Vigesimoséptimo Domingo en Tiempo Ordinario – Año A

Mateo 21,33-46

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Un saludo para todos.

En los últimos domingos hemos escuchado dos parábolas que tenían como tema la viña y hoy Jesús retoma el tema con una tercera parábola. Para entenderla, debemos recordar el famoso Canto de la Viña que se encuentra en el capítulo 5 del libro de Isaías y que la liturgia nos ofrece hoy como primera lectura. Se trata de un canto que fue compuesto y probablemente interpretado por el propio Isaías en una pequeña plaza de la ciudad de Jerusalén. Ya en aquella época había cantautores y, cuando uno sentía que tenía alguna vena poética y alguna historia que contar, la interpretaba en estas pequeñas plazas de la ciudad de Jerusalén.

Es precisamente el caso de Isaías; podemos entonces imaginarle rodeado de un grupo de amigos jóvenes; porque Isaías, cuando compuso esta canción, tenía poco más de veinte años. Comienza contando una historia de amor de un agricultor por su viña. Sus oyentes, que son jóvenes, comprenden inmediatamente que, tras la imagen del agricultor de la viña, se esconde un amor anhelante de algún joven del pueblo por una bella muchacha. Por eso se sienten bastante intrigados por la historia. De hecho, Isaías cuenta cómo empezó este amor y cómo luego fue cultivado con mil atenciones y cuidado. La vid no fue elegida al azar; el agricultor fue a un país extranjero y la eligió bien. Luego preparó la tierra, la limpió de las espinas, de las malas hierbas, de las piedras, y plantó esta viña en un lugar soleado porque debía dar uvas y vino bueno y fuerte. También construyó un muro circundante para protegerla. En resumen, la colmó de toda atención y cuidado.

A esta altura, también estamos implicados nosotros y queremos saber cuál fue el resultado de esta historia de amor. ¿Respondió la viña a estas atenciones y cuidados? He aquí la sorpresa: el viñador esperaba racimos de uvas excelentes y, en cambio, en el momento de la vendimia se encontró con cuatro uvas agrias e incomestibles; una amarga decepción.

Sabemos que los grandes amores traicionados siempre dan lugar a grandes odios. Y así, este agricultor es preso de ira y resentimiento incontenible. Derriba el muro de separación, quiere que los transeúntes pisoteen la viña, que los jabalíes que son animales salvajes (“mundanos”)― entren en ella y la devasten; que las zarzas la invadan, la sofoquen, y las nubes no viertan ni una gota de agua sobre esta viña.

¿De qué habla Isaías? ¿Qué se esconde detrás de las imágenes del agricultor y de la viña? Les mencioné que los jóvenes que le escuchan piensan ciertamente en un muchacho y una muchacha de la ciudad y también ciertamente hacen sus suposiciones. Al final de la canción,el profeta revela el enigma: el amante es el Señor y la viña es Israel, el pueblo que fue a comprar en Egipto y se trasplantó en la tierra de Canaán; un pueblo que ha decepcionado su amor. Y al final –dice el canto– Dios esperaba justicia y encontró derramamiento de sangre, esperaba rectitud y en cambio oyó sólo gritos de pueblo oprimido. ¿Qué hará, entonces, el Señor con esta viña que ha traicionado sus expectativas? Hemos oído su arrebato, la voluntad de destruirla. Tengamos cuidado; Dios no hace naturalmente estas cosas; son imágenes con las que el poeta quiere decirnos hasta qué punto el Señor está implicado en esta pasión de amor por el hombre.

Escuchemos ahora la parábola de Jesús en la que podemos apreciar de inmediatoreferencias al Canto de la Viña de Isaías. Escuchemos: 

Escuchen otra parábola: Un hacendado plantó una viña, la rodeó con una tapia, cavó un lagar y construyó una torre; después la arrendó a unos viñadores y se fue”.

En la época de Jesús había viñas de tamaño modesto, de carácter familiar; cada familia,junto a su propia casa, tenía unas cuantas plantas de vid. Y como la viña es muy longeva y puede vivir incluso durante siglos, se la quería casi como a un miembro de la familia porque acompañaba a varias generaciones de una misma familia. El Salmo 128 utiliza esta imagen: “Tu esposa es como una vid fructífera en la intimidad de tu casa”. Y cuando uno plantaba una vid significaba que estaba convencido de que él y sus hijos y nietos permanecerían mucho tiempo en ese lugar, y la viña se convertía así en signo de paz y prosperidad.

