Trigésimo Tercer Domingo en Tiempo Ordinario – Año A

Mateo 25,14-30

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Un buen domingo para todos.

Un viejo sabio de Israel que vivió mucho antes de Cristo, le pedía al Señor: “Enséñeme a contar nuestros días y seremos sabios; enséñanos a tener en cuenta que los años de nuestra vida son solo 70 y 80 para los más robustos”. Y nos compartió esta reflexión sobre la fugacidad de la vida en el salmo 90, compuesto por él. Si no tenemos presente esta verdad, corremos el riesgo de comportarnos como con el necio que construyó su casa, su vida, en la arena, sobre lo que no tiene consistencia. Pasó su vida por lo que eventualmente se desmorona y colapsa y no queda nada de una vida así.

O podríamos terminar como esas vírgenes insensatas de las que habló Jesús en el Evangelio del domingo pasado; esas muchachas que se habían olvidado del aceite necesariopara alimentar la lámpara de la fe y terminaron tanteado en la oscuridad. Y cuando uno está en la oscuridad confía en todo lo que le dicen los que están junto a él, pero también ellos están en la oscuridad. Y cuando estas muchachas abrieron los ojos se dieron cuenta de que sus vidas habían sido un fracaso. La gente también puede aplaudir las elecciones de una vida efímera, pero al final no son estos aplausos los que comprueban el éxito de una vida, sino el juicio que da el Señor.

Es sobre esta verdad que Jesús quiere que reflexionemos con la parábola que nos cuenta hoy. Escuchemos cómo comienza:

“Es como un hombre que partía al extranjero; antes llamó a sus sirvientes y les encomendó sus posesiones. A uno le dio cinco bolsas de oro, a otro dos, a otro una; a cada uno según su capacidad. Y se fue”.

Jesús ha puesto en escena cuatro personajes que son fáciles de identificar. Entendemos de inmediato a quién se refiere Jesús. El hombre que emprende un largo viaje es él mismo que al final de su vida dejó este mundo y fue a la casa del Padre. Los tres sirvientes representan a sus discípulos, los que dijeron sí a su llamado y se involucraron en el reino de Dios, en la construcción de un mundo nuevo.

Estos sirvientes somos nosotros y notemos bien que somos llamados sirvientes, no empleados, obreros. Hay una gran diferencia porque los empleados, los obreros trabajan para llevarse a casa el salario al final del día. El ‘siervo’ en la biblia tiene otra relación con el dueño. Siervo es el que está personalmente involucrado en lo que el patrón quiere hacer o construir. Está completamente involucrado y comparte el proyecto del patrón, lo siente como propio.

Es por esto que en la biblia el título de ‘siervo del Señor’ está reservado para los grandes personajes de la historia de Israel: Moisés, David, los profetas que no trabajaron para recibir una recompensa, sino que se jugaron la vida para llevar a cabo la obra del Señor.

Entre paréntesis: en el Nuevo Testamento tenemos algunas personas que se han aplicado este título honorífico. Así, el comienzo de las cartas de Pablo: “Pablo… (no dice rabino, dice) siervo del Señor”. Santiago “siervo de Jesucristo”. Son personas que han puesto toda su vidaal servicio del proyecto de Dios, del evangelio. Una sola mujer tiene este título: María, que dice de sí misma: “Aquí estoy, soy la sierva del Señor”, toda mi vida es tuya. Cerrado el paréntesis.

Nos debemos hacer una pregunta: ¿Soy consciente de esta identidad de siervo? ¿Me siento personalmente involucrado y siento mía la causa del evangelio o es un algo que me preocupa solo marginalmente porque los intereses de mi vida son otros… a lo sumo me siento como una persona asalariada que al final de mi vida, como me he portado bien, espero la recompensa que merecía? Entonces, no soy un siervo, sigo siendo un empleado.

