en el seno familiar; cuando un miembro se hace esclavo, ha de ser rescatado en las mismas condiciones; si un miembro es asesinado, hay que vengar su muerte matando al asesino y restableciendo la justicia. Sin pertenecer a la familia o la tribu, el rey puede asumir el papel de goel: rescatador o vengador. ¿Y si el asesino es miembro de la misma familia? ¿Tiene que matarlo el pariente más próximo? ¿Hay que restablecer la justicia duplicando las muertes? El caso llega al extremo cuando en una familia hay sólo dos hermanos: vengar la muerte de uno significaría acabar con el apellido. Pero conservar el apellido, significaría no vengar la injuria de uno de los hermanos. Esto es a grandes rasgos el caso de los hijos de David, que a la letra no se puede aplicar puesto que le quedan más hijos. Pero la formulación extremada sirve para subrayar el dilema.
15,1-12 Conspiración de Absalón. Absalón se considera con suficientes méritos a la sucesión y no quiere esperar demasiado. Hijo del rey y de una princesa extranjera, es ahora el primero por edad –muerto Amnón y desaparecido Quilab–. Dejando las cosas al curso normal, Absalón teme perder sus derechos, porque el rey puede elegir un sucesor distinto. A lo mejor ya el rey mostraba preferencia por Salomón, al menos no ocultaba su preferencia por Betsabé. Además, los sucesos precedentes han puesto al joven en posición desventajosa, el perdón del rey no ha sido incondicional. Absalón no puede esperar indefinidamente. Pero sabe esperar lo suficiente para prepararse bien, explotando una serie de ventajas. Primero, su prestancia física, cualidad que en el caso de Saúl y David probó su validez; esa apariencia se realza con el aparato principesco de carroza y escolta; se trata de imponer una imagen al pueblo. Segundo, las tensiones latentes nunca resueltas entre las tribus del sur y las del norte, Judá e Israel; Judá ha salido favorecida en la presente situación, provocando envidias y rencores. Tercero, consecuencia de lo anterior, la deficiente administración de la justicia central; es tarea específica del rey en tiempo de paz, y la desempeña con sus tribunales de la capital o personalmente (Sal 122,5). Muchos, sobre todo de Israel, están quejosos de esta situación. Absalón ofrece generosamente una imagen, una cordialidad fácil, unas promesas hipotéticas. Durante cuatro años realiza una tarea de proselitismo a su favor en el pueblo, probablemente en los consejos, incluso en la corte. En esta primera parte domina el lenguaje de los procesos: la justicia es el lema del candidato a rey. En el momento de la sublevación (7-12) Absalón invoca motivos religiosos. Por lo visto David ha tolerado hasta ahora el comportamiento de su hijo; el hecho es que ahora acepta sin discutir el motivo de piedad religiosa –no había aceptado tan fácilmente el motivo profano del esquileo–. Sin saberlo, pronuncia las últimas palabras a su hijo, vivo: Vete en paz, despedida en realidad trágica.
Hebrón está bien escogida: allí comenzó David, es la ciudad natal del príncipe y ha sido relegada por Jerusalén. Todavía puede atraer a los clanes del sur de Judá. Simultáneamente Absalón asegura la sublevación en el norte, por todas las tribus, de modo que la capital y el rey se encuentren copados. Entre los convidados se supone la presencia de gente principal, que con tal maniobra son alejados de la corte y se vuelven inofensivos.
15,13-37 Huida de David. David intuye la gravedad de la situación y la enfrenta. Respecto a la dinastía: luchando dividiría más a su familia exponiéndola a grandes matanzas; huyendo, aun dispuesto a perder el trono, continuaría en Absalón. Respecto a la capital: David sabe muy bien lo fácil que es defender Jerusalén; probablemente está ahora mas guarnecida que en tiempo de los jebuseos; con todo, un asedio y una defensa pueden condenar la ciudad y sus habitantes a la ruina; huyendo salva la capital. Respecto al Arca, queda en la ciudad. Respecto al reino: la difícil unificación del norte y del sur quedaría gravemente comprometida con una guerra civil, mientras que Absalón parece capaz de mantener unida la nación. Es sorprendente la actuación de David frente al futuro, su síntesis de aceptación resignada y cálculo previsor. Dispuesto a todo, no lo abandona todo. El cimiento último de esta actitud es el Señor. David, villano en su esplendor, se rehace en su desgracia.
