Es probable que esta ley responda a cierta relajación respecto de los votos y promesas hechos al Señor. Al varón se le exige que cumpla su palabra sin más; su palabra bastaba para dar solemnidad al compromiso y le acompañaba la obligación moral de cumplirla. No así en el caso de la mujer, lo que demuestra con toda claridad el grado de subordinación al que estaba sometida: su palabra solo tenía validez si su padre, en el caso de una joven soltera, o su marido –si estaba casada– daba su consentimiento. Únicamente el voto y los compromisos de la viuda o de la repudiada eran válidos sin necesidad de intervención de un hombre, por tratarse de mujeres que no disponían de un varón que las representara. Este testimonio bíblico, que hoy nos sorprende, todavía no ha sido superado en muchos lugares. Aún falta la madurez humana y de fe, tanto del hombre como de la mujer, para vivir y aceptar esa paridad de derechos y responsabilidades querida por Dios desde la creación (cfr. Gn 1,26).
