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Ester y Asuero  

Al tercer día, al acabar la oración, Ester se quitó la ropa de suplicante y se vistió con todo lujo.

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 Quedó esplendorosa. Luego, invocando al Dios y salvador que vela sobre todos, marchó con dos doncellas,

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 apoyándose suavemente en una con delicada elegancia,

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 mientras la otra la acompañaba llevando la cola del vestido.

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 Ester iba encendida, radiante de hermosura, con el rostro alegre, como una enamorada, pero con el corazón angustiado.

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 Atravesó todas las puertas, hasta quedar de pie ante el rey. Estaba sentado en su trono real, revestido de todos sus ornamentos majestuosos, de oro y piedras preciosas. El rey aparecía terrible.

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 Levantó su rostro encendido de majestad y, en un arrebato de ira, lanzó una mirada. La reina palideció y se apoyó en el hombro de la doncella, desmayándose.

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 Entonces Dios movió al rey a benevolencia; se inquietó, saltó de su trono y tomó a Ester en sus brazos, animándola con palabras tranquilizadoras mientras ella volvía en sí:

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 –¿Qué pasa, Ester? Soy tu esposo.

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 Ánimo, no morirás. Nuestra orden es sólo para nuestros súbditos.

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 Acércate.

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 Puso su cetro de oro sobre el cuello de Ester y la acarició, diciéndole: –Háblame.

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 Ester le dijo: –Te vi, señor, como a un ángel de Dios, y me atemoricé ante tanto esplendor.

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 Porque eres admirable, señor, y tu rostro fascina.

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 Mientras hablaba, se desmayó.

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 El rey se turbó, y todos los cortesanos intentaban reanimarla.


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