La fijación de la fecha de la Pascua, tal como quedó establecida en Israel, se proyecta al pasado, a los momentos previos a la liberación de Egipto, para darle todo el carácter de mandamiento divino. Detrás del rito que se establece aquí hay una antigua práctica de los pastores seminómadas que solían sacrificar un animal la víspera de su partida hacia nuevos pastos. Esa partida coincidía con el inicio de la primavera, un momento crítico para las hembras del ganado próximas a parir. La intención del sacrificio era «encomendarse» a las divinidades de los lugares por los que atravesarían para llegar a buen fin. El rito lo formaban entonces el sacrificio del animal selecto, la acción de asarlo y la cena, acompañada de hojas amargas y de la vestimenta apropiada de quien va a iniciar un viaje: manto, sandalias y bastón. Seguramente, la comida se preparaba con rapidez, en la premura de quien iba a partir. Finalmente, se rociaban los palos o mástiles que servían de estructura a las tiendas con la sangre del animal sacrificado. Esta aspersión tenía carácter de exorcismo. Los espíritus malos no podrían entrar en las tiendas previamente rociadas con sangre. Aquí se cambia la aspersión de los palos por la de las jambas de las puertas, respetando así la ambientación del pueblo, que se supone que no vive en tiendas, sino en casas, ya sea en Egipto o en tierra cananea. La sangre desempeña aquí un papel muy importante, pues gracias a ella el «exterminador» –en referencia a los antiguos malos espíritus– no tocará las familias cuyas puertas están debidamente rociadas. El exterminador «saltó» esas casas. Ese podría ser uno de los sentidos etimológicos de «pasaj»: saltar, andar dando saltos.