Huye en dirección oriental, la única escapatoria prudente, bajando al torrente Cedrón. Quereteos y peleteos forman la escolta. Itay debe al rey una lealtad limitada, por su condición de extranjero y por el tiempo de su servicio; por si acaso, el rey lo desliga de toda obligación. No pudiendo darle nada en este momento, invoca para él la protección del Señor. Itay podrá pasar al servicio del nuevo rey: así llama David a Absalón. A sí mismo se ve como en otros tiempos, huido y sin rumbo; pero esta vez, perseguido por su propio hijo. Desde la cima pueden ver por última vez la capital. En este momento introduce el narrador la noticia de la entrada de Absalón en Jerusalén.
16,1-13 Sibá, Semeí y David. La actitud de Sibá es ambigua para el lector. Por una parte, acusa a su amo de deslealtad con David e implícitamente lo acusa de ingenuidad, pues Absalón no va a sublevarse para restaurar la monarquía de Saúl; más adelante (19,25-31), Meribaal acusará al criado de haberlo engañado. Por otra parte, Sibá no gana mucho pasándose al bando de Absalón, mientras que su obsequio a David cuesta poco y vale mucho. Como administrador de los bienes de Meribaal, puede fácilmente cargar dos burros con provisiones. En el momento de la desgracia David acepta conmovido el gesto. Semeí se siente solidario con la familia o clan de Saúl, y su acusación principal es de homicidio: puede referirse a la muerte de Abner y de Isbaal y probablemente también a las ejecuciones que cuenta 21,1-10. Sus palabras desde la cresta del monte tienen algo de acusación pública; el apedrear es intento simbólico de ejecutar al criminal, al mismo tiempo que invoca al Señor como vengador de la sangre derramada. En la frase ha entregado el reino (8), resuenan las amenazas de Samuel a Saúl (1 Sm 13,14; 15,28). Ésta es la visión de un benjaminita, un intento de explicación teológica de la historia viva. Algo en el corazón de David responde a esa interpretación teológica: hace poco ha llamado rey a su hijo, y también es cierto que ha derramado sangre inocente; en su desgracia actual ve cumplirse la sentencia pronunciada por Natán (12,11). Pero no pierde toda esperanza, precisamente confiando en el Señor que defiende a humildes y humillados. En este momento David se somete a la justicia del Señor, como vasallo, y renuncia formalmente a hacerse justicia como soberano.
16,14-23 Absalón en Jerusalén. Estableciendo la simultaneidad narrativa, el autor pasa ahora hablar sobre Absalón. La sección esta unificada por el tema de la traición. El joven aspirante a rey se ciega y sucumbe a ella. En los versículos 16-19 el diálogo quiere probar la lealtad. El narrador introduce a Jusay con el título amigo de David; pero, ¿podrá fiarse Absalón de un traidor? Jusay apela a esa misma lealtad, que traspasa toda entera del padre al hijo: cosa lógica en un servidor de la casa. David ha sido rey por la elección del Señor y del pueblo; ahora la elección ha pasado al hijo: ¿no es justo secundar el deseo de Dios y del pueblo? La lógica de Jusay es tan halagadora que Absalón se rinde; además está acostumbrado a ganarse a la gente. Se está cumpliendo aquí la segunda parte de la sentencia de Natán. Absalón se declara en posesión del palacio y con prerrogativas reales de sucesión. Las concubinas se trasladan públicamente del harén a la azotea, y Absalón entra ostentosamente en la tienda allí dispuesta.
