Vigésimoctavo Domingo del Tiempo Ordinario – Año A
Mateo 22,1-14
Un buen domingo para todos.
La sociedad de Israel en tiempos bíblicos estaba compuesta por pastores y agricultores que llevaban una vida bastante dura; eran gente sencilla que tenía que trabajar una tierra llena de piedras en las montañas porque las grandes llanuras de Sharon a lo largo de las costas del Mediterráneo, y la de Esdrelón, estaban en manos de los grandes terratenientes.
Estos pobres campesinos debían liberar primero el campo de piedras para poder labrarlo. Y se veían obligados a trabajar durante largas horas bajo un sol abrasador y con herramientas muy rudimentarias si querían ganarse apenas una comida frugal para alimentarse y sustentar a sus familias.
Estos «pobres de la tierra» también organizaban alguna fiesta de cuando en cuando, pero los suntuosos banquetes con los que soñaban sólo se los podían permitir los ricos, queexplotaban a los trabajadores pobres.
En la historia de Israel hubo un momento especialmente dramático para estos «pobres de la tierra», como se les llama en la Biblia. Ocurrió que, después del exilio, varios grupos de los que habían sido deportados a Babilonia volvieron a Judea, a Israel. Por supuesto no eran los que habían sido exiliados por Nabucodonosor sino sus hijos y los hijos de sus hijos. La mayoría de ellos habían hecho fortuna porque Nabucodonosor no había deportado a los ancianos ni a los enfermos ni a los cojos. Solo había llevado a gente capacitada –a los artesanos– y estos, después de algunos años, ya se habían establecido muy bien en Babilonia.
¿Quiénes eran los que habían regresado a la tierra de sus padres? Los que no lograronamasar riqueza en Mesopotamia. Y cuando regresaron a la tierra de sus antepasados,encontraron que ya había sido ocupada por otros. De modo que, para sobrevivir, tuvieron que ponerse al servicio de estos nuevos propietarios que comenzaron a explotarlos y cometieron todo tipo de abusos contra ellos.
Es en este contexto que, en el siglo V a.C. aparece un profeta en Israel, enviado por el Señor para anunciar una palabra de esperanza a estos pobres de la tierra. ¿Y qué prometió este profeta? Lo que todos esperaban: que algo cambiaría en la sociedad. Que el mundo que deseaban y al que aspiraban sería diferente. Y, para presentar la nueva realidad que el Señor introduciría, el profeta empleó una imagen. ¿Qué imagen podía elegir para presentar este nuevo mundo? La que mejor podían entender: un gran banquete. Ellos nunca habían tenido grandes banquetes; sólo podían soñar con ellos.
Esta es la promesa del profeta a la que se refiere la Primera Lectura de este domingo. El profeta proclama que el Señor del Universo preparará un banquete para todos los pueblos en este monte sobre el que se alza la ciudad de Jerusalén. Y luego lo describe: “Habrá alimentos sabrosos, vinos finos, comida suculenta…” Los que lo escuchaban se refregaban los ojos y movían la cabeza porque nunca habían visto un tal banquete. Pero además no estaría reservado a los israelitas, sino que sería una mesa tendida y abierta para todos los pueblosporque en el nuevo mundo se involucraría a toda la humanidad.
Cuatro siglos habían pasado desde esta profecía y nada distinto había sucedido. El mundo seguía igual que antes: las mismas injusticias, los mismos dolores, las mismas lágrimas para los pobres de la tierra. Ellos se preguntaban: “Pero ¿será fiel el Señor a sus palabras? Lo prometió por boca del profeta”. No obstante, los israelitas siguieron creyendo en la fidelidad del Señor. Israel siempre decía: “Nuestro Dios es de palabra; si ha prometido, cumplirá”. Y un día, entre los pobres de la tierra, apareció Jesús de Nazaret y cumplió la profecía. Y comenzó el banquete. Escuchemos:
Jesús tomó de nuevo la palabra y les habló con parábolas: ‟El reino de los cielos se parece a un rey que celebraba la boda de su hijo”.