Notaremos que al final de la parábola no se habla de ningún pago. Solo se hablará de la alegría de quienes ven la realización del proyecto de Dios en el que él colaboró; ​​y será una alegría inmensa darse cuenta que fue un constructor de la historia de Dios, esa historia que no se cancelará, durará para siempre. Veamos ahora la herencia que Jesús nos dejó al partir. Nosotros los siervos, queremos saber qué hemos recibido de él para que dé fruto. La imagen con que Jesús nos presenta su herencia es el ‘talento’ (que el texto aquí traduce como ‘bolsas de oro’) que no es una moneda sino una medida de volumen o peso.

En palestina, en la época de Jesús, se usaba el talento ático que correspondía a 26 kilos de plata pura. Tenía un valor enorme. Hechos los cálculos: un valor correspondiente al salario de 20 años de trabajo. Por tanto, hasta el tercer siervo que recibió solo un talento tuvo a su disposición una suma enorme para hacer fructificar.

¿A qué se refería Jesús con la imagen del talento? ¿Qué herencia nos ha dejado? Está comprobado que es difícil erradicar la idea que los talentos indican las cualidades personales de cada uno; lo que Dios ha dado a cada persona y que son diferentes entre sí… así, hay quien tiene el talento de pintar, otros tienen el talento de la música; decimos también que algunos tienen el talento del deporte. Pero los talentos no son las cualidades de cada uno; de hecho, la herencia es dada por el Señor, en proporción a los dones y habilidades de cada uno.

Tratemos de identificar ahora los talentos que nos ha dejado porque todas nuestras habilidades, si somos sirvientes, tendremos que ponerlas al servicio de este tesoro. ¿Qué nos dejó Jesús? Tenemos que ver el Evangelios, lo abrimos y encontramos que nos dejó muchos dones, nos dejó su paz: “Les doy mi paz”. También: “Les doy el poder de echar fuera los demonios”, “el poder de curar todo tipo de enfermedades y dolencias”, “les doy un mandamiento nuevo” y muchos dones, pero queremos saber, al final cuál es la herencia que nos dejó.

Antes de dejar este mundo ¿qué es lo que nos ha dejado? Es importante el verbo que se usa en griego, en esta parábola es ‘paredokem’ – ‘paradídomi’ = enseñar, mosrtrar. Los sirvientes extendieron sus manos porque tenía un don importante que darles. Si revisamos el evangelio y vamos a buscar dónde Jesús nos da su herencia, encontramos este verbo en el calvario, cuando Juan dice: al final de su vida, después de haber tomado ese vinagre que le habían dado, Jesús “dobló la cabeza y entregó el espíritu”.

Este es el talento, esta es su herencia, su espíritu que tendrá que ser puesto en ejercicio con todas nuestras habilidades. Tratemos de pensar: si Jesús al final de su vida no nos hubiera dejado esta herencia ¿qué hubiera sucedido en el mundo? Nos hubiera dejado un ejemplo maravilloso de una vida de amor, de alguien que nunca pensó en sí mismo sino solo en un mundo nuevo, un mundo de amor y dio testimonio de este amor con el don total de sí mismo. Un amor que llega hasta con el enemigo, a dar la vida por el que te hecho daño.

Si es esto, nos ha dejado un ejemplo maravilloso, pero ¿quien me da la fuerza para ser como él? Esta fuerza para amar de esa manera, no viene de nuestra naturaleza humana, de nuestra naturaleza biológica; es el impulso que recibimos de la carne, como dice Jesús hablando con Nicodemo, “lo que es carne es carne”. El impulso que viene de nuestra naturaleza humana nos lleva en la dirección opuesta. El Espíritu, la vida divina que él tenía nos la ha dejado en herencia. Este impulso interior, esta nueva naturaleza que se nos ha dado, que es la vida del Padre del cielo, vida divina, esta fuerza divina nos lleva a vivir como Jesús vivió. Una vida entregada por amor. Esta es la herencia que ahora, en base a todas nuestras habilidades, debemos hacerla rendir.

Y, ahora, la segunda pregunta que nos podemos hacer: ¿Soy consciente del tesoro que el Señor me dio? ¿Soy consciente de haber recibido el mismo Espíritu que llevó a Jesús a dar su vida? O, quizás, para muchos cristianos esto es el último pensamiento después de tantos otros intereses, desde los más serios hasta los más banales en los que se sienten involucrados.

