Cuarta plaga: moscas.

En consonancia con la segunda plaga de ranas –prácticamente un doblete de la primera–, el faraón cede, aparentemente, a la petición de Moisés. De nuevo, la oración de intercesión de Moisés libera al país del mal, pero no logra la otra intención que se había propuesto: que el faraón no volviera «a usar fraudes para no dejar salir al pueblo» (25). En efecto, el faraón se mantiene en su obstinación y echa para atrás lo convenido con Moisés (28).

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