Y había también grandes terratenientes que poseían viñedos muy extensos; no los trabajaban; se los daban a campesinos arrendatarios y ellos iban a vivir a las grandes ciudades del Imperio Romano, en Roma, Antioquía, Alejandría o Éfeso. Regresaban en tiempo de vendimia para recoger los frutos. Y Jesús se inspira en esta realidad social y económica de su tiempo para componer su parábola e introduce a uno de estos grandes terratenientes.

En el análisis de la parábola vamos a proceder en dos niveles; nos referiremos primero al significado inmediato de la parábola porque Jesús se la cuenta a las autoridades religiosas que tiene ante sí y quiere hacerles reflexionar sobre los crímenes sin precedentes que están a punto de cometer. Pero también advertiremos que esta parábola es muy de actualidad para nosotros.Habla a la comunidad de los bautizados, de la Iglesia, que es la viña del Señor, aun cuando la Iglesia no ha sustituido a Israel: la viña del Señor sigue siendo la misma pero ya no se limita e Israel. Ahora ha involucrado a toda la humanidad.

El propietario representa claramente a Dios; hemos oído la descripción de todas sus atenciones y cuidados, muy parecidos (y Jesús los compara claramente) al Canto de Isaías. Repasemos estos cuidados del Señor. El primero: rodeó la viña con un seto; quería delimitar bien su propiedad porque no quería que extraños pusieran un pie en su campo, queríaprotegerla. Es lo que Dios hizo con Israel, su viña. En el capítulo 19 del libro del Éxodo, Diosdice: “Ustedes son de mi propiedad entre todos los pueblos de la tierra” y repite esto en muchos lugares del Antiguo Testamento. Los israelitas de aquella época creían que cada pueblo tenía su propio Dios y cada Dios su propio pueblo al que protegía y del que recibía los sacrificios, los holocaustos, las oraciones y el incienso. Así, Chemosh tenía su pueblo, los moabitas; Milcom tenía a su pueblo, los amonitas, los sirios de Damasco; Baal tenía su pueblo, los cananeos

El Señor tenía a su pueblo, su viña bien delimitada Israel y quería protegerla de la mentalidad idólatra, de las prácticas inmorales de los paganos. Sabemos que en el imperio romano los judíos eran conocidos no sólo por su monoteísmo sino sobre todo por su estricta moral, especialmente en el ámbito sexual. El Señor había protegido bien a su pueblo. ¿Cuál era el cerco de protección? La Torah, la Ley, que recordaba continuamente a los israelitas cómo se comportan los hombres verdaderos.

Hoy la viña del Señor tiene mucha necesidad de este seto de protección porque el mundo circundante razona y vive no según las Bienaventuranzas de Jesús de Nazaret sino según la lógica pagana; el pensamiento dominante no se refiere a los valores y propuestas evangélicos. Si esta mundanidad consigue infiltrarse en la mente y en el corazón de los cristianos, la infecta, daña esta viña. Incluso las mejores plantas se ven afectadas. ¿Cuál es el seto con el que el Señor hoy protege su viña? Es su Palabra, es el Evangelio.

La segunda preocupación del Señor es cavar un hoyo para prensar las uvas. La trituradora que puse al fondo es de dos siglos antes de Jesús, por lo que es muy antigua. Fíjense que hay dos piletas: en la más grande se prensaban las uvas. Y también pueden imaginar las trituradoras porque hay dos agujeros en la roca en los que insertaban dos palos y encima de ellos colocaban una viga a la que ataban cuerdas que utilizaban los trituradores para agarrarse y no resbalar mientras trabajaban. Y, mientras lo hacían, cantaban, bailaban, y esta es la señal de que de la viña el Señor se espera solo alegría, fiesta, canto, amor. He señalado al fondo esa trituradora y también ven que hay una cuba más pequeña donde se recogía el mosto. El profeta Jeremías recuerda en el capítulo 25 los gritos de júbilo de los trituradores.

Hoy Dios espera de la viña –que es la iglesia– que produzca alegría para toda la humanidad. Si los discípulos de Cristo están unidos como sarmientos a la vid que es Jesús de Nazaret y dejan circular su Espíritu, en ellos producirán el único fruto que interesa a Dios: las obras de amor. Los cristianos deben dar al mundo la prueba con sus vidas de que los que viven según el Evangelio viven en la alegría y producen alegría.