Ahora escuchemos cómo son administrados los talentos por los tres siervos:

“Inmediatamente el que había recibido cinco bolsas de oro negoció con ellas y ganó otras cinco. Lo mismo el que había recibido dos bolsas de oro, ganó otras dos. El que había recibido una bolsa de oro fue, hizo un hoyo en tierra y escondió el dinero de su señor”.  

El que había recibido cinco talentos comprendió de inmediato el valor de lo que le había sido entregado, y de inmediato fue a emplearlos. Ese ‘inmediatamente’ indica la necesidad de no perder el tiempo. De inmediato todas las habilidades se ponen al servicio de esta herencia que el Señor ha dejado. Y el tiempo entre la partida y la llegada del patrón es el de nuestra vida. Si debemos cambiar el mundo debemos ponernos manos a la obra de inmediato porque es el Espíritu del Señor, como dice el salmo 104, el que renueva la faz de la tierra. El Señor quiere que no perdamos tiempo. Recordemos que cuando Jesús envió a sus discípulos les dijo: “No saluden a nadie por el camino, vayan derecho”.

Y aquí se presenta ahora el comportamiento de los siervos. Los dos primeros sirvientes son dinámicos, emprendedores, diligentes y doblan el capital. Todas sus habilidades están al servicio de este don que les fue dado por el patrón. Y este Espíritu, esta herencia produce de acuerdo a las habilidades de cada uno.

El Espíritu es como la savia de las plantas; es la misma pero luego en cada árbol esta savia produce diferentes frutos; lo mismo pasa con la savia del Espíritu que está en cada uno de nosotros y se manifiesta en base a la capacidad que cada uno tiene de hacer fecundar el Espíritu. Si uno tiene una inteligencia extraordinaria se puede poner al servicio del pecado, para construir bombas inteligentes o la capacidad puesta al servicio del amor. El médico, no para acumular dinero, para sentirse bien, sino para dar vida a los que están enfermos. Uno tiene el don de ser panadero: no venderá el desperdicio para enriquecerse, sino querrá que todos tengan la mejor comida posible para su vida. Otro tiene la capacidad de ser periodista… debe poner este talento al servicio del amor, por lo tanto, al servicio de la verdad, de la justicia, no al interés de algunos poderosos.

Este es el fruto del Espíritu. Lo presenta Pablo en el capítulo 5 de la carta a los gálatas.Este es el fruto del Espíritu. Lo presenta Pablo en el capítulo 5 de la carta a los gálatas. El fruto es el amor. Imaginemos un mundo guiado por el Espíritu, donde todo se convierte en amor, todos están interesados en el hermano, en la vida del hermano. La alegría es fruto del Espíritu; el que pone sus habilidades, sus dones al servicio de la herencia que Jesús nos dejó, construye alegría, quiere ver felices a todos; y fruto del Espíritu es la magnanimidad, no hace caso a las pequeñas cosas, la benevolencia, la bondad, la fidelidad, la mansedumbre, el dominio de sí. Imaginemos un mundo donde todos los dones de cada uno se ponen al servicio del Espíritu. Es el cielo.

El tercer siervo va a enterrar el talento, este don, bajo tierra; no pone sus habilidades al servicio del amor. Este don hay que invertirlo, es un tesoro, pero si tengo muchas barras de oro, y las pongo dentro de una caja fuerte, de vez en cuando voy a ver si brillan… son inútiles, no producen nada. Para que puedan producir tengo que ponerlas en circulación y luego estas barras de oro producen casas, escuelas, jardines de infancia, hospitales, puentes, caminos, campos de trigo… Si uno entierra la vida divina, sigue viviendo según la carne, según los instintos de la vida biológica; y conocemos muy bien el fruto de la carne, está descrito en el capítulo 5 de la carta de Pablo a los gálatas: son fornicación, impureza, idolatría, enemistades, discordia, celos, disensiones. No se ejercita el Espíritu, sino que se ponen los dones al servicio del pecado.