17,1-16 Ajitófel frente a Jusay. Por primera vez se cuestionan los consejos de Ajitófel, de quien se dijo en el capítulo anterior que eran recibidos como un oráculo, lo mismo cuando aconsejaba a David que a Absalón (16,23). Es que la oración de David, según la intencionalidad del narrador, comienza a ser escuchada; así lo manifiesta en el versículo 14. No hay que olvidar que estos pasajes donde aparece Dios tomando partido por uno u otro personaje son recursos literarios y modos de expresión que es necesario depurar muy cuidadosamente. Hemos de recordar que el Dios bíblico es ante todo el Dios de la justicia y que siempre va a estar del lado del oprimido, por más que una corriente política o religiosa, que en un momento dado ostente el poder, quiera presentarlo en sus filas.
17,17-29 David y Absalón en Transjordania. La campaña de Absalón es sobriamente descrita como destinada al fracaso con la narración del suicidio de Ajitófel; mientras que de otro lado David y sus hombres reciben el apoyo desde Jerusalén con avisos y noticias, y en Transjordania con alimentos y acogida.
18,1-18 Derrota y muerte de Absalón. Ya Ajitófel había anunciado el designio de Absalón: tenía que morir David y salvarse todo el pueblo. David se preocupa de la vida de su hijo más que del bien de su ejército; incluso querría haber muerto en lugar de su hijo. Los soldados ponen la vida de David por encima de la vida de medio ejército. A Dios toca decidir. Hasta el último momento David no sabe si ha de morir en la batalla –como Urías– o en la cama –como Isbaal–, o si la venganza del Señor se detendría antes. Absalón traza la parábola de un cohete: después de largos preparativos, en una jornada se ha proclamado rey; entre cielo y tierra queda truncado su ascenso, y su vida se apaga lejos de Jerusalén. El texto no dice expresamente que se enredase con la frondosa cabellera, ni lo excluye; es la lectura tradicional. Lo importante es que queda colgado del árbol. Un texto legal –probablemente posterior– dice que Dios maldice al que cuelga de un árbol (Dt 21,23); por semejanza, algunos lectores posteriores han visto en el hecho una ejecución por mano de Dios. El mulo es cabalgadura de reyes o príncipes: el privilegio se vuelve fatalidad. Absalón se queda sin mulo y sin reino.
18,19-32 David recibe la noticia. Surge una disputa para llevar la noticia al rey. Joab es quien determina quién debe ser el mensajero; pero Ajimás es quien finalmente llega primero aunque, de hecho, la noticia la comunica efectivamente el cusita.
19,1-8 David llora la muerte de su hijo. Los lamentos del rey son vistos por Joab como un desprecio al resto de la tropa. Sus palabras suenan duras, pero hacen que David entre en razón y otra vez se mezcle con los soldados.
19,9-44 Vuelta de David. El regreso de David y los sucesivos diálogos con quienes se precipitan a brindarle su apoyo esconden una realidad respecto a la monarquía, realidad de contradicciones, de ambiciones y de celos. La historia la van construyendo siempre los mismos, el pueblo permanece mudo, ausente.
20,1-26 Sublevación de Sebá. Sebá ha reunido a sus hombres en una ciudad amurallada, como temía David (6). Una mujer, reconocida por su sabiduría, entabla un diálogo con Joab, en el que se da mayor valor a la vida de toda una ciudad en comparación con la cabeza de un solo rebelde; ella transmite su punto de vista a sus conciudadanos. Joab consigue lo que desea: la cabeza de Sebá y el final de la revuelta. Las tropas se dispersan. Joab vuelve a Jerusalén donde el rey. Así termina la historia, o esta parte al menos. Es una historia de revueltas, de fuga del rey y de vuelta a casa. Refleja decisiones humanas y poder político. Plantea numerosas preguntas, pero no responde a ninguna. Su naturaleza es decididamente secular; el papel concedido a Dios es mínimo. Resulta ambivalente; los intérpretes han puesto de relieve elementos tanto favorables como desfavorables a David. Joab queda al frente de todo el ejército de Israel. Benayas está a cargo de los mercenarios; desde 8,18 no había sido mencionado. Yorán se ocupa de las obras públicas; Josafat será el heraldo; Sisá, el cronista; Sadoc y Abiatar, los sacerdotes, así como Irá, el jairita, un personaje desconocido hasta ahora.