En Israel todos sabían de memoria la profecía de la que hemos hablado y los rabinos mantuvieron vivo el recuerdo de esta promesa citándola a menudo. La representaban con la imagen de dos mundos; el mundo actual, lleno de miseria y penas, de lágrimas e injusticia–un mundo que no gusta a nadie– y el mundo futuro o por venir, que estará repleto de alegría, de fiesta eterna. Lo llamaron «el Gran Edén» que, en hebreo, significa “delicia”. Es decir, «el Jardín de las delicias». Esto sería en el mundo futuro, en ‘el otro’ mundo que sería realizado.
Pero Jesús viene y dice que ese mundo nuevo no es el futuro, que el reino de Dios se realiza aquí, en el más acá, porque Dios ha decidido preparar el banquete en este mundo. Es aquí donde Dios quiere que sus hijos e hijas sean todos felices; en el otro mundo se encargará Dios. El reino de Dios se va a construir aquí y es presentado por Jesús con esta imagen del banquete que no es nueva, que tomó del profeta.
Conocemos otras imágenes del reino de Dios usadas por Jesús. Él dijo que es como un grano de mostaza; que el reino de Dios, que comienza en el mundo viejo, es una semillapequeña, pero es muy fuerte. Esta semilla alberga en sí una vida que se desarrolla y produce algo inesperado y extraordinario. Jesús también dijo que es como un campo en el que hay grano bueno que se desarrolla, en el que crece trigo bueno, pero también está presente y seguirá estando presente la cizaña.
Hoy Jesús nos presenta la imagen que tomó del profeta. El reino de Dios es un banquete, una fiesta de bodas. Ahora queremos desarrollar esta imagen, comprender lo que contiene esta imagen que tomó del profeta.
En primer lugar, es un banquete, una fiesta. ¿Quién sabe por qué razón la adhesión a Cristo, a su Evangelio, estuvo envuelta en un velo de tristeza, en el ‘dolorismo’ (cuanto más se sufría, más se preparaba uno para el otro mundo)? El Padre envió a su Hijo al mundo sólo porque quiere que se construya un mundo de alegría para todos sus hijos e hijas. Recordemos lo que dijeron los ángeles en el momento del nacimiento de Jesús; dijeron a los pastores que les anunciaban una gran alegría y Jesús vino al mundo precisamente para comenzar este nuevo mundo. En el viejo mundo no puede haber alegría. Los saciados festejan. Pero ¿cómo pueden festejar y sonreír esta gente mientras a su alrededor están los hambrientos, los miserables, los enfermos, los sin hogar? Podrán experimentar los placeres, la locura, el aturdimiento, el hedonismo, la embriaguez, pero la alegría no es posible en el viejo mundo.
Esto es lo que Jesús dice a todos: “Si quieres experimentar la alegría, debes aceptar la invitación a entrar en el banquete del reino de Dios”.
El segundo asunto que debemos considerar en esta imagen del banquete que es el mundo nuevo, un mundo de alegría, es quién es el organizador de la fiesta. ¿Quién la organiza? No son los invitados, ciertamente. La parábola dice que es un hombre, un rey, aludiendoclaramente a Dios. Él es quien organiza el banquete. Pero hay algo más: el banquete es gratuito y es para todos. La sala del banquete es nuestro mundo en el que todos llegamos como invitados y encontramos la sala preparada para nosotros. Los hombres somos todos comensales; nadie es dueño. Todos los males que encontramos en el mundo antiguo provienen del hecho de que alguien actuó como amo.
Dios ha preparado un mundo hermoso para sus hijos e hijas, no un valle de lágrimas. Él ha puesto a su disposición todo lo que necesitan: el alimento necesario para que tengan una vida plena. Alguien ha olvidado que es un huésped y ha pensado que podía disponer de lo que pudiera conseguir como si él fuera el amo y entonces introdujo la ley del mercado: acaparar vendiendo al mejor postor y beneficiarse del intercambio para luego enriquecerse acumulando más y más bienes. Esta mentira de considerarse el amo de algo da lugar en la sala del banquete, que es nuestro mundo, a rivalidades, competición, rencores, guerras.