En la práctica, este tercer servidor, al enterrar el Espíritu, se ha enterrado a sí mismo como hombre; ha renunciado al don que lo caracteriza como hombre porque lo que nos caracteriza como persona es la capacidad de amar libremente como el Padre celestial. No sabemos la razón por la cual el tercer siervo se comportó de una manera tan insensata que enterró su vida como hombre y ahora llega el momento de evaluar las elecciones hechas por cada uno.

Escuchemos el juicio del patrón sobre cómo se manejó su herencia:

“Pasado mucho tiempo se presentó el señor de aquellos sirvientes para pedirles cuentas.Se acercó el que había recibido cinco bolsas de oro y le presentó otras cinco diciendo: Señor, me diste cinco bolsas de oro; mira, he ganado otras cinco. Su señor le dijo: Muy bien, sirviente honrado y cumplidor; has sido fiel en lo poco, te pongo al frente de lo importante.Entra en la fiesta de tu señor. Se acercó el que había recibido dos bolsas de oro y dijo: Señor, me diste dos bolsas de oro; mira, he ganado otras dos. Su señor le dijo: Muy bien, sirviente honrado y cumplidor; has sido fiel en lo poco, te pondré al frente de lo importante. Entra en la fiesta de tu señor”.

Después de mucho tiempo viene el amo de esos sirvientes; no se dice que regresa, viene la segunda vez. La primera vez vino a entregar su don, su Espíritu. La segunda vez viene a evaluar lo que se ha hecho con este don. “Los llamó a rendir cuenta”. Es un poco fuerte esta traducción: ‘συναιρει λογον’ – ‘sunairei logon’, para entablar una conversación con ellos. Había entregado sus bienes con total confianza; no sugirió cómo deberían usarlos, confiaba en sus sirvientes, pero ahora quiere saber qué hicieron con ellos. Prestemos atención, no es que quiera recuperar el regalo que les dio; lo dio y ya está; no hizo trabajar a los sirvientes para que se lo pasen a él; solo quiere saber: ¿Qué han hecho con sus habilidades? ¿Las has puesto todas al servicio de este regalo, para que dé fruto?

Esto es lo que responden los primeros dos sirvientes: ‘Recibí y gané’. Ellos entendieron bien que lo que recibieron fue un regalo, no tenían que devolverlo, la ganancia era de ellos;aquí está la sabiduría: sabían que habían recibido un gran tesoro y lo hicieron fructificar para ellos, produjeron amor, crecieron en humanidad, amaron plenamente, su vida fue todo amor,toda atención a las necesidades del hermano. Ambos reciben la misma alabanza. “Bien, siervo bueno y fiel…”. Jesús había dicho a ese joven rico: “Solo uno es bueno, el Padre celestial”. Ahora Jesús le dice a este siervo que ha construido amor en plenitud: “Siervo bueno… como tu Padre celestial”. Es digno de confianza. Si has sido fiel en lo poco, has construido amor, por eso has usado de manera fiel el regalo que te fue dado, ahora recibe la ‘yapa’. La yapa es la alegría del Señor, el gozo de haber sido constructores de la historia de Dios, que es la que permanece. Pero las glorias de las grandezas de este mundo se acaban.

Tratemos de preguntarnos: ¿Piensas en el hijo de Dios que crece dentro de ti, al reino de Dios que debe crecer en el mundo? Cuestiónate.

Escuchemos ahora el juicio sobre el tercer siervo, que es el personaje principal de la parábola, aunque no sea el protagonista, pero toda la narración tiende hacia él; y Jesús quiere resaltar el comportamiento que debe ser condenado. Escuchemos:

“Se acercó también el que había recibido una bolsa de oro y dijo: Señor, sabía que eres exigente, que cosechas donde no has sembrado y reúnes donde no has esparcido. Como tenía miedo, enterré tu bolsa de oro; aquí tienes lo tuyo. Su señor le respondió: Sirviente indigno y perezoso, si sabías que cosecho donde no sembré y reúno donde no esparcí, tenías que haber depositado el dinero en un banco para que, al venir yo, lo retirase con los intereses. Quítenle la bolsa de oro y dénsela al que tiene diez. Porque al que tiene se le dará y le sobrará, y al que no tiene se le quitará aun lo que tiene. Al sirviente inútil expúlsenlo a las tinieblas de fuera.Allí será el llanto y el crujir de dientes”.