21,1-14 Venganza de sangre. Los gabaonitas son un ejemplo de población cananea incorporada pacíficamente a los nuevos habitantes: tenían una alianza con Israel, con derecho a la vida a cambio de algunas prestaciones (Jos 9). Saúl, en su exclusivismo fanático, había cometido un crimen gravísimo contra el derecho de entonces; es perfectamente razonable que el delito exija reparación. Lo que no parece tan razonable es que la justicia vindicativa se encarnice en los sucesores de Saúl. El derecho de entonces hace responsable a toda la familia. Un valor positivo de aquella legislación era sancionar y robustecer los vínculos de solidaridad y disuadir a los criminales; el aspecto negativo es que, a nuestro parecer, castiga a los inocentes. El delito de sangre exige sangre, y los parientes, por orden de proximidad, tienen que vengarlo: es la institución social del goelato. Cuando el hombre se desentiende, Dios escucha el clamor de la sangre y realiza o exige la reparación de la justicia. El oráculo interpreta el hambre pertinaz como una reclamación de Dios. En algunos casos se podía aceptar una compensación en dinero, otras veces tal compensación estaba prohibida. Una vez que el Señor ha intervenido, la ejecución es un acto en su honor, las víctimas se le ofrecen, en una especie de consagración al Señor de la vida. Las víctimas pueden quedar a merced de fieras o aves; la legislación posterior pide que se retiren los cadáveres antes de la puesta del sol (Dt 21,22s); y los cadáveres de los ajusticiados se entierran en una sepultura común.
21,15-22 Batalla contra los filisteos. Empieza aquí una serie de apéndices que intentan completar la historia de David. Las campañas con los filisteos pertenecen a la primera etapa del reino (capítulo 5). Las cuatro hazañas son semejantes y también lo son las fórmulas, como si se tratara de una lista de menciones honoríficas. Lo más curioso es encontrar otra vez a Goliat el de Gat, esta vez matado por Eljanán y no por David. La serie da a entender que entre los filisteos había algunos soldados de enorme corpulencia. Detalles pintorescos o expresiones poéticas animan la sobriedad de la lista. Gob se encontraba probablemente en las cercanías de Jerusalén.
22,1-51 Salmo de David. Este salmo, con ligeras variantes, es el salmo 18 del Salterio. La atribución a David no es segura. La forma es de acción de gracias al Señor recitada en presencia de la comunidad; el contexto litúrgico explica el paso de la segunda a la tercera persona. El favorecido cuenta a los presentes el beneficio insigne recibido de Dios; puede desdoblarlo en una descripción de la situación desesperada, una descripción del acto salvador, y algunas reflexiones. El cantor se hace testigo de Dios ante la comunidad. En algunos versos el favorecido le cuenta al Señor los favores que él mismo le ha hecho. No parece lógico contar al protagonista su proeza, mucho menos si el protagonista es Dios que la conoce mucho mejor; pero semejante modo de orar indica un momento de intimidad y de profundo reconocimiento. No necesita saberlo el Señor, pero quiere escucharlo, plegándose al oyente de lo que sabe. Hablando así al Señor en segunda persona, la sinceridad es absoluta. La primera parte del salmo tiene una construcción muy clara. Después de una invocación, describe el peligro mortal en que se encontraba, la teofanía del Señor y la liberación; después reflexiona sobre el motivo de esa liberación y enuncia un principio general sobre la conducta de Dios. En la segunda parte se repiten los mismos temas de modo irregular. Es posible descubrir un par de veces el siguiente esquema: acción de Dios en segunda persona, efecto en los enemigos, acción del salmista. El final empalma con el comienzo en la invocación, a la vez que repite el tema dominante.