El banquete organizado por el rey nos recuerda esta verdad: Todo es de Dios; nada es nuestro. Somos administradores de bienes que no son nuestros; todos los adjetivos posesivos son mentira. Si se acepta la lógica de la gratuidad, todo cambia; así, se entrega al hermano necesitado el pan que necesita para su vida y de Dios recibimos el alimento que cada uno necesita. Estamos bien hechos; estamos programados para esta relación de amor e intercambio de bienes con nuestros hermanos porque todos los que vienen a la sala delBanquete, que es nuestro mundo, son hijos e hijas del mismo Padre.
En la lógica del reino de Dios, no doy algo mío porque soy generoso, sino que doy todo lo que el otro necesita porque tengo estos dones para entregárselos. No me pertenecen; lo que tú tienes en mano es para entregarlo a los necesitados; es desde la lógica de la atención a las necesidades del otro, desde la lógica del amor donde nace el nuevo mundo.
La tercera característica: En un banquete de bodas uno no se aísla para comer solo. Son los animales los que están plenamente satisfechos cuando consiguen saciar sus antojos a solas. El hombre no está programado para comer solo sino para la convivencia, para experimentar la alegría de ver a su alrededor que todo el mundo es feliz. El banquete del reino de Dios no es, por tanto, la orgía de los avariciosos de los que habla el profeta Amós, de los que, tumbados en camas de marfil, echados en sus divanes, comen los corderos del rebaño hasta hartarse, cantan al son del arpa, beben vino en grandes copas y se desinteresan de los pobres a quienes explotan para enriquecerse. No es atiborrándose de bienes como se es feliz. La alegría sólo la puede experimentar quien acepta la lógica del nuevo mundo, que es la convivialidad, la compartida fraterna, la atención al otro, a sus penas, a sus alegrías, a sus decepciones y a sus esperanzas.
La cuarta característica que captamos del Reino de Dios en esta imagen del banquete es la acogida recíproca. A la sala del banquete, que es nuestro mundo, vienen todo tipo de personas de diferentes culturas, de diferentes pueblos, naciones y lenguas. En el banquete las personas son acogidas en su diversidad. Del banquete del reino de Dios se excluye toda discordia. La diversidad es una riqueza, no un motivo de discordia. La acogida la tomamos en esta imagen de la parábola del banquete. El mundo nuevo es donde cada uno es recibido con sus cualidades y con sus limitaciones.
Ahora cabe preguntarte: ¿Aceptas o no aceptas esta lógica? ¿Quieres seguir construyendo el mundo según la lógica de los antiguos banquetes o aceptas la invitación a entrar en el nuevo mundo? A muchos les gusta continuar en el viejo mundo donde pueden banquetear solos como ricos epulones. Pero esos no serán felices. Y la parábola continúa ahora presentando tres grupos de sirvientes, que son los encargados de traer a los invitados porque el amo, que es Dios, quiere que todos entren en este banquete, es decir, que acojan la lógica del nuevo mundo. Escuchemos:
Envió a sus sirvientes para llamar a los invitados a la boda, pero éstos no quisieron ir. Entonces envió a otros sirvientes encargándoles que dijeran a los invitados: “Tengo el banquete preparado; mis mejores animales ya han sido degollados y todo está a punto; vengan a la boda”. Pero ellos se desentendieron: uno se fue a su campo, el otro a su negocio; otros agarraron a los sirvientes, los maltrataron y los mataron.
La parábola nos habla de un envío. El rey, que organizó la fiesta, envió a dos grupos de sirvientes; primero a unos y luego a otros. ¿A quiénes representan estos dos grupos y a qué invitados fueron a buscar? Representan claramente a los profetas que el Señor envió en primer lugar a los hijos de Abrahán, a los israelitas, para anunciarles el advenimiento del Mesías, para que acogieran su propuesta de un mundo nuevo, del banquete del reino de Dios.Pero la respuesta de ellos fue negativa. ¿Quiénes rechazaron la invitación? ¿A quién representan? Son los líderes espirituales de Israel, los escribas, los ancianos, los sumos sacerdotes, que no escucharon las palabras de los profetas y se inventaron una relación con Dios que no era la que los profetas habían enseñado.
