Job
Capítulo 41
Pues bien, su esperanza queda defraudada. ¿También Dios al verlo quedará derribado?
No será cruel cuando lo provoque. ¿Quién resistirá frente a mí?
¿Quién me hará frente y saldrá ileso? Cuanto hay bajo el cielo es mío.
No dejaré de describir sus miembros ni su fuerza incomparable.
¿Quién le abrió su dura piel y penetró por su doble coraza?
¿Quién abrió las dos puertas de sus fauces rodeadas de dientes espantosos?
Su espalda son hileras de escudos cerrados y duros como la piedra,
tan unidos unos con otros que el aire no pasa entre ellos;
soldado cada uno con el vecino, se traban y no se pueden separar.
Su estornudo es como relámpago, sus ojos parpadean como la aurora;
de sus fauces salen antorchas y se escapan chispas de fuego;
de sus narices sale una humareda como de un caldero hirviente;
su aliento enciende carbones y saltan llamaradas de sus fauces.
En su cuello se asienta la fuerza, ante él danza el terror.
Su carne es compacta, firmemente pegada a su cuerpo;
su corazón es duro como roca, duro como piedra para moler.
Cuando se levanta, tiemblan los héroes, y se rinden consternados.
La espada que lo alcance no resiste, ni la lanza, ni el dardo, ni el asta,
pues para él el hierro es paja y el bronce madera carcomida;
no lo ahuyentan las flechas, polvo son para él las piedras de la honda;
para él la maza es pelusa, se ríe del silbido de la flecha.
Su panza de tejuelas afiladas araña el barro como un rastrillo;
hace hervir el fondo como una caldera y humear el agua como una caldera hirviente;
detrás deja estela brillante, el agua como barba encanecida.
En la tierra nadie se le iguala a él, que fue creado intrépido.
Se encara con todo lo elevado y es el rey de todas las fieras.

Comentarios
Discursos del Señor.
El Señor ha estado oyendo y tomando nota (35,13), ahora habla. Los amigos pensaban que no había necesidad de que Dios hablara. Job, por el contrario, sí; le ha pedido, o bien una lista de cargos, o bien un veredicto. Todos quedan sorprendidos. El Señor entra como uno más en el debate y responde con dos discursos (38,1–40,2; 40,6–41,26), a los que Job, a su vez, contestará brevemente con otros dos (40,3-5; 42,1-6). El Señor no responde a ninguna de las cuestiones planteadas; en realidad, sus palabras ofrecen solamente una serie de contrapregun-tas encaminadas a sacar a Job de su pequeño mundo y a abrirle un horizonte más amplio.
Segundo discurso del Señor.
El Señor lanza de nuevo un desafío. ¿Es realmente necesario que Job condene a Dios para afirmar su inocencia? (40,8). A continuación, se presenta la descripción de dos grandes mons-truos: Behemoth (40,15-24) y, más extensamente, Leviatán (40,25–41,26). Los expertos desean ver en ellos al hipopótamo y al cocodrilo –y así lo hemos traducido–, pero en la cultura del Medio Oriente también son mitos y símbolos del caos primordial, a los que el Señor, al crearlos, domina y controla. Probablemente estamos ante una mezcla de zoología y mitología. Dios desafía a Job: ¿Puedes tú, acaso, pasar una soga por sus narices? ¿Puedes capturarlos? (40,24). Ambos se pavonean por el mundo, embistiendo y atacando para hacer que todo vuelva al caos, pero no son ellos quienes mandan: ¡es Dios! Y Dios no los destruye; los controla.