La tradición religiosa de Israel unió en algún momento la fiesta de los Ázimos con la Pascua, dos festividades que obviamente no son originarias de Israel, sino de antiquísimas tribus semi-nómadas dedicadas al pastoreo –a lo que aludimos en 12,1-14– y de otras sedentarias dedicadas al cultivo del cereal que celebraban un antiguo rito al inicio de la nueva cosecha: tiraban todo lo que estuviera fermentado y consumían tortas ázimas, sin levadura, mientras se adquiría el nuevo fermento para la masa. La ocasión era de júbilo y fiesta. En muchos lugares de nuestros pueblos se celebran las «fiestas de la cosecha», y ese era el sentido más primitivo. Pascua y Ázimos se unen en Israel y adquieren un nuevo referente: la gesta liberadora del Señor a favor de su pueblo. Ambas fiestas tenían en sus orígenes un sentido religioso: liberar a personas y ganados de las malas influencias; por su parte, los agricultores esperaban que su próxima cosecha también fuera liberada de toda influencia negativa: sequías, ladrones, quemas, etc. En Israel, ambos sentidos se combinan en uno solo: Dios libró al pueblo del poder mortal y asesino del faraón.