Los profetas habían dicho que el Señor no está interesado en sacrificios, holocaustos, incienso; que quiere obras de amor. Esta era la preparación para el banquete que luego propuso Jesús, el Mesías de Dios. Ellos rechazaron la invitación a la conversión que les había dirigido Juan el Bautista. ¿Por qué la rechazaron? Porque les gustaba el banquete que se habían organizado para ellos: la práctica religiosa repleta de disposiciones y preceptos inventados por los hombres que, como Jesús dice, eran una carga insoportable sobre la espalda de la gente.
Está claro que esta relación con Dios que enseñaban y predicaban no comunicaba ninguna alegría; era como un banquete de bodas sin vino, como en la boda de Caná, donde sólo había jarras para la purificación. Esta era su religión, hecha de prescripciones, pecados y purificaciones. No daba alegría a nadie; era un banquete viejo. Pero esta religiosidad les encantaba a los líderes espirituales. A ellos les gustaba el dios legislador y justiciero que ama y bendice a los buenos, y sólo a los buenos, y no concede sus favores a los pecadores que osan desafiarle transgrediendo sus preceptos. Ellos no aceptaban al Dios presentado por Jesús, el Dios que festeja y se sienta con publicanos y pecadores. En fin, los líderes espirituales rechazaron la invitación; no les interesaba el nuevo banquete.
Tengamos cuidado porque los fariseos del tiempo de Jesús ya están muertos pero el fariseísmo aún continúa existiendo. Podríamos ser nosotros hoy los que rechazamos el banquete ofrecido por Jesús porque preferimos la vieja religiosidad hecha de observancias, de premios, castigos y méritos. Esta religiosidad tranquiliza nuestras conciencias; nos hace sentir bien con Dios o, más bien, en crédito con Dios, porque somos merecedores de recompensas por las muchas obras buenas que hacemos. Este no es el banquete del reino de Dios; sigue siendo el de los fariseos. El banquete del reino de Dios se caracteriza por el amor gratuito de Dios hacia nosotros y de nosotros hacia todos nuestros hermanos y hermanas.
Observemos ahora lo que sucede al segundo grupo de enviados cuando van en busca de sus invitados. Estos invitados ya no son los líderes espirituales del pueblo sino los que están replegados en las realidades materiales. De hecho, en la parábola se habla de campos y negocios. Es decir, se hace referencia a personas que tienen inversiones en fincas, de latifundistas que poseen fincas que deben ser valoradas y visitadas. Su banquete es el que les satisface; ellos ya tienen un banquete –el del negocio, el de la acumulación de dinero y bienes– y no quieren ser molestados por otras propuestas de vida. Y cuanto más se repliegan en este banquete material, menos dispuestos están a aceptar la invitación a la fiesta donde los bienes no se acumulan, sino que se comparten. Ellos quieren seguir con el banquete en el que cada uno tiene que arreglárselas, en el que cada uno tiene que conseguir lo que necesita y, si no lo encuentra… ¡que se las arregle!
Este segundo grupo tampoco acoge la invitación porque entiende muy bien lo que supone la vida en el banquete del reino de Dios: exige la atención al otro compartiendo el amor gratuito. Y, sin embargo, se engañan pensando que pueden colmar con riquezas y placeres la necesidad de alegría infinita presente en sus corazones como en el corazón de toda persona.
Hay quienes no se interesan por la invitación y, simplemente, continúan con sus banquetes religiosos o materiales. Pero también están aquellos a los que les molestan los mensajeros… Esos son precisamente los que rechazan al segundo grupo de mensajeros, es decir, los empeñados en realidades materiales que advierten fácilmente que la lógica del banquete propuesto por Jesús denuncia la injusticia presente en sus banquetes. Y si los mensajeros insisten un poco, ellos recurren a la violencia para silenciarlos y quitarlos de en medio. Este es el destino incluso de los profetas de hoy cuando tienen el valor de denunciar la injusticia presente en los banquetes económicos y políticos de este mundo.