Teología. Supuesta la concepción del universo en tres planos, cielo, tierra, abismo, el salmo se proyecta sobre un eje vertical que domina el plano horizontal. El protagonista, situado en la tierra, se encuentra rodeado, envuelto, sin escapatoria; la invasión del océano abismal cierra definitivamente el cerco. En su dimensión, el hombre es impotente, necesita trascenderla con una tercera dimensión de altura: es la dimensión de Dios. Dios aparece en la altura, cerniéndose sin límites, bajando para auxiliar; y ya la visión empieza a liberar al hombre de su estrechez insuperable. Después viene la acción, que se expresa en dos direcciones: romper el cerco, dar anchura y espacio (20.37); y más aún levantar, poner en lo alto (34.49). Varios títulos divinos expresan directa o indirectamente esa altura: roca, alcázar, baluarte. El mundo de la muerte y del peligro extremo están vistos como elementos profundos: abismo (6), fondo del mar, cimientos del mundo (16). Paralelamente al movimiento en el eje de los elementos, se colocan verticalmente la afrenta y el contraataque: el creyente perseguido y amenazado es salvado por Dios. Dios vence a los enemigos de sus fieles. Ahora bien, esta victoria que se canta como don de Dios, ha exigido la lucha humana. Muchos términos hablan de la guerra, pero era Dios quien enseñaba, entrenaba y auxiliaba a David. A este campo pertenecen los motivos de flaqueza y firmeza, y los títulos divinos Refugio, Escudo.
23,1-7 Últimas palabras de David. Hay bastantes razones para pensar que este poema es antiguo y original de David. En la construcción del libro el oráculo tiene función conclusiva: el contexto de la próxima muerte de David es una indicación importante para explicarlo. En cuanto a la forma, se presenta como oráculo; es decir, como enunciado profético; muy semejante en el comienzo a los oráculos de Balaán, el adivino transformado en profeta por el poder de Dios (Nm 24). El versículo 2 aclara sin dejar dudas el carácter profético de la pieza. Pero cuando leemos el contenido, nos sentimos transportados al mundo sapiencial de la reflexión humana con valor didáctico. Aunque esa reflexión esté iluminada por Dios de manera genérica, lo sapiencial es específicamente tarea humana diversa de la profética. Sapiencial es la oposición de los destinos de justos y malvados. Sapiencial es la comparación del justo con imágenes de luz (Sal 112,4), o la imagen del tamo o la paja (cfr. Sal 1), como ejemplo de plantas inútiles; el presente oráculo escoge la imagen de las zarzas, que en la literatura profética y en algún salmo (118,12) describe al enemigo. Muy sapiencial es el tono sentencioso de los dos enunciados contrapuestos. Y también es sapiencial la instrucción sobre el buen gobierno y sus consecuencias. En cuanto al versículo 5, recuerda al oráculo de Natán, pero en sí no suena a enunciado profético –recordar una profecía no es en sí otra profecía–. Entonces, ¿qué significa esa tensión entre la solemne introducción profética –más de un tercio del poema– y la común enseñanza sapiencial? David pudo resumir su larga experiencia y trasmitirla a sus sucesores sin necesidad de tanto aparato. En este momento David recuerda rápidamente su historia: hombre elevado a lo alto, ungido del Dios de Jacob, favorito de los cantores de Israel. En este momento se siente invadido por el Espíritu del Señor para anunciar el futuro, que comienza precisamente en él. Se trata de su dinastía: reafirmando la profecía de Natán, la trasmite como profeta a sus descendientes con autoridad divina, no como simple repetidor. La promesa dinástica levanta a la esfera profética los elementos sapienciales; la promesa es vista como pacto, es decir con exigencias que condicionan los dones. Si ha sido elegido rey, es para vivir como mediador de la justicia divina que da paz y bienestar a su pueblo; si los malvados dentro o fuera intentan turbar ese reino de justicia, el hierro y el fuego los consumirá. No tiene otro sentido su elección y sus victorias. Sólo en esas condiciones se transmitirá a sus sucesores. Pero es un pacto eterno: David anuncia y desea el reino de justicia. Es su programa, su legado, su esperanza. Lo siente germinar en sí y prevé su crecimiento sin más detalles. De este modo el oráculo de David es germinalmente mesiánico: tocará a lectores posteriores, aleccionados por la historia e iluminados por Dios, ir descubriendo su sentido y hacer que siga creciendo hacia el futuro.