De la boca del tercer siervo hemos escuchado un juicio muy duro hacia Dios. “Eres exigente, que cosechas donde no has sembrado y reúnes donde no has esparcido”. Ningún indicio para el Dios amor, ningún signo de afecto filial. ¿Quién le metió en la cabeza esta imagen de Dios? ´Patrón’… A diferencia de los otros dos, no entendió que había recibido un regalo, que no debía devolver nada al patrón; se le había dado la herencia para que pudiera enriquecerse, estar bien. En cambio, seguía sintiéndose como un asalariado que tenía que trabajar sin equivocarse. No entendió que hacer fructificar el regalo del patrón le pertenecía a él: amar lo humanizaba.

Consecuencia de esta imagen de Dios que es la que arruina todo: el miedo; si no entendemos que Dios ama gratuitamente, también cuando nos equivocamos, ¿cómo podemos entender que el amor gratuito nos hace sus hijos, nos hace crecer como personas? porque nosotros nos convertimos en personas cuando amamos, inspirados en su propia vida. El patrón está muy resentido como se ve en la parábola. No puede soportar que se piense de esa manera sobre él.

Califica a este siervo con tres adjetivos: eres indigno; el patrón con este término ‘ponerós’ = ‘indigno’ – ‘estás excluido de mi relación, piensas que soy duro, no entendiste que soy amor y solo amor, incluso hacia los que se equivocan’. Luego ‘perezoso’ – ‘oknerós’, no estás ocupado, eres un perezoso, un desinteresado por el bien del hermano; y luego eres inútil ‘acreios’ significa que eres una nulidad; tu vida se desperdicia porque no se ha invertido en amor.

Y esto no es todo, porque el patrón reprende lo que el siervo dijo sobre él. Se ve claramente que está resentido… si piensas de mí en esta manera, que yo soy uno que cosecha,esta es una idea que tú te hiciste, así que atente a las consecuencias; debiste haber puesto todo en el banco y yo lo habría retirado con intereses. ¿Qué tienes en mente sobre mí… piensas que te iba a quitar el regalo que te había hecho?

¿De qué banco se trata? La vida de la comunidad, de los que saben qué herencia tienen en sus manos y la hacen fructificar. La comunidad de discípulos que se dejan mover por el Espíritu y trabajan por los hermanos. En esta comunidad cada uno está llamado a realizar un servicio para hacer felices a los necesitados. Y al siervo perezoso se le quitó el talento. Como no prestó el servicio que debió haber realizado, ahora el talento se le da al que ya está muy ocupado, de hecho, al más comprometido por la comunidad, él será quien realizará el servicio que debiste haber hecho.

El castigo: estás excluido de la alegría de los que pertenecen al reino de Dios. Serás arrojado a las tinieblas. Todos los que son arrojados en la oscuridad y el crujir de dientes, son los que tienen una vida fallida. ‘Tú no estás en el reino de Dios, perteneces al mundo antiguo,el de la acumulación, de la competencia; el que no se mueve por amor’. Ese mundo antiguodonde se libran guerras para imponerse y dominar. No es la condenación al infierno, es el hecho de que, al enterrar el Espíritu, la vida divina en ti, te deshumanizas.

Nos preguntamos si existen estos tres sirvientes, dos perfectos y uno que simplemente no hace nada, entierra todo. No existen. Jesús es un semita y a los semitas les encantan estos contrastes para dar la idea de lo que el Señor espera de nosotros; ‘son bendecidos o malditos’, no hay término medio, o se ama o se odia, feliz o ay… Esta clase de siervos no existen y los realmente buenos ya es mucho si tienen tres o cuatro talentos que sería algo extraordinario, pero también los que han recibido un solo talento, cualquier cosa, lo presenta también él porque no hay persona que no realice alguna acción de amor en su vida, y estas acciones de amor provienen todas de la herencia del Espíritu que nos dejó Jesús de Nazaret.

Les deseo a todos un buen domingo y una buena semana.

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