Y ante la negativa de este segundo grupo, ¿qué hace el rey? Escuchemos:
El rey se indignó y, enviando sus tropas, acabó con aquellos asesinos e incendió su ciudad.
Antes de presentar al tercer grupo de sirvientes, leemos el extraño paréntesis de esta ciudad en llamas. Veamos lo que trata de decirnos. Notemos, en primer lugar, que este versículo no pertenece a la parábola contada por Jesús; interrumpe la narración y, si intentamos quitar este versículo, nos damos cuenta inmediatamente de que la historia fluye de manera lógica. Luego, es difícil imaginar un banquete que comienza y, en el medio, hay una guerra. Y al final de la guerra, que la comida sigue en las mesas y los invitados esperan a que termine la guerra para poder continuar el banquete…
Se trata de un versículo introducido por Mateo cuyo objetivo era arrojar una luz que ayudara a entender el significado de un acontecimiento dramático ocurrido unos quince años antes: la ruina de la ciudad de Jerusalén. Los primeros cristianos se preguntaban por qué la ciudad santa había terminado así. Y daban su respuesta con el lenguaje del Antiguo Testamento. Hablaron de un castigo. Pero ¿qué se entendía en el Antiguo Testamento cuando se hablaba de ‘castigos’ de Dios? Sabemos que Dios no castiga, no añade más mal a lo que el hombre se hace a sí mismo cuando se descarría, cuando peca. Cuando en el Antiguo Testamento se habla de los castigos de Dios, se refiere a las consecuencias del pecado; es el pecado el que castiga al hombre y a veces lo castiga hasta la tercera y la cuarta generación porque las consecuencias del pecado son siempre dramáticas.
No podemos usar este lenguaje hoy porque es arcaico; necesariamente tenemos que hacer una transposición y reformular esta imagen para hacerla comprensible al hombre de hoy. Hoy es blasfemo hablar de los castigos de Dios porque, en nuestro lenguaje, esa expresión ya no tiene el significado que tenía en la Escrituras: allí se hablaba de las consecuencias del pecado.
El mensaje hoy lo podríamos traducir así: Quien rechaza la invitación al banquete delreino de Dios es responsable de que el abuso, la violencia, las guerras y la destrucción continúan en el mundo. Estos no son castigos de Dios sino las consecuencias de querer continuar con la lógica del viejo mundo, que es la de la competición. Y las consecuencias son siempre dramáticas.
El pecado de Israel fue rechazar la propuesta del mundo de paz y de amor hecha por Jesús y elegir en su lugar la violencia. Y la consecuencia de este pecado fue la ruina de la ciudad. La consecuencia del pecado se presenta en este versículo con el lenguaje arcaico del castigo de Dios. Y después de este intermezzo, la parábola de Jesús continúa con el envío del tercer grupo de siervos. Escuchemos:
Después dijo a sus sirvientes: “El banquete nupcial está preparado, pero los invitados no se lo merecían. Vayan a los cruces de caminos y a cuantos encuentren invítenlos a la boda”. Salieron los sirvientes a los caminos y reunieron a cuantos encontraron, malos y buenos. El salón se llenó de convidados.
¿A quiénes envió a buscar el rey al tercer grupo de siervos? No a los notables ni a los ricos, no a los piadosos ni a los devotos, no a los sacerdotes, a los que ya han dicho que no. El tercer grupo es enviado, según el texto griego, “allí donde convergen las calles”. Y ¿dónde convergen las calles? En las plazas donde hay mercados; tienen que ir justo allí donde la gente común se reúne, donde están los pobres, donde se junta de todo, comerciantes honestos, estafadores, ladrones, narcotraficantes. Deben ir allí y ofrecer a todos esta invitación a entrar en la sala del banquete. Por eso se dirigen a los pobres, a los marginados, a los despreciados, a los recaudadores de impuestos, a las prostitutas, a todos, buenos y malos; nadie queda excluido de esta invitación.