Tercera preocupación: Construyó una torre. Si uno visita Israel y pasa, por ejemplo, por los campos de Samaria, a menudo se ve en los campos algunas torres en ruinas como la que ven detrás de mí; algunas son muy antiguas y anteriores a la época de Jesús y también pueden apreciar la reconstrucción del modelo más común de estas torres. Esa se encuentra en el jardín bíblico de Jada Scemonat próximo a Jerusalén. En estas cabañas los campesinos guardaban sus herramientas de trabajo y en el tejado estaba el punto de observación para la vigilancia.

¿Qué significa esta torre? Es el símbolo de la mirada del Señor que protege, que vigila su viña, su pueblo, con una solicitud maternal. Vigila porque los ladrones y los bandidos siempre están dispuestos a saltar el muro y el seto y, si les dejas entrar, roban, matan, devastan la viña.

¿Cómo vela hoy el Señor por su viña? No lo hace él directamente sino que envía a sus ángeles, los mediadores de su cuidado. Conocemos a muchos de estos ángeles que están presentes en nuestras comunidades; son los que cuidan de que nadie eche a perder la viña del Señor, que no se introduzcan propuestas antievangélicas. Y cuando esto ocurre, estos ángeles que vigilan la torre intervienen inmediatamente alzando la voz, despertando la atención.

Después de haber confiado la viña a los campesinos, el gran propietario se ha ido y ahora comienza el tiempo de la recolección de los frutos. Los oyentes de la parábola son los fariseos, los líderes espirituales del pueblo, los sumos sacerdotes, es decir, los que ofrecen holocaustos al Señor. Debieron pensar mientras escuchaban la parábola: Si el Señor viene a pedirnos los frutos, los tenemos en abundancia. Basta ver la explanada del Templo está plagada de peregrinos que rezan, que traen corderos escogidos para ofrecérselos al Señor... El Señor ciertamente se quedará satisfecho si viene a nosotros a recoger el fruto”...

Sin embargo, escuchemos cómo continúa la parábola:

Cuando llegó el tiempo de la cosecha, mandó a sus sirvientes para recoger de los viñadores el fruto que le correspondía. Pero los viñadores agarraron a los sirvientes y a uno lo golpearon, a otro lo mataron, y al tercero lo apedrearon. Envió otros sirvientes, más numerosos que los primeros, y los trataron de igual modo.

¿A quién representan estos enviados que el dueño de la viña manda a recoger los frutos? Representan a los profetas. Jeremías, en el capítulo 7 de su libro, se refiere a su pueblodiciendo: “Desde que salieron de la tierra de Egipto, el Señor siempre ha enviado a sus siervos, los profetas, para mostrarles las decisiones correctas que debían tomar; pero no los han escuchado y decretaron su propia ruina”.

Jesús distingue entre dos grupos de enviados. Probablemente se refería a los profetas enviados por Dios antes del exilio y a los enviados después del exilio. ¿Y qué pedían estos profetas al pueblo de Israel? Pedían continuamente los frutos que espera el Señor. Lo dice Isaías en el primer capítulo de su libro: Aprendan a obrar bien; busquen el derecho, socorran al oprimido; defiendan al huérfano, protejan a la viuda” (Is 1,17). Y ¿qué encontraron en cambio estos enviados? Encontraron liturgias solemnes y sacrificios, corderos, incienso, prosternaciones, holocaustos. Estos no eran los frutos que Dios quería de su pueblo. Estas eran prácticas externas con las que se engañaban a sí mismos pensando que estaban bien con el Señor. De hecho, el profeta Isaías dice al principio de su libro: “No me traigan más ofrendas sin valor; el humo del incienso es detestable… sus solemnidades y fiestas las detesto… Cuando extienden las manos, cierro los ojos” (Is 1,13). No le interesan estas cosas. Él quiere la justicia.

En el capítulo 58, siempre Isaías, recuerda los frutos que Dios quiere. En lugar del falso ayuno, quiere el verdadero ayuno que agrada a Dios:Doblar la cabeza como un junco, acostarse sobre estera y ceniza ¿a eso lo llaman ayuno? El ayuno que yo quiero es este: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos; compartir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no despreocuparte de tu hermano, que es tu misma carne” (Is 58,3-7). Ellos son tus hermanos.

