1

Oración de Mardoqueo  

Y oró así, recordando todas las hazañas del Señor.

2

 –Señor, Señor, rey y dueño de todo, porque todo está bajo tu poder y no hay quien se oponga a tu voluntad de salvar a Israel.

3

 Tú creaste el cielo y la tierra y todas las mara-villas que hay bajo el cielo, y eres Señor de todo;

4

 ni hay, Señor, quien se te pueda oponer.

5

 Tú lo sabes todo. Si yo me niego a postrarme ante ese soberbio Amán, tú sabes bien, Señor, que no lo hago por arrogancia, orgullo o vanidad;

6

 que por salvar a Israel, de buena gana le besaría yo la planta del pie.

7

 Si me he negado a hacerlo es porque para mí Dios está por encima de cualquier hombre. Yo no me postro ante nadie si no es ante ti, Señor mío; no lo hago por orgullo.

8

 Ahora, Señor, Dios rey, Dios de Abrahán, perdona a tu pueblo; porque traman nuestra muerte, han deseado aniquilar tu antigua herencia.

9

 No desprecies la porción que te rescataste del país de Egipto;

10

 escucha mi súplica, apiádate de tu herencia, cambia nuestro duelo en fiesta, para que vivamos celebrando tu nombre, Señor. No hagas enmudecer la boca de los que te alaban.

11

 Ante la muerte inminente, todos los israelitas gritaban a Dios con todas sus fuerzas.

12

Oración de Ester  La reina Ester, temiendo el peligro inminente, acudió al Señor.

13

 Se despojó de sus ropas lujosas y se vistió de luto; en vez de perfumes refinados, se cubrió la cabeza de ceniza y basura, y se desfiguró por completo, cubriendo con sus cabellos revueltos aquel cuerpo que antes se complacía en adornar.

14

 Luego rezó así al Señor, Dios de Israel: Señor mío, único rey nuestro. Protégeme, que estoy sola y no tengo otro defensor fuera de ti,

15

 porque yo misma me he expuesto al peligro.

16

 Desde mi infancia oí, en el seno de mi familia, cómo tú, Señor, escogiste a Israel entre las naciones, a nuestros padres entre todos sus antepasados para ser tu herencia perpetua, y les cumpliste lo que habías prometido.

17

 Nosotros hemos pecado contra ti dando culto a otros dioses;

18

 por eso nos entregaste a nuestros enemigos. ¡Eres justo, Señor!

19

 Y no les basta nuestro amargo cautiverio, sino que se han comprometido con sus ídolos,

20

 jurando invalidar el pacto salido de tus labios, haciendo desaparecer tu herencia y enmudecer a los que te alaban, extinguiendo tu altar y la gloria de tu templo

21

 y abriendo los labios de los gentiles para que den gloria a sus ídolos y veneren eternamente a un rey de carne.

22

 No entregues, Señor, tu cetro a los que no son nada. Que no se burlen de nuestra caída. Vuelve contra ellos sus planes, que sirva de escarmiento el que empezó a atacarnos.

23

 Atiende, Señor, muéstrate a nosotros en la tribulación, y dame valor, Señor, rey de los dioses y señor de poderosos.

24

 Pon en mi boca un discurso acertado cuando tenga que hablar al león; haz que cambie y aborrezca a nuestro enemigo, para que perezca con todos sus cómplices.

25

 A nosotros líbranos con tu mano, y a mí, que no tengo otro auxilio fuera de ti, protégeme tú, Señor, que lo sabes todo,

26

 y sabes que odio la gloria de los impíos, que me horroriza el lecho de los incircuncisos y de cualquier extranjero.

27

 Tú conoces mi peligro. Aborrezco este emblema de grandeza que llevo en mi frente cuando aparezco en público. Lo aborrezco como un harapo inmundo, y en privado no lo llevo.

28

 Tu sierva no ha comido a la mesa de Amán, ni estimado el banquete del rey, ni bebido vino de libaciones.

29

 Desde el día de mi exaltación hasta hoy, tu sierva sólo se ha deleitado en ti, Señor, Dios de Abrahán.

30

 ¡Oh Dios poderoso sobre todos! Escucha el clamor de los desesperados, líbranos de las manos de los malhechores y a mí quítame el miedo.


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