Continúa la terquedad del faraón con su negativa a dejar salir al pueblo. Si a los hebreos los asiste un Dios poderoso, también Egipto –entendido aquí como sistema, como estructura de dominación– está asistido por divinidades poderosas. Ese es el gran error de quienes llegan a tener dominio: se creen amos y señores del mundo. Pero también se nota una primera «limita-ción» o debilidad del faraón: no recurre a sus magos para liberar al país de las ranas. Esto solo puede hacerlo el Dios de Moisés, y explícitamente se lo pide. Moisés, pues, intercede ante el Señor y el país es efectivamente liberado de la plaga; pero el faraón, con todo, se obstina de nuevo y no obedece al mandato del Señor (8,11).