Estas llamadas de los profetas, sin embargo, molestaron a los israelitas. Y ¿qué hicieronentonces con los enviados? Exactamente lo que Jesús cuenta en la parábola: a unos los apalearon, a otros los apedrearon, a otros los mataron. El más odiado de todos fue Jeremías, que fue apedreado y arrojado a una cisterna. Urías fue asesinado; Zacarías, apedreado en el patio del Templo. Esto le ocurrió a Israel. Así fue cómo trataban a los profetas que continuamente venían a pedir los frutos que Dios quiere: justicia, amor, atención a los pobres.

Y hoy el Señor sigue enviando a sus profetas, que llaman y exigen los mismos frutos.¿Cómo son tratados estos profetas? Intentemos pensar cómo fueron recibidos por sus propios hermanos de fe: Primo Mazzolari (un sacerdote italiano que trabajaba en las periferias), Don Lorenzo Milani (profeta de una Iglesia en salida), Oscar Romero (obispo salvadoreño que defendía la opción por los pobres), Tonino Bello (obispo italiano, pacifista), Turoldo (servidor de la Palabra). Tratemos de preguntarnos qué pasa hoy con los que piden una actitud más evangélica, con los que reclaman que se acabe con el arribismo en la Iglesia. ¿Qué pasa con los que denuncian la forma en que se gestionan hoy los bienes de la Iglesia, una formacontraria al plan del Creador? ¿Qué pasa con los que denuncian una religiosidad hipócrita quesolo apacigua las conciencias pero no da al Señor lo que él realmente quiere? ¿Qué ocurre con los profetas que denuncian la incoherencia de ciertas prácticas religiosas, de ciertas tradiciones que nada tienen que ver con el Evangelio? Son perseguidos.

Podemos preguntarnos: ¿Cómo se puede reconocer a estos profetas? Estos son algunos signos que los hacen reconocibles: Son personas que nunca buscan el beneficio personal, no actúan con el fin de obtener favores, reconocimientos, títulos honoríficos, ascensos en su carrera. Sus palabras siempre están dictadas por la pasión por el Evangelio, por la justicia; sus llamadas siempre se centran en los frutos que el Señor espera: amor, cuidado de los pobres.Son personas que siempre están del lado de los últimos y, de hecho, siempre tienen problemas con los que están en el poder, tanto político como religioso. Un último criterio: Los profetas son los que siempre pagan con su propia vida.

Después de los profetas, el Señor ha decidido enviar a su Hijo. Escuchemos: 

Finalmente les envió a su hijo, pensando que respetarían a su hijo. Pero los viñadores, al ver al hijo, comentaron: Es el heredero. Lo matamos y nos quedamos con la herencia. Agarrándolo, lo echaron fuera de la viña y lo mataron.

Como habían hecho los profetas, el hijo vino y pidió el fruto de la viña. Y ¿qué encontró? Los evangelistas sinópticos nos lo cuentan con otra parábola: la de la higuera estéril. La higuera, como la viña, es uno de los símbolos del pueblo de Israel, un pueblo que produce frutos sabrosos para ofrecer a su Dios. ¿Qué encontró Jesús en esta higuera? Los evangelistas dicen que por la mañana Jesús tenía hambre y fue a una higuera en busca de frutos y sólo encontró hojas. Por supuesto es solo una parábola. Las hojas indican las apariencias de religiosidad que Jesús encontró en Israel; no encontró los únicos frutos que quiere el Señor; y las hojas engañan porque ocultan la falta de los frutos, que son lo único que le interesa a Dios.

El hijo también molestó a los encargados de la viña. Y ¿qué hicieron? Lo echaron fuera y lo mataron. La parábola describe exactamente lo que le hicieron a Jesús, no el pueblo de Israel, por supuesto, sino los que se consideraban los dueños de la viña y querían aumentar su prestigio sobre la gente sencilla, mantener sus privilegios. Por eso se deshicieron del hijo que les molestaba.

Tengamos cuidado porque nosotros hoy podemos cometer el mismo error, enseñorearnos de la viña, ahuyentar al Hijo... La parábola ofrece ciertamente motivos de reflexión. En primer lugar, a los que en la comunidad eclesial tienen una gran responsabilidad ya que pueden olvidar que es el Evangelio el punto de referencia de toda elección. No son los dueños de la viña; es un peligro que existe hoy en día porque ya existía en la Iglesia primitiva. Pedro, en su primera Carta, escribe a los ancianos de las comunidades y les dice: “Yo, anciano como ustedes, les recomiendo que conduzcan el rebaño de Dios no por vergonzoso interés propio, sino con espíritu generoso”. No se conviertan en patrones sino en modelos del rebaño. No son sólo las jerarquías eclesiásticas quienes deben replantearse su forma de vivir y administrar la viña del Señor. Todo bautizado corre el peligro de echar al Hijo de la viña.

Podemos dar algunos ejemplos: Si introducimos en la viña la mentalidad que justifica la acumulación de bienes como se hace en la justicia del mundo, si hacemos esto expulsamos a Cristo y a su Evangelio de la viña porque Jesús dice que son bienaventurados los pobres, no los que acumulan. Esta es la mentalidad del mundo; si la introducimos en la viña expulsamos el Evangelio. Si justificamos las guerras diciendo: no todas, por supuesto; solo las necesarias”, nosotros expulsamos a Cristo y su Evangelio de la viña porque Jesús no pensaba así. Si nos conformamos con la mentalidad actual respecto a la sexualidad y olvidamos la propuesta de la familia, que es testimonio de fidelidad y amor incondicional, apartamos a Cristo y a su Evangelio del camino para dejar sitio a una concepción pagana de la sexualidad.

¿Qué ocurre cuando expulsamos al hijo, el Evangelio, fuera de la sociedad? Desde hace tiempo circula la famosa frase: Dios ha muerto; lo hemos matado nosotros. Las consecuencias de este asesinato están ante los ojos de todos; vemos lo que produce el hombre desvinculado del Evangelio, desvinculado de Cristo: monstruosidad, soledad, falta de sentido de la vida, violencia, destrucción de la Creación, prepotencia y muchas otras aberraciones,algunas ya en marcha y otras programadas.

La parábola termina con la dramática escena del asesinato del hijo, el que llegó último para pedir los frutos que el Señor espera. Con la matanza del hijo está todo terminado. Han ganado la batalla. ¿Se quedarán con la viña para siempre? Escuchemos cómo continúa la parábola: 

Jesús les preguntó a los principales sacerdotes y fariseos: Cuando vuelva el dueño de la viña, ¿cómo tratará a aquellos viñadores? Le respondieron: Acabará con aquellos malvados y arrendará la viña a otros viñadores que le entreguen su fruto a su debido tiempo. Jesús les dijo: ¿No han leído nunca en la Escritura: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». Es el Señor quien lo ha hecho y nos parece un milagro? Por eso les digo que a ustedes les quitarán el reino de Dios y se lo darán a un pueblo que produzca sus frutos. El que tropiece con esa piedra se hará trizas; al que le caiga encima lo aplastará. Al oír estas parábolas, los sumos sacerdotes y los fariseos comprendieron que hablaba de ellos; intentaron atraparle pero tuvieron miedo de la multitud porque le consideraban un profeta.

Al final de la parábola, Jesús se dirige directamente a sus oyentes y les dice que ellos, los ancianos, los sumos sacerdotes, son los cuidadores de la viña. Y les pregunta directamente:Si ustedes estuvieran en el lugar del dueño de la viña, ¿qué harían? La respuesta surge inmediatamente y creo que es muy parecida a la que hubiéramos dado nosotros: “Acabará con aquellos malvados y arrendará la viña a otros viñadores que le entreguen su fruto a su debido tiempo”. Jesús responde: ¿No han leído las Escrituras? Dios no se comporta así. Dios sólo hace obras de amor, no destruye a nadie. ¿Qué hará Dios? Tomará la piedra rechazada por los constructores y la pondrá como piedra angular de una nueva maravillosa construcción, un templo desde el que se elevará al cielo sacrificios, los únicos holocaustos agradables a Dios, que son las obras de amor. Jesús quiso decir que Dios transformará el mayor crimen cometido por los hombres en una obra maestra de amor y salvación.

La conclusión nos presenta imágenes dramáticas que pueden conmocionarnos pero que son una buena noticia, una proclamación de alegría y esperanza. Jesús es un derrotado; la piedra ha sido rechazada y nos induce a pensar que el mal ha vencido. Pero no. Lo que nos dice con estas imágenes dramáticas la parábola es que, el que caiga bajo esta piedra, perecerá,será aplastado por ella. Atención: Son imágenes semíticas para decirnos que el cordero es más fuerte que los lobos; el que amó y dio la vida es más fuerte que los que se la arrebataron. Y, por tanto, esta es una proclamación de alegría, de esperanza de que el mal nunca prevalecerá.

Esta piedra que ha sido desechada, este cordero, es más fuerte que los lobos.

Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana.

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