Vida y muerte caminan juntas. Raquel, el primer amor de Jacob, debe morir. Para nosotros, su muerte no tendría ningún significado especial si no fuera porque el propio Jacob había senten-ciado a muerte a quien hubiese robado los amuletos e ídolos de Labán (31,32). Sabemos que fue Raquel quien los hurtó y que, en la mentalidad bíblica, no hay nada que no tenga su justa recompensa. Pero la muerte que debe sobrevenir está precedida por la vida: nace el último hijo de Raquel, a quien impone un nombre que alude a la maldición: «Benoní» –hijo de mi pesar–, revelando en el nombre del niño la causa de su propia muerte (18). Con todo, Jacob corrige el primer nombre dándole el de Benjamín –hijo diestro–, que da más idea de bendición (18). El lugar de la sepultura de Raquel aún hoy es venerado por los judíos.