¿Y quiénes integran este tercer grupo de servidores? Ya no son los profetas; ellos hablaron al pueblo de Israel. El tercer grupo está compuesto por aquellos que fueron enviados directamente por Jesús, esto es, los apóstoles. Y todos nosotros somos esos ángeles que han puesto su vida a disposición del plan de Dios para el mundo. Y para que nuestra misión sea efectiva y exitosa, es necesario ante todo que hayamos tenido la experiencia de la alegría de este banquete en el que hemos entrado; que verdaderamente hayamos aceptado la lógica del reino de Dios y nos hayamos dado cuenta de que nos da alegría, que nos hace feliz, que da pleno sentido a nuestra vida. Si hemos tenido esta experiencia, sentiremos ciertamente la necesidad de salir e invitar a todas las personas que amamos para que también ellos puedan tener esta experiencia, para que entren en la sala del banquete. Si no lo hacemos, si no sentimos esta necesidad, significa o que no hemos tenido la experiencia de la alegría del banquete, o que no amamos a las personas que aún están afuera y no sentimos esta necesidad de invitarles.
La necesidad de proclamar, de evangelizar, surge del amor. ¿Con quién tendremos que tratar en el mercado? Encontraremos de todo, gente mala y gente buena. A veces oigo a estos ángeles enviados allí al mercado para extender la invitación, gente buena, generosa, animada por mucho celo, y les oigo presentar sus perplejidades y decir: “¿Pero valdrá la pena?” Dudanen salir porque dicen que la gente no está interesada en el Evangelio, que no está interesada en el banquete: “Ya armaron sus propias fiestas. ¿Por qué los vamos a molestar? No nos escuchan. Y también son gente distante; incluso a veces se burlan de nosotros…”.
A los que dudan en salir, siempre les digo: “Si estas personas que están en la plaza ya estuvieran en la sala del banquete, Jesús de Nazaret no los hubiera mandado a hacerles la invitación; si los manda, es porque esas personas están afuera. Así que no se sorprendan de que las personas que están allí sean personas que aún no han aceptado la invitación y que, por tanto, no entienden la belleza de esta propuesta que hace Jesús de Nazaret”.
Y ahora, tratemos de pensar con quién nos encontraremos allí, en esa plaza, para poder tener en cuenta la respuesta que obtendremos. Ante todo, yo diría que, en primer lugar, encontraremos personas que dudan, personas a quienes no les apetece aceptar inmediatamente, cambiar su banquete, porque ya tienen sus fiestas y quieren seguir disfrutando de su vida un poco más; es probable que esa gente piense en entrar más tarde. Muy bien, tengamos paciencia; hemos hecho nuestra propuesta. Tal vez encontremos también algunas personas que digan: “Entiendo que ese banquete es para el otro mundo, así que, mientras tanto, voy a seguir disfrutando del banquete aquí y, al final de mi vida, entraré en el reino de Dios”. Le diremos: “Mira; después es tarde; has perdido la oportunidad de ser feliz en este mundo porque el reino de Dios no es para el más allá; aquí es donde Jesús quiere construirlo”. Tal vez no lo entiendan, pero nosotros hemos ofrecido esta invitación que quisiéramos que acepten para entrar en la sala del banquete.
Seguramente en el banquete encontraremos también a aquellos que entran inmediatamente pero no por la razón correcta sino porque tienen miedo de acabar en el infierno si no entran… De modo que allí habrá gente que está dentro no por amor sino pormiedo. También habrá este tipo de respuesta en el mercado. Pero habrá sin duda quienes entiendan que el reino de Dios es una fiesta y entren decididamente, sin demora, porque no quieren perderse ni un solo momento de la alegría que se les ofrece.
Tengamos en cuenta que los que entran no se convierten inmediatamente en perfectos, no aceptan completamente toda la lógica del banquete; traerán también algo de miseria y debilidades morales, de flaquezas. Y a menudo estarán todavía atados a la lógica del comercio –el intercambio– por lo que tratarán de acumular un poco; no pondrán todo a disposición del hermano… Paciencia. En el reino de Dios, está el buen trigo, pero siempre habrá cizaña.
La conclusión de la parábola es conmovedora. ¡La sala se llenó! Está reunida toda la familia, llena de gente recostada, posición que simboliza a la gente libre de apego a las posesiones, libre de corrupción moral, de rencores, de vicios… La sala está llena, no falta nadie; todos los hijos e hijas un día serán recibidos en esta sala. Primero aceptarán la invitación que se les dirige. Nuestra tarea, sin embargo, es hacerlo bien porque, que sea aceptada o no, también dependerá en mucho de la forma en que hagamos esta propuesta. Y si hacemos bien nuestra tarea, la gente no puede sino sentirse atraída por la propuesta de nuevo mundo que les hacemos.
Podría cerrarse aquí el telón de la parábola. Sin embargo, no termina así. Continúa con un episodio que parece venir a arruinarlo todo. Escuchemos:
Cuando el rey entró para ver a los invitados, observó a uno que no llevaba traje apropiado. Le dijo: “Amigo, ¿cómo has entrado sin traje apropiado?” Él enmudeció. Entonces el rey mandó a los guardias: “Átenlo de pies y manos y échenlo fuera, a las tinieblas. Allí será el llanto y el crujir de dientes. Porque son muchos los invitados pero pocos los elegidos”.
Digamos la verdad de inmediato: el comportamiento de este rey nos deja sin palabras. Aquí parece que estamos ante una doble personalidad; a este gobernante que antes era generoso, bueno con los desafortunados, ahora, por una falta menor, se le quiebran los nervios y se vuelve duro, incluso cruel; ya no le reconocemos. Es evidente que esta parte de la historia no guarda relación con la anterior; no encaja con lo que se ha contado antes.
La parábola terminaba con la sala del banquete llena de comensales y con el amo festejando con todos. ¿Por qué sorprenderse entonces de que haya algunos que no tengan vestido nupcial? La gente estaba en el mercado; sería de extrañar que hubiera alguien vestido de gala…
Estamos claramente ante una nueva parábola. Una nueva parábola que quiere responder a una pregunta surgida tras escucharla. ¿Cuál es la pregunta que surge?: ¿Bastará con haber dicho sí a la invitación y haber entrado materialmente en la sala del banquete, es decir, haber recibido el bautismo? ¿O será necesario después traducir en la vida concreta la elección que hicimos? Esta es la pregunta a la que Mateo responde con una nueva parábola.
¿Y por qué siente el evangelista Mateo esta necesidad de introducir una segunda parábola? Porque se dirige a comunidades que se encuentran en las últimas décadas del siglo I d.C. Han pasado más de 50 años desde la Pascua y estas comunidades, que eran muy fervorosas al principio, que habían dicho sí al Evangelio y habían entrado en la sala del banquete, habían perdido su fervor con el paso de las décadas. Muchos cristianos habían regresado a sus hábitos paganos incompatibles con el Evangelio como el apego a los bienes de este mundo. Y Mateo, que es pastor de almas, está preocupado porque se arriesgan al fracaso de sus vidas. Aunque se hayan bautizado, ellos vuelven a ser como los que rechazaron la invitación. Por eso Mateo introduce esta parábola de Jesús que nos habla del nuevo vestido del cristiano. Cuando uno entra en la sala del banquete, da la bienvenida al reino de Dios y debe cambiar su ‘vestimenta’.
En la Biblia, el ‘vestido’ representa la vida moral de las personas, el modo como estas personas son vistas por los que les rodean; pueden estar vestidas de orgullo, por ejemplo, o
de atención por los demás, de generosidad. Pablo, en el Nuevo Testamento, repite una y otra vez que el que entra en la sala del banquete, entra en el Reino de Dios, y por eso debe revestirse de Cristo. Y los que se encuentran con él, deben reconocer en él a un discípulo del Señor, deben reconocer al propio Maestro porque están vestidos con el mismo hábito.
Nos preguntamos entonces cuál es el vestido nupcial con el que se viste Jesús de Nazaret. Volvamos a lo que sucedió en la Última Cena relatada por Juan. En algún momento de la Última Cena, Jesús se quitó sus vestiduras y se quedó con su taparrabos. Esta era la forma de vestir en ese momento en el mundo judío. Se cubrían con el taparrabos, la túnica y luego el manto. El manto ya se lo había quitado. Jesús se quedó en taparrabos, la ropa del esclavo, porque empezó a hacer el servicio del esclavo, el de lavar los pies a los discípulos. Ese taparrabos, la prenda del esclavo, es la prenda que caracteriza a Cristo como Siervo. Y el verdadero discípulo de Jesús, llamado a servir, a ser esclavo de sus hermanos, debe estar siempre dispuesto a decir sí a los que le piden ayuda. Los amos son todos los pobres necesitados y el discípulo debe estar siempre vestido con este traje de bodas. En las bodas del Reino, el esposo es Cristo y la esposa, que es la comunidad cristiana, debe estar vestida con el mismo uniforme del Esposo: el uniforme del esclavo.
¿Y qué les pasa a los que no aceptan este traje nupcial, el del siervo? Aquí hay unas expresiones muy duras del amo: “Átalo de pies y manos; échalo fuera en las tinieblas donde habrá llanto y crujir de dientes”. Prestemos atención a este lenguaje que era propio de los rabinos. Como Mateo está hablando a una mayoría de la comunidad cristiana que era judía y por eso lo entendían muy bien; era la forma con la que los rabinos querían sacudir las conciencias. Y aquí Mateo quiere sacudir a estas comunidades cristianas que están en peligro de volver a la vestimenta pagana. Por eso emplea el lenguaje de los rabinos. Además, lasexpresiones “llanto y crujir de dientes” y “tinieblas”, sólo la encontramos en el evangelio de Mateo.
Intentemos traducir estas imágenes rabínicas. ¿Qué quiere decir Jesús a todos aquellos que le dijeron sí?: “Cuidado, porque si no aceptas este hábito de ser siervo, si no aceptas la lógica del banquete –que es la de compartir, la del servicio a tu hermano– te quedas afuera del banquete”. ¿Y qué les pasa a los que se quedan afuera? Permanecen en la sociedad del viejo mundo, la competitiva, la de las rivalidades y, por lo tanto, en una sociedad que no es un Edén sino un infierno porque es una sociedad inhumana.
No hace falta probarlo. Lo tenemos a la vista. ¿Qué produce nuestra sociedad? La lógica del mundo viejo, la lógica de la competición y la rivalidad. Es el infierno donde hay llanto y el crujir de dientes. Así que, si no aceptamos la lógica del Reino, nos quedamos afuera.Podemos ganar, vencer una o dos veces, pero al final seremos aplastados por alguien que es más fuerte. Esto es lo que quiere decir esta expresión tan severa empleada por Jesús.
La conclusión está en el último versículo de este pasaje del Evangelio: “Muchos son los llamados pero pocos los escogidos”. Lo que Jesús quiere decir con esta expresión no es que muchos son llamados pero pocos van al cielo; no. Todos son invitados, pero, por desgracia, no son muchos los que realmente se toman en serio, es decir, se dejan involucrar totalmente en la lógica del nuevo mundo.
Creo que Jesús nos está hablando a nosotros, los servidores del tercer grupo. No nos desanimemos; no esperemos que todos se involucren en esta nueva lógica; algunos lo harán, pero otros, aun cuando se adhieran un poco a la lógica del Evangelio, conservarán algunos aspectos paganos en su vida. Tengan esto en cuenta también ustedes, ángeles del tercer grupo de enviados.
Les deseo a todos un buen domingo y un buen fin de semana.
