En esta tercera plaga ya hay algunas novedades importantes: los magos y hechiceros egipcios no son capaces de obrar el mismo prodigio. Eso hace que tengan que reconocer que detrás de lo que está pasando hay alguien verdaderamente poderoso, idea que subyace en la expresión «es el dedo de Dios» (15): el poder de un Dios que en nada se parece a las divinidades egipcias y que ciertamente no está a favor de Egipto. Claro que tampoco aquí cede el faraón. Muchas veces, los opresores pueden tener momentos de lucidez, pero se resisten a caminar por el camino de la vida y la justicia.