23,8-39 Nombres de los guerreros de David. Esta colección de tradiciones davídicas es importante porque nos revela las estructuras de la administración de David, que de otro modo nos serían totalmente desconocidas. Estas estructuras están integradas por los grupos conocidos como los Tres y los Treinta. Los Tres eran Isbaal, Eleazar y Samá. Fuera de aquí, nada sabemos de ellos ni de sus hazañas. La historia de la ofrenda de los héroes en los versículos 13-17 parece ahora estar asociada a estos tres guerreros. Por lo que respecta a los Treinta, conocemos a cuatro de sus miembros: Abisay, Benayas, Asael y Urías, el hitita. Las hazañas atribuidas a Abisay y Benayas también nos eran desconocidas. Se hace una clara distinción entre los Tres y los Treinta. Abisay era comandante de los Treinta, pero no formaba parte de los Tres (19). Benayas era famoso entre los Treinta, pero tampoco formaba parte de los Tres (23). El total de las personas suma treinta y siete (39). Probablemente no todos fueron miembros simultáneamente. Estos dos grupos, importantes en apariencia, son totalmente silenciados en las tradiciones davídicas, exceptuando este pasaje.
24,1-25 La peste. Se compone de tres secciones: el censo (1-9), la peste (10-15), el altar (16-25). La primera tiene un carácter administrativo, la segunda es numinosa, la tercera es cúltica. Las tres se organizan perfectamente: partiendo del hecho de la peste, el censo es su causa, el altar su remedio. No cuesta comprender que la peste aparezca como castigo de Dios: el enviado del Señor hiere de peste al ejército de Senaquerib, el exterminador hería a los egipcios, hambre-espada-peste-fieras son cuaterna clásica de vengadores divinos. Concretamente la peste, más que otras desgracias, aterrorizaba extrañamente al hombre antiguo: su difusión rápida e incontenible, su ejecución sumaria y sin distinción de edades o personas, unido a la ignorancia de sus causas y proceso, envolvían a la peste en un aura numinosa. Era una fuerza demoníaca o un verdugo al servicio de un Dios misterioso. En la concepción yahvista (J), que reconoce un solo Dios –al menos para Israel–, la peste no puede ser instrumento de otra divinidad adversa, sino que ha de estar sometida al Señor. Por eso denuncia violentamente un estado de pecado o contaminación, que se ha de remover expiando, aplacando, confesando la culpa. David confiesa su pecado y edifica un altar para aplacar la cólera divina. En su afán de comenzar y concluir con la acción del Señor, el autor dificulta la comprensión de su relato; queda muy clara la gran inclusión, la soberanía del Señor que abarca todo el arco de los sucesos, causas y efectos y remedios; resulta extraño, sin embargo, su modo de obrar. Si todo hubiera comenzado con el pecado de David, no nos costaría entenderlo: al fin y al cabo David es mediador de bienes y desgracias para su pueblo. Pero el versículo 1 dice que Dios instiga a David a cometer un pecado, para castigar con tal ocasión al pueblo –que se supone pecador–. El Primer libro de las Crónicas (21,1) corrige diciendo que fue Satán quien instigó a David; Satán, el adversario de Israel y del plan de Dios. El narrador primitivo no intenta racionalizar a Dios, acepta su santidad incomprensible, reconoce su dominio sobre los motivos humanos y expresa a su manera, en términos antropomórficos, su misteriosa acción en la historia humana.
