Ester
Capítulo 14
Ester y Asuero
Al tercer día, al acabar la oración, Ester se quitó la ropa de suplicante y se vistió con todo lujo.
Quedó esplendorosa. Luego, invocando al Dios y salvador que vela sobre todos, marchó con dos doncellas,
apoyándose suavemente en una con delicada elegancia,
mientras la otra la acompañaba llevando la cola del vestido.
Ester iba encendida, radiante de hermosura, con el rostro alegre, como una enamorada, pero con el corazón angustiado.
Atravesó todas las puertas, hasta quedar de pie ante el rey. Estaba sentado en su trono real, revestido de todos sus ornamentos majestuosos, de oro y piedras preciosas. El rey aparecía terrible.
Levantó su rostro encendido de majestad y, en un arrebato de ira, lanzó una mirada. La reina palideció y se apoyó en el hombro de la doncella, desmayándose.
Entonces Dios movió al rey a benevolencia; se inquietó, saltó de su trono y tomó a Ester en sus brazos, animándola con palabras tranquilizadoras mientras ella volvía en sí:
–¿Qué pasa, Ester? Soy tu esposo.
Ánimo, no morirás. Nuestra orden es sólo para nuestros súbditos.
Acércate.
Puso su cetro de oro sobre el cuello de Ester y la acarició, diciéndole: –Háblame.
Ester le dijo: –Te vi, señor, como a un ángel de Dios, y me atemoricé ante tanto esplendor.
Porque eres admirable, señor, y tu rostro fascina.
Mientras hablaba, se desmayó.
El rey se turbó, y todos los cortesanos intentaban reanimarla